Velia Govaere. 28 septiembre, 2020

La muerte de Ruth Bader Ginsburg nos conmueve. Pocas veces un alma ha abierto tanto camino. Su partida crea un vacío lleno de presagios inciertos. Será difícil afianzar el cauce abierto por esa mujer gigante de causas nobles, jueza por 27 años en la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Fue leyenda de sabiduría, prudencia y tesón. Frente a la discriminación, encarnó el sentido más profundo de la palabra justicia. En las áreas oscuras de la ley, enfrentó con sutileza el trato diferenciado de quienes no tienen poder económico, político o hegemonía cultural.

Llegó en 1993 a la Corte Suprema. Ya entonces había abierto sendero. Pero nada en sus alegatos destiló ideología o radicalismo. Era una jurista moderada, llena de astucia argumentativa, inteligencia emocional y formidable fundamentación legal. Entendía los sesgos cognitivos de una judicatura culturalmente inclinada a la conservación del statu quo.

Poco se sabe que su primer caso contra la discriminación de género fue defendiendo a un hombre. Se le negaba el derecho a deducir de sus impuestos la labor en el cuidado de su madre, porque "solo” las mujeres estaban supuestas a cuidar. Ella introdujo el concepto de discriminación de género, pero no como concepto sociológico, sino como estrategia litigante para evitar que la palabra sexo predispusiera en contra a jueces conservadores.

Como litigante, enfrentó leyes que daban ventajas especiales a las mujeres. Ella demostró que ese tipo de leyes creaba, más bien, una visión estereotipada del papel de la mujer, calificada como inferior por ese tratamiento. Entre 1973 y 1976, ya había hecho historia, espoleando jurisprudencia que ha hecho más difícil discriminar en la ley.

Mientras tanto, en la sociedad estadounidense revivió la hoguera de las luchas culturales. Las fuerzas conservadoras añoran revertir el legado de Ginsburg: matrimonio gay, comunidades indígenas, migrantes, homosexuales y cambio climático. El peligro del momento es cambiar la relación de fuerzas de la Corte para trastocar su legado.

Desde lejos, Ginsburg nos demostró que el derecho es una fuerza transformadora. En su vida, cargó de sentido humano todas las legislaciones del mundo, que en ella se inspiran. Hoy el mundo pesa menos.

La autora es catedrática de la UNED.