Fernando Durán Ayanegui. 22 septiembre, 2018

La escuela nos familiarizó con el tema de la erosión del suelo, pero no se nos dijo que hace casi 24 siglos Platón ya lamentaba los graves efectos de ese fenómeno. “Pero antes el Ática, cuyo suelo no había experimentado ninguna alteración, tenía por montañas altas colinas; las llanuras… estaban cubiertas de una tierra abundante y fértil… las montañas, donde solo las abejas encuentran hoy su alimento, en tiempos no muy lejanos estaban cubiertas de bosques y eran empapadas por las lluvias que, enviadas por Zeus, no se perdían sin utilidad; por el contrario, la tierra… las conservaba en su seno… en reserva entre capas de arcilla… he aquí lo que eran por naturaleza nuestros campos”, se lee en aquel poema a la relación del ser humano con el suelo que le da el alimento.

Más tarde entenderíamos que aquellas “capas de arcilla” no estuvieron ahí desde el principio; que los primeros conquistadores que debería mencionarnos la historia no fueron navegantes ni guerreros, sino seres primitivos que, salidos del mar, iniciaron la paciente conquista de una tierra cuya textura era puramente mineral, básicamente igual a la de la piedra. Una discutible hipótesis propone que una forma de vida –la de los líquenes, consistente en la simbiosis de hongos y algas pequeños, con la participación, en algunos casos, de levaduras–, fue la punta de lanza de la vida en la conquista de la tierra no sumergida, primer paso de la naturaleza para crear las condiciones adecuadas para la existencia, fuera de los océanos, de los vegetales sin los cuales los animales terrestres no llegaríamos a aparecer. Esto habría sido posible porque los líquenes son capaces de nutrirse con los minerales de las rocas, y sus detritus se acumularían lentamente hasta convertirse en una capa de tierra fértil.

Ese proceso, u otro semejante, creó el humus propicio para la vida de los millones de especies que habitan la tierra enjuta, pero al surgir la especie humana los bosques fueron talados y, como lo describió el filósofo griego, las tierras arrastradas por las inundaciones “iban a perderse en las profundidades del mar, de suerte que nuestro país, comparado con lo que era, se parece a un cuerpo demacrado por la enfermedad: escurriéndose por todas partes la tierra vegetal y fecunda, solo nos quedó un cuerpo descarnado”.