Fernando Durán Ayanegui. 23 mayo

Del episodio, queda en mi memoria un nebuloso registro: para fastidiar a los otros imperios coloniales, en tiempos de la colonia, la Corte española decidió recibir como libertos a todos los esclavos fugitivos que buscaran refugio en sus territorios americanos.

Según la referencia que ahora busqué sin resultado, ocho hombres y una mujer escapados de una isla holandesa se presentaron en nuestro litoral caribeño y solicitaron acogerse al prometido asilo.

La gestión, facilitada porque la mujer hablaba español, fue comunicada a las autoridades de Cartago y estas dispusieron que los fugitivos fueran conducidos al Valle Central y liberados en la zona hoy conocida como La Boca del Monte. Aquellos habrían sido los primeros afrodescendientes radicados en San José y es todo lo que alcanzo a tocar sin partitura.

Pero la búsqueda fue útil porque me hizo examinar de nuevo una interesante publicación del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, que lleva el título de Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII, libro que en 1997 le valió a la autora, la profesora Rina Cáceres, el Premio Cailler-Bois del mismo instituto.

Está fuera de las capacidades del autor de esta columna una reseña detallada de la obra, pero sí me atrevo a comentar unos detalles que, bien se puede decir, nos vienen al pelo.

En el siglo XVII hubo en nuestro territorio once episodios sanitarios de carácter epidémico, uno de los cuales causó la muerte de todos los habitantes de Orosi y otro ameritó ¡una disminución del pago de tributos!

“La disminución de la fuerza laboral en las comunidades indígenas provocó fuertes contracciones en el abasto de alimentos…”, escribe Cáceres, y más adelante señala: “El problema… se agravó con las plagas de langosta y chapulines que asolaron el Valle Central y el Pacífico Norte”.

Comenta, además, que frente a las siete carestías de víveres que se dieron en la segunda mitad de aquel siglo, las tres medidas tomadas por las autoridades coloniales consistieron en aumentar las áreas de cultivo, prohibir las exportaciones y controlar la especulación con el trigo.

Según apuntó un historiador, “las dos últimas desestimularon la producción y pusieron en tensión los intereses de las autoridades y la élite exportadora”. “Podían no”, habría dicho mi abuelita.

El autor es químico.