Por: Fernando Durán Ayanegui.   13 enero

De paseo por un barrio de San José tuve la intención de decirles a mis acompañantes: “Vaya, no sabía yo que el consulado haitiano está por estos lados”. Pero no lo hice porque en ese momento recordé el concierto que hace años sintonicé cuando ya se había iniciado, y era transmitido por el canal de TV People and Arts. Aparecían en el escenario la orquesta y un solista, de guitarra si recuerdo bien. Nada de lo que veía me era familiar, pero la música era interesante. Los productores del video entraron en un juego de cámaras que nos llevó al exterior del teatro y, prefigurando las futuras tomas desde drones, en el atardecer de un barrio urbano se vieron numerosos techos sobre los que ondeaban banderas de Haití; esto me sorprendió porque, habiendo visitado ese país varias veces, sentí que allí algo no calzaba. Después, la cámara regresó al lugar desde donde surgía la música y mostró, tan característica como es, la fachada de nuestro Teatro Nacional. Comprendí enseguida que el concierto había sido registrado en San José, en época de campaña electoral, y que el paisaje enseñado no correspondía a la capital haitiana, sino a un sector josefino en el que abundaban las banderas del PUSC. Si las tomas se hubieran hecho en una zona muy liberacionista, habría pensado que el concierto tuvo lugar en Nigeria o, mejor aún, en Andalucía.

Lo que ocurría ahora, también en plena campaña electoral, era que había visto de reojo, desplegada en una vivienda, una solitaria bandera del PUSC, la única en varias cuadras a la redonda. Al darme cuenta de ello busqué instintivamente las banderas verdiblancas del PLN, pero andaban igualmente escasas. “Definitivamente, algo ha cambiado”, me dije y descubrí que no sentía nostalgia alguna por los flameantes signos externos que, para unos, eran la esencia misma de la llamada fiesta cívica y, para otros, tan solo una chanfaina electorera destinada a ocultar los designios internos de los políticos. “Como que el frío está en las cobijas”, seguí especulando, quizá porque la tela de aquellas banderas solía terminar reciclada en sábanas y fundas.

Ahora bien, tomando en cuenta que hay 38 partidos nacionales y provinciales debidamente inscritos, podemos imaginar cuán colorida habría sido, de haberse conservado la tradición, la actual campaña electoral.

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