Velia Govaere. 30 diciembre, 2019

El año termina con apabullantes derrotas de la cordura. Por doquier se suman desconsuelos de la razón. Crisis se agravan, instituciones se debilitan, desafíos se posponen, estallan gigantescas estafas a la buena fe ciudadana, alianzas se rompen y estallidos populares buscan salida frente a viejos descontentos larvados.

Mientras exista diálogo y entendimiento, no todo está perdido. Por eso, a contrapelo del mundo, una inusitada voluntad de concertación está haciendo una diferencia.

No existe paisaje sin retrocesos. En Europa, la victoria de Johnson abre la más grave grieta de la Unión Europea, mientras oleadas de refugiados invaden las costas mediterráneas ante el agravamiento imparable de las guerras de Oriente Próximo. Macron mengua contra las cuerdas y en América Latina los descontentos se vuelven pandemia.

La estabilidad mundial del comercio tiembla debido a la pugna de China con Estados Unidos y la parálisis del órgano de apelación de la OMC. Ni que decir del cambio climático. Cuando se acerca el punto de no retorno, la humanidad se encuentra al borde del fracaso frente a su más importante reto como especie.

Inútiles son más pruebas científicas del daño que ocasiona la inercia, la división política o la parálisis del sentido de urgencia. En la corteza prefrontal medial posterior de nuestro interesado cerebro, renuente al sacrificio, prima un área que se activa en busca de un sesgo de confirmación que corrobore una ventaja económica para la indolencia (Kappes et al. Nature Neuroscience, 23). La mayor víctima del 2019 fue el sentido común.

Dentro de ese contexto internacional de gris a negro, los nublados cielos de Costa Rica se abrieron, en el 2019, así fuera ligeramente. No que carezcamos de angustiosos embrollos o que hayamos encontrado rumbo. Los retos desatendidos son enormes, desde lo educativo hasta lo social, pasando por economía, producción y empleo. Parecería que aquí también vamos en picada. Podría ser, pero no necesariamente.

Mientras exista diálogo y entendimiento, no todo está perdido. Por eso, a contrapelo del mundo, una inusitada voluntad de concertación, que a nosotros mismos nos asombra, está haciendo una diferencia. Sin embargo, entre bambalinas, el confesionalismo amenaza con secuestrar con intransigencia el escenario público. Por eso, y por encima de todo, la tarea más trascendental del 2020 será el rescate de la sensatez.

La autora es catedrática de la UNED.