Fernando Durán Ayanegui. 26 septiembre

Esta semana experimenté una acrobacia mental alrededor de las figuras de Franz Kafka y Milan Kundera. La primera noticia que leí el miércoles provenía de Praga: “El escritor Milan Kundera obtuvo el prestigioso premio Franz Kafka 2020 [...] este reconocimiento supone la reconciliación definitiva entre Kundera y su país de origen…”. A Franz Kafka lo veo como un escritor checo que, en un país multilingüe, hablaba en checo y escribía en alemán, lo cual fue una suerte porque, de haber escrito en checo tal vez sería hoy desconocido: su primer libro fue publicado en Leipzig, un centro de irradiación cultural alemana de primer orden. De modo similar, Kundera, checoparlante, fue despojado de su nacionalidad por el régimen comunista y, forzado a emigrar a Francia, terminó escribiendo en francés sus obras más importantes; pero el provincianismo lingüístico de los intelectuales checos no solo creó cierta resistencia a aceptar a Kafka como escritor suyo; también prolongó innecesariamente el ostracismo de Kundera.

En 1983, el Instituto de Cooperación Iberoamericana organizó en Madrid el encuentro Iberoamérica en democracia, en el que participamos escritores y políticos de ambos lados del Atlántico. Una mañana, antes del inicio de un acto oficial, se presentó un nutrido grupo de estudiantes universitarios con el fin de invitar a Gabriel García Márquez a una actividad que esperaban realizar sobre La literatura de las lenguas menores. Gabo los escuchó con cortesía, y tras manifestar su interés, les hizo ver que él escribía en español, una lengua nada menor. Sin embargo, les recordó que cerca de ahí, en París, vivía un gran amigo suyo, el gran escritor checo Milan Kundera, que les serviría mejor que él, y les recomendó que lo invitaran.

Creo que los jóvenes partieron satisfechos, pero yo sentí los mareos de otra voltereta mental. Para este miembro del campanario académico de San Pedro de Montes de Oca, la idea de que Gabo y Kundera fueran amigos parecía un rompecabezas de cien piezas y media, porque había constatado que, en mi provincia, la izquierda execraba a Kundera por reaccionario y condenaba su lectura mientras que la derecha satanizaba a García Márquez por considerarlo comunista. Por supuesto, los méritos literarios no formaban parte de la ecuación.

El autor es químico.