Fernando Durán Ayanegui. 10 octubre

En Buzania habría sido ilógica la total prohibición del gap, arcaica tradición que se miraba con desconfianza y se regulaba como si fuese nociva.

Si bien estaba permitido gapear a condición de que se llenaran algunos requisitos, tales como superar cierta edad y obtener un permiso oficial, algunos tipos de gap se reprimían por ser considerados delictivos.

En todo caso, era lo más apetecido en el país y, por ello, un buen día las fuerzas vivas de Buzania, hastiadas de aquellas limitaciones, salieron a protestar y su empuje fue tal que soltó todas las amarras.

Los alzados tomaron el poder, destituyeron a las autoridades de todos los niveles y eligieron un nuevo presidente. Se promulgó una ley que abolió las antiguas restricciones y puso el gapeo al alcance de todo ciudadano, de manera que pudiese disfrutarlo a gusto y placer.

La victoria fue celebrada por todo lo alto. El gap comenzó a ser practicado sin cortapisas en toda Buzania. Era la felicidad añorada desde hacía siglos.

Millones de hombres y mujeres gapeaban alegremente, unos a la vista de los otros. Sin embargo, cuando apenas había pasado un mes cundió un desolador sentido de vacuidad y desencanto y se oyeron voces insatisfechas: “¡Nos timaron! ¡Este gap no es como el de antes! ¡Hemos sido traicionados!”.

Se levantaron enormes vallas con símbolos e inscripciones de protesta y, finalmente, una exaltada multitud acudió al palacio del gobierno.

El presidente salió al balcón y dijo: “Mis compatriotas, ¿por qué tanta cólera? El gap que ahora anda por la libre en nada difiere del que anteriormente estaba casi prohibido. Eso sí, todos nos embarcamos. Aquello que, cuando era difícil, nos parecía una sabrosura, ahora se obtiene sin esfuerzo pero no nos produce placer alguno. Se nos olvidó que en este mundo todo se paga hasta el último florín. Reconozco que la culpa también es mía. ¡Renuncio!”.

Estimable lector o lectora: hasta aquí llegará la broma. Aun cuando es sabido que en todas las literaturas abundan y se disimulan los plagios y los pirateos de autores y cuentos populares extranjeros, nadie podría salirse con la suya con el pirateo casi textual que acabo de hacer de El trus, un corto relato del notable escritor italiano Dino Buzzati, fallecido en 1972. Admitámoslo, el tío tenía imaginación.

El autor es químico.