Fernando Durán Ayanegui. 6 julio

“Las vueltas que da el mundo”, diría Galileo. Ya avanzada la mañana de un día de marzo de 1952, en un municipio de la provincia de Las Villas, el director de la Escuela Vocacional República de Costa Rica suspendía las lecciones regulares y nos convocaba a los alumnos a una concentración urgente en el patio dedicado a las actividades cívicas y deportivas. Tras pasar por alto el canto del himno nacional, nos hizo saber, mirando por encima de nuestras cabezas y casi sin parpadear, que desde la madrugada anterior el nuevo presidente de la República de Cuba era el general Fulgencio Batista y Zaldívar, hasta entonces comandante en jefe del Ejército. Para un canijo alajuelense, a la edad de 12, aquello parecía una broma: “¡Cómo que nos fuimos a dormir con un presidente y nos despertamos con otro! ¿Y las elecciones?”.

Sin derecho a hacer preguntas, los estudiantes esperábamos recibir aclaraciones del cocinero de la escuela, a quien encontraríamos plantado en la puerta del comedor dándose aires de fastidio porque el retraso de la hora de almuerzo lo había obligado a recalentar el rancho. Era un viejo comunista, combativo de boca, el único miembro del personal del establecimiento siempre dispuesto a emitir opiniones políticas más o menos fundamentadas; pero aquella vez no dijo ni tus ni mus mientras sus dos ayudantes colocaban frente a nosotros las humeantes bandejas. Debajo de su gorro, más gris que blanco, solo se notaba una sonrisa socarrona.

Cuando íbamos de salida, se me acercó el chef: “Oye, tú, ¿qué hacen en ‘Cotarica’ cuando hay un golpe de Estado?”. “Un qué, maestro?”. “Un cuartelazo, chico, tú sabes lo que es eso”. “En Costa Rica ya no dan cuartelazos y si dieran uno la gente saldría a la calle a parar la dictadura”, fanfarroneé. El camarada remató con una risotada: “No mientas, chico, seguro que allá pasa como aquí, de madrugada y a seguir durmiendo”. Sentí mucha indignación, pero le perdoné la ofensa porque el viejo era muy buen cocinero y acababa de lucirse con un estupendo fricasé de conejo silvestre.

Esta reminiscencia fue provocada por la aparición, en las redes sociales, de una absurda convocatoria al golpe de Estado en Costa Rica. Recordé, además, que los conejos de cañaveral eran unas bestezuelas tan tontas que las cazábamos con burdas trampas de madera.

El autor es químico.