Fernando Durán Ayanegui. 14 julio

El niño, en pleno vuelo: “Papá, ¿cuántos duros cuesta este avión?”. El viejo, tomado por sorpresa, se limita a farfullar: “Hijo, se ve a la legua, ¡todos!”. A riesgo de que los especialistas en finanzas que militan en estas páginas respondan lo mismo, imitaremos al canijo viajero preguntando a cuánto asciende, realmente, la deuda global. Cada trimestre, el Institute of International Finance (IIF), un centro de estudios apocalípticos que se expresa en lenguas que solo los financistas y los asaltantes de bancos pueden entender, publica el dato; pero el que corresponde a finales del primer trimestre del 2018 nos obligó a tomar un lápiz para tratar de escribir la cifra. Y, por ser la fila de ceros tan larga, nos resultó imposible imaginar tantos patacones amontonados: el tamaño, en dólares, de la deuda global llegó, en marzo, a la suma “récor” de 247.000 millardos (247 seguido de 12 ceros). Igual que en el avión: ¡Todos los duros!

“El problema con el ritmo del crecimiento de la deuda global es que, si usted presta o se endeuda con mucha rapidez, la calidad del crédito tiende a deteriorarse”

El reporte viene, como Dios manda, lleno de gráficos y galimatías que escapan a la comprensión de los químicos herrumbrados, pero moviéndonos a tientas entre números y curvas se nos ocurrió usar la calculadora y, con la idea de que en esta nave llamada Tierra viajamos todos, descubrimos que la “deuda individual promedio” viene a ser de unos $33.000. “Dado que donde hay deudores por una suma hay acreedores por otra igual”, nos dijimos, “el asunto no es tan desastroso”. Así pensamos mientras no leímos una advertencia del administrador director del IIF: “El problema con el ritmo del crecimiento de la deuda global es que, si usted presta o se endeuda con mucha rapidez, la calidad del crédito tiende a deteriorarse”. Seguimos sin entender, creyendo que igual da si la calidad de la camisa se deteriora y pasa de seda a poliéster, pero nos llegó la voz de un aguafiestas que nos señalaba: “Sí, claro, solo que para saldar esas deudas tendremos que producir mucho y, para producir mucho, tendremos que dilapidar mucha energía y el calentamiento global…”.

Así se nos volcó el bote. Para enderezarlo solo se nos ocurre sugerir que se ponga en vigencia, en escala mundial y entre Estados, pueblos e individuos, el yobel, o jubileo, prescrito en el Levítico, capítulo 25, versículos del 8 al 13. “¡You must believe me, that’s great!”, diría Donald Trump.