Fernando Durán Ayanegui. 30 junio

Al hablar sobre opciones energéticas “limpias” con Thomas Peifer, estadounidense radicado en Guanacaste, describí de memoria un experimento realizado en una universidad de EE. UU., demostrativo de que, dada la abundancia del insumo principal, la electrólisis básica de la urea contenida en las micciones humanas es el método más barato de producir hidrógeno. Aunque para hacer el experimento fue necesario “militarizar” los hábitos mingitorios de numerosos estudiantes, el resultado fue considerado exitoso: el gas se usó para activar baterías de hidrógeno que encendieron cierto número de bombillos. Tan desconfiado como su santo homónimo, Thomas tenía que “ver para creer”, de manera que recurrió a su computadora y buscó en Internet las publicaciones científicas sobre el uso de la urea humana para generar energía limpia. Le aparecieron por centenares, buena parte de ellas tomadas de revistas científicas de excelente reputación. Tanto es así que, para leer una en particular, habría que pagar 40 dólares. En otra se destaca la ventaja de que los futuros autobuses podrán electrolizar la urea in situ, es decir, mientras prestan servicio.

Eliminada por vía renal, la urea es un metabolito de los aminoácidos que consumen los vertebrados terrestres. No se ha pensado en la que producen los animales por la sencilla razón de que la fisiología de estos no se puede someter a una disciplina, pero la de origen humano ya promete bastante: cada persona excreta entre 20 y 35 gramos de urea al día. Esto significa que entre todos los habitantes del planeta se produce una cantidad que podría generar, por electrólisis, unas 14.000 toneladas diarias de hidrógeno a un costo mínimo.

Si tomamos en cuenta que algunos de los estudios fueron auspiciados por las fuerzas armadas, podríamos pensar en que las infanterías de marina de las grandes potencias deberían suspender las visitas y los patrullajes hostiles para, en su lugar, realizar desembarcos de grandes expediciones de carácter humanitario destinadas a proporcionar energía gratuita a pueblos asolados por desastres naturales. Eso sí, como dice Thomas, es una suerte que Costa Rica no sea potencia naval, ya que sus eventuales infantes de marina, que serían buenos consumidores de cerveza nacional, podrían ser sospechosos de servir al Imperial-ismo.

El autor es químico.

duranayanegui@gmail.com