Fernando Durán Ayanegui. 9 febrero

Supongamos, tan solo por un momento, que es cierta la afirmación según la cual los conflictos internacionales más amenazantes del momento giran, primordialmente, alrededor del control de ciertos recursos energéticos no renovables: carbón, petróleo, gas natural. Al mismo tiempo, démosle crédito a una consigna que subyace en el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático: la renuncia a quemar, para obtener energía, la mayor parte de esos recursos; o sea, el inicio de lo que se ha dado en llamar la transición energética: la sustitución, con la mayor brevedad posible, de los combustibles fósiles por fuentes de energía “renovables y no contaminantes”.

Volviendo a la realidad, extraña que aún existan políticos que esperen ganar popularidad prometiendo ejecutar aisladamente “alguna” transición energética

De entrada, hay dos contradicciones. Primera: si esa sustitución es urgente, la palabra “transición” no lo sugiere, da la impresión de que su ejecución “puede tomarse su tiempo”. Segunda: si unos recursos se declaran por principio inutilizables, ¿no deberían perder rápidamente su valor económico y hacer que carezcan de sentido los conflictos por su control?

Por supuesto, plantear así las cosas es una ingenuidad calculada. La decisión del gobierno de Estados Unidos de desligarse del Acuerdo de París, y las indicaciones científicas de que el Acuerdo se quedó corto en sus previsiones, no son precisamente motivos de optimismo. Después de todo, si detrás del Acuerdo de París hubiese una implacable voluntad política de cumplimiento, en pocos meses habría colapsado la economía mundial por la sencilla razón de que las gigantescas inversiones ya hechas en la localización y la puesta en explotación de los yacimientos de combustibles fósiles se habrían volatilizado de inmediato.

Volviendo a la realidad, extraña que aún existan políticos que esperen ganar popularidad prometiendo ejecutar aisladamente “alguna” transición energética. Tal vez la clave está en lo fácil que es ofrecer una apariencia de solidez científica para hacer creer a un público poco dado a poner en duda la viabilidad de las consignas que a los políticos los mueve la generosidad cuando excluyen de sus mensajes las demostraciones técnicas muy fatigantes. La pereza colectiva permite en la política mensajes consistentes en eslóganes sin contenido.