Velia Govaere. 12 octubre, 2020

Aves de rapiña de diverso plumaje colman de malos augurios el horizonte. La institucionalidad está amenazada y se presenta frágil frente a tufillos endebles de populismo oportunista.

Me abstendré de hacer mofa de un presidente acosado. Su fragilidad me acongoja. No es motivo de chota, sino de alarma colectiva. Todos estamos concernidos. Cuando más se requirió visión, hubo ceguera. Cuando sus propuestas toparon con repudio, reinó el silencio.

Cuatro gatos aquí y allá llenan ese vacío de autoridad, creando una sobredimensionada sensación de caos. Demagogos gerontológicos se autoproclaman representantes del pueblo, con ultimátums y pliegos de absurdas incongruencias. Son momentos complejos, pero no tienen por qué ser anárquicos.

La ingrata historia nos sorprendió desnudos de liderazgos maduros, huérfanos de adalides con carácter. Me aterra ese silencio en las cumbres.

El demagogo sediento de protagonismo husmea ese terror, como hiena a la carroña. Tengo miedo de ese miedo. Ese espanto gubernamental no tiene los reflejos republicanos para encontrar fuerza en la ciudadanía.

Nada extraño es que quienes se beneficiaron de chantajes reconozcan la pusilanimidad varias veces humillada del gobierno y vuelvan ahora por su botín.

La ciudadanía no puede ni debe quedarse de brazos cruzados. En la hora oscura, debemos repudiar a quienes se aprovechan de la ignorancia. Pero nuestro repudio no basta. Necesitamos que el gobierno ponga coto a su impotencia y corte de tajo la incitación impune a la sedición. Para eso le otorgamos autoridad con nuestro voto.

Estamos en el ocaso de un tipo de Estado que conoció mejores días. En duelo de lo que fue. Entre negación e ira, necesitamos despedirnos de lo que ya no puede seguir siendo. Para Hegel, el ave de Minerva alza vuelo solo al crepúsculo. Tenía razón. No es al amanecer que somos sabios, sino cuando nuestros sueños anochecen.

Aquí estamos. En el declive de la Costa Rica del 48, nos resistimos a dejarla ir. En esa nostalgia se ceba el populismo. Nada extraño que los Albinos, Campos y Corrales se alimenten de la resistencia a esa resignación. Pero es hora de sabiduría. Nuestra soberanía no puede quedar al garete. Es hora de conducción. ¿Y dónde está el piloto?

La autora es catedrática de la UNED.