Velia Govaere. 1 junio

En ciertas narrativas, la historia es crónica de enfrentamientos. Las luchas marcan cada época. Países se enfrentan, regímenes cambian por la fuerza, credos políticos o religiosos buscan hegemonía.

Muchas veces, en cada antítesis, las ideologías imperan sobre el lazo común de la fraternidad humana. Oposición de contrarios y pertenencias tribales oscurecen el vínculo esencial que determina la supervivencia de los tripulantes en esta nave planetaria que se adentra en el “silencio aterrador de los espacios infinitos”.

Pero ahí no cabe tolerar al niño matón que acosa a los que siguen las reglas y forma pandillas de díscolos, unidas por el vano orgullo de oponerse a las normas.

Detesto esa ruptura existencial. No me adscribo a congregación que no sea la humanidad misma. Pero reconozco la importancia de paradigmas transformativos, siempre “hijos de su tiempo”.

La crítica social genera cuerpos de pensamiento. Hacia ellos confluyen voluntades concertadas en credos políticos. Pero muchas veces, pasado su momento, la doctrina se entroniza, sin más propósito que perpetuarse, con iglesias intocables de sacerdotes, creyentes y herejes. Eso forma el sustrato mismo del respeto al pensamiento ajeno, conquista humana de la tolerancia democrática.

Pero ahí no cabe tolerar al niño matón que acosa a los que siguen las reglas y forma pandillas de díscolos, unidas por el vano orgullo de oponerse a las normas. Son oposiciones inaceptables entre adultos. Esa reprochable conducta antisocial escandaliza al mundo desde lugares impredecibles.

Estamos atónitos ante una experiencia deleznable. El líder de la primera potencia mundial se mofa de su contrincante político porque usa mascarilla protectora de contagio. Más increíble aún, esa burla forma escuela. Masas de seguidores republicanos de Trump hacen eco de esa burrada y, al refutar esa precaución, éticamente obligatoria, arriesgan vida propia y ajena.

Las encuestas lo confirman: un 46 % de los republicanos no usan máscara y un 62 % defienden que su presidente tampoco lo haga. Eso contrasta con el 83 % de los demócratas que tienen ese cuidado y un 90 % que piensan que Trump debe dar el ejemplo.

Entronizada en la oficina oval, la bufa es métrica de la política. Hasta ahí hemos llegado, a la ideología de la chota. Mucho nos dice eso de la patética miopía que Trump ha contagiado y del escabroso camino que aún falta para acabar con esa cofradía de sandez.

La autora es catedrática de la UNED.