Velia Govaere. 8 junio

Estamos en vilo, suspendidos sobre certero y cercano abismo. Apenas sostenidos por un hilo de paciencia, todo se agolpa agravando el peso que aguanta nuestra ignorancia. De eso depende nuestra precaria estabilidad.

La ausencia de una conciencia social generalizada sobre la gravedad de las finanzas públicas es escudo para la imprudencia.

Quedamos sin orientación decisiva en el peor momento. Estamos contra las cuerdas y la vida golpeando.

Pero esa cuerda es muy delgada y soporta, además, la tensión extrema de la pandemia. En cualquier momento se rompe.

Sin esa inadvertencia colectiva, jamás se habría atrevido el gobierno a cambiar de ministro de Hacienda, sin ofrecer, siquiera, una figura que fuera, al tiempo, unificadora en el espectro político interno y lenitivo en los mercados financieros, donde se decide la fortuna de la deuda pública.

Sería crédito atribuir recapacitación a esta acción a todas luces precipitada. Como todo desliz freudiano, este faux pas revela el traumatismo subyacente de un deseo inconsciente reprimido. Eso me temo.

Un torpe retorno al sueño infantil del PAC, de marcar ruta con gobierno propio. Eso ya lo vivimos. No es sostenible, eficiente o justificable, en la crisis actual. ¡Con nuestra calificación de riesgo no se juega!

Los nublados se oscurecen en el peor momento. Los mercados internacionales no acogieron bien el cambio de timón.

Más grave aún, el ministro saliente había desmantelado el núcleo técnico de Hacienda. Chaves estaba dando un giro copernicano a la gestión de las finanzas públicas. Eso quedó trunco y de cabeza.

El nuevo jerarca acepta no tener todas las ideas para cada problema, pero, además de inexperiencia propia, tampoco tendrá el mejor apoyo institucional.

Quedamos sin orientación decisiva en el peor momento. Estamos contra las cuerdas y la vida golpeando.

Quisiera esperar de nuestra psique colectiva el impulso de una fuite en avant. En vez de retroceder, escapar atacando de frente nuestros problemas estructurales.

Pero eso nadie lo puede creer posible. Sería un ímpetu poco costarricense, y menos aún cuando se prefiere obediencia a capacidad técnica.

No había terminado de irse un ministro y ya teníamos nombrado a otro. Añorábamos, con toda razón, a doña Rocío, y aunque nadie despidió con lágrimas a don Rodrigo, es probable que pronto nos arrepintamos.

La autora es catedrática de la UNED.