Fernando Durán Ayanegui. 28 marzo

Hace muchos años, colaboré con un emprendedor teatral en el esbozo de unas ideas escénicas de las que solo una se concretó. En estos días de encierro, vinieron a mi memoria los detalles de un par de aquellos proyectos frustrados. El primero se basaba en la nada original idea de la desaparición, a causa de una conmoción social, del personal a cargo de un manicomio, lo que dejó el establecimiento a la deriva hasta el momento en que el más desquiciado de los pacientes decidió asumir la dirección y, ejerciéndola, generó el caos, no solo en el hospital, sino también en toda la comarca, y logró que hasta el mismo gobernador provincial se deschavetara.

En el segundo, inspirado en el hundimiento de la nave francesa Méduse, ocurrido en 1816, la acción teatral habría de comenzar cuando, después de múltiples incidentes de mutua aniquilación, los sobrevivientes de un naufragio quedaban reducidos, sobre una precaria balsa, a un puñado de cultísimos monstruos amantes del arte que, mientras derivaban en altamar, mantenían viva a una joven tan solo porque esta era una exquisita soprano cuya voz les aliviaba el aburrimiento. Desde luego, por ser ella la más débil físicamente, le llegó el momento de ser sacrificada en el altar de la nutrición y un natural acto de canibalismo dio fin a los conciertos.

Es obvio que el origen de la primera remembranza se encuentra en las declaraciones, los tuits y las decisiones demencialmente contradictorias de Trump, pero el de la segunda no está tan claro: quizás tenga que ver con la circunstancia de que, empujado por la alarma sanitaria, el público se haya lanzado a la compra masiva de papel higiénico, hecho sobre el cual he leído variadas explicaciones de carácter psicológico, sociológico, antropológico, filosófico y, ¡no faltaba más!, escatológico. Aun cuando sigo sin entender el motivo real de aquella estampida rumbo a determinados estantes comerciales, cuya absurdidad quedó en evidencia cuando se dio un fenómeno de arrepentimiento colectivo y muchos de los atolondrados acaparadores intentaron “devolver” la esponjosa mercancía, ahora sospecho que es de la misma naturaleza antropofágica que se adivina en el provecho que ciertos grupos ventajosamente ubicados intentan sacar de la actual emergencia.

El autor es químico.