Velia Govaere. 5 octubre, 2020

La crisis fiscal monopoliza todas las narrativas. Ni respirar podemos sin aliento hacendario. La situación es grave. Salir del embrollo inmediato es perentorio. Entonces, el político aficionado nos tira, cual piedra de Sísifo, el espectro de la crisis de los 80.

De Sísifo, digo, como si fuera mera emergencia contable que superar para que después ruede cuesta abajo y haya que cargarla de nuevo. Eterno retorno de existencialismo nietzscheano: sacudirnos una losa “a como sea”, para que termine, de nuevo, encajada en nuestros hombros. Es la maldición que pagar por el crónico pecado de imprevisión.

“Tenemos que hacer algo” es la frase barata del día. Cualquier cosa valdría para evitar el default. Una mirada más amplia es lujo en tiempos de austeridad mental. Lo urgente es primero, se nos repite. Luego veríamos qué Estado queremos. Visiones estructurales no atañen a la urgencia. ¿Que no atañen? ¿Cómo se atreven, más bien, a pedir tanto sacrificio sin mapa de ruta, brújulas y soluciones permanentes?

Tenemos el equipo económico con menos economistas de la historia contemporánea. Una golondrina en el Banco Central no hace verano. ¡Por Dios! Al menos él sabe lo que hace. No envidio su soledad en Macondo, país de las maravillas. Cualquier gato es consejero y nos recuerda que si no sabemos adónde vamos, cualquier camino es bueno. No en vano vivimos a este lado del espejo.

Se anuncia un nuevo plan fiscal, dado el unánime rechazo del primero. Tal vez sea más equilibrado entre contención del gasto, nuevos ingresos, por impuestos más sensatos y venta de activos que algo valgan. Pero no habrá un mapa de cambios estructurales. Eso es harina de otro costal. Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como diría Aristóteles. Tenemos que salir de un hueco y si caemos en otro, será otro. Ya ni siquiera la imaginación nos rescata de la realidad.

Vamos a destiempo. La crisis de hoy no piensa en el mañana, porque hoy es hoy y mañana es mañana. Somos dos Costa Ricas descompasadas. Hasta las crisis tienen temporalidades divorciadas. El presente es enemigo del futuro y la emergencia, de la previsión. Yo solo opino. Hasta ahí mi fuerza. Y mi alma queda sedienta del compás histórico perdido.

La autora es catedrática de la UNED.