Fernando Durán Ayanegui. 16 enero

Pese a que al morir solo había publicado dos libros de ensayo, Guido Morselli, nacido en 1912, es hoy uno de los grandes novelistas italianos del siglo XX. Cuando en 1973 se suicidó, poco después de que su última novela fuera, como todas las demás, rechazada por los editores, dejó en su escritorio, junto a las cartas de rechazo, una breve nota en la que decía no guardar resentimientos. Sin embargo, más tarde fueron publicadas todas sus obras y en estos días de pandemia se ha vuelto a reseñar, por razones más que obvias, el último de sus «fracasos», justamente el que lo condujo a su trágica decisión: Dissipatio humani generis, novela en la que el personaje es el único sobreviviente de la súbita desaparición de la especie humana. En una de las reseñas se anota, de pasada, el hecho de que la obra magna de Morselli es El comunista, novela política, por supuesto también rechazada en su momento.

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Nunca leí El comunista y por ello me extrañó que al ver escrito el nombre de Terrarini, uno de sus personajes, recordara a la manera de un curioso déjà vu que se trataba de un dirigente comunista italiano que visitaba Estados Unidos durante la Guerra Fría. O sea, esa pequeña broma que mi frágil memoria me juega cada semana me dejó confundido porque no podía explicarme cómo llegó a implantarse en mi cerebro aquel detalle de una persona ficticia.

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Después, pensando en las veces en que una editorial local me pidió dictamen sobre algún libro, comencé a sentirme culpable de haber recomendado, en uno que otro caso, que la obra no fuera publicada y a preguntarme si mi conciencia no cargará en el futuro con una culpa mayor que la de haber privado a nuestra literatura de un Terrarini comarcal. Esa posibilidad me asedia aún más después de descubrir, muy a mi pesar, que un escritor que admiro pudo ser uno de los culpables del lamentable suicidio de Morselli: entre mis viejas lecturas figura la recopilación de las cartas que el escritor Italo Calvino, influyente lector de la editorial italiana Eunadi, enviaba a los autores cuyas obras juzgaba. En una de ellas, del 5 de octubre de 1965, con mucha cortesía le explicó a Morselli las razones que tenía para no recomendar la publicación de El comunista. Por algo quedó escrito que «el infierno está lleno de buenas intenciones o deseos».

El autor es químico.