Velia Govaere. 19 octubre, 2020

La mesa de diálogo nacional venía con los pies hinchados, con pétreo formato inflexible y sin margen de adaptación. Inconsulto, impuesto desde arriba y cada invitado con facultad de veto. Si nacía, habría sido milagro que fructificara. Mi madre, doctora en Física, lo decía: los materiales, cuanto más rígidos, más frágiles. Y se quebró. Se requería abordaje político y pragmático. Lección aprendida. Eso no exime de responsabilidad a quienes lo abortaron.

Pero no lloremos por leche derramada, porque todavía hay mucho que puede derramarse. El instante de supremo desafío no ha terminado. Necesitamos consensos para evitar mayores amarguras. Es una batalla civilizada para encontrar fórmulas de sacrificio compartido.

En el embate de lo que somos frente a lo que soñamos ser, apareció una escena espuria. ¡Bien dicho, señor presidente! Álvaro Jenkins, jerarca de la Uccaep, mancilló el honor de la empresa privada que se funda en la defensa de la institucionalidad. Su firma legitimó la extorsión de gente sin representatividad que tanto daño nos ha hecho. No hay palabras.

Pero no nos confundamos. Muerto un diálogo, comienza otro. Seguimos en un momento sagrado de recapacitación que merece total respaldo cívico. Cederá un poco cada uno o será catástrofe para todos. Tocan pagos inminentes y no tenemos cómo hacerlos. Si caemos en default, la depreciación será inevitable. El mercado haría, sin clemencia, lo que hoy nos impidan consensuar.

Una devaluación disminuiría nuestra deuda pública en colones y se desvalorizarían ingresos, salarios y pensiones. Pero también, con una moneda devaluada, las empresas tendrían menores costos y mejora automática de su competitividad. Es decir, si fracasa el diálogo, cui prodest?

Al mismo tiempo que concertaba tregua con indiciados por la justicia, la Uccaep hacía estallar un diálogo cuya convocatoria le había permitido implosionarla con su mera ausencia. ¿Fue solo por arrogancia o por algo más? No olvidemos una posibilidad casi inverosímil. Teóricamente, por lo menos, podría concebirse otra agenda perversa de paranoia realista: boicotear el diálogo para que el país caiga en suspensión de pagos. ¿Será posible? Llegó el momento de descubrir de qué material humano estamos hechos.

La autora es catedrática de la UNED.