Víctor Ml. Mora Mesén. 2 febrero, 2019

Pensar y dialogar en cierto sentido son sinónimos. Es cierto que el pensamiento puede incluir la intuición, la genialidad y hasta la demostración de hipótesis, pero es el diálogo interno o con otros lo que nos lleva a la clarificación conceptual. Pensar y dialogar deberían estar unidos para que el encuentro consigo mismo y con los demás sea fructífero y positivo.

Vivimos, sin embargo, en un mundo donde el diálogo se ha convertido solo en experiencia emocional, no en reto para el pensar. Eso se nota, por ejemplo, en las producciones artísticas donde lo importante es el absurdo que hace reír, pero que no suscita la necesidad en el espectador de descubrir los matices del significado de las palabras o los gestos. El absurdo como género de la comicidad, al margen de cualquier crítica social, deriva en ocurrencia y superficialidad.

De tanto en tanto todos necesitamos un poco de absurdidad, pero ese no es el problema. Cuando la sociedad comienza a refugiarse en ella, el pensar decae proporcionalmente. De allí que el pensar serio sea cada vez más escaso, lo que hace que sobreabunde la oportunidad para esgrimir un argumento, aunque sea contradictorio con lo mantenido anteriormente. En otras palabras, cuando el diálogo y el pensar no están unidos, entonces reina la subjetividad que busca poder e influencia.

Pensar y dialogar hoy no es fácil, exige de nosotros un cambio urgente de paradigma cultural, que haga entrar de nuevo la interacción como el eje de la vida humana

Raíz. La raíz de la palabra “diálogo” nos habla de un binomio griego: dia-logos. La preposición dia tiene varios significados, entre ellos “a través de”, “por medio de”, “por”, “con”, “por causa de”, “por motivo de”, “¿por qué?”. Mientras que el sustantivo logos puede traducirse como “palabra”, “mensaje”, conversación”, “razón”, “causa”. La secuencia de significados de las dos palabras nos muestra la riqueza de nuestro término, que quiere representar una actitud humana fundamental.

La palabra “pensar”, viene más bien del latín pensare, que además de significar un acto cognitivo puede también traducirse como “pesar” o “calcular”. Uniendo ambos términos, el pensar y el dialogar, se nos presentan como dos realidades complejas, pero complementarias. El pensar se realiza a través de la palabra, que es esencialmente un instrumento de comunicación. Por ello, es en el encuentro entre diferentes palabras o mensajes, donde el pensar adquiere profundidad y solidez.

El pensar no es un simple acto del individuo, tal y como lo pretendía Descartes, es una realidad intersubjetiva que no puede evadir la confrontación con otros por medio del lenguaje. En efecto, si el pensar es sopesar la realidad en función del diálogo, es decir, de la relación interhumana, requiere una gran capacidad de cooperación y apertura hacia el otro, que son los requisitos indispensables para una buena comunicación.

Monólogos. Es precisamente en la puesta en práctica de estos principios donde hoy tenemos más dificultades. Hoy en día el monólogo se ha vuelto el fundamento del pensar. Esto se nota en dos ámbitos distintos. Por un lado, la gran cantidad de información inútil que compartimos, ha hecho que seamos más relativistas en relación a los mensajes que otros nos hacen. Por otro, el diálogo interior poco a poco ha comenzado a ser suplantado por el deseo de publicitarse a los demás, haciendo que las personas pierdan profundidad en su visión de la vida.

Dos personas se encuentran y entablan cada una de ellas un monólogo, porque sus propios intereses prevalecen sobre los principios de cooperación y apertura, esto hace que el diálogo sea solo aparente. Las consecuencias pueden ser catastróficas: incapacidad de ser críticos (consigo mismo o con otros), incapacidad para generar un pensamiento de calidad, separación progresiva del tejido social, aumento de la violencia y crecimiento de la indiferencia.

Con el debilitamiento del diálogo, se diluye la posibilidad de encontrar otros puntos de referencia y apoyo para modificar el pensar. De esta manera, el razonamiento pierde cohesión lógica y se difumina en una fragmentación de ideas que no necesariamente son homogéneas. Esto lo podemos constatar con facilidad en tantas aseveraciones públicas de individuos que se contradicen claramente, pero que se mantienen como posicionamientos coherentes. Como se ve, la crítica pierde relevancia, porque esta busca articular el pensar bajo el principio de la cooperación en orden a encontrar la mejor representación de lo real.

Como consecuencia, el pensamiento se vuelve insustancial, porque se transforma en oportunismo o capricho. No hay duda que mucha de la clase política del mundo ha caído frívolamente en este círculo vicioso. De allí que las soluciones propuestas a problemas urgentes ni siquiera se busquen. Un ejemplo elocuente es lo que pasa con el cambio climático: se ha generado un distanciamiento entre intereses políticos y estudios científicos. El riesgo puede ser letal.

Falta de comunicación. No hay duda, por otra parte, que esta actitud genera el desmoronamiento del tejido social. La falta de apertura al otro, termina por crear contradicciones insuperables nacidas del ansia de satisfacer los propios deseos e ideas. Como estas dos cosas son en muchos casos aleatorias, porque no están regidos por un pensar serio y coherente, la competencia desmedida arruina el principio de cooperación. Sin este, la convivencia social se puede volver impracticable. Este fenómeno lo vemos en muchos ámbitos, desde el familiar, el político y hasta en nuestro comportamiento en el tráfico vial.

La falta de comunicación es siempre productora de violencia, porque la única forma de imponer el propio pensar distorsionado es mediante la represión. Las reacciones represivas se ven en todos lados y en muchas formas. Estas son fuentes de violencia que puede ser cotidianas o institucionales. El principio de cooperación tiene un norte bien definido: buscar el bien común. Cuando no se toma esa dirección, la lucha por buscar el bien individual nos separa y nos hace agresivos.

Por todo lo anterior, no nos sorprende la creciente indiferencia. Es parte del sustraerse al diálogo y al pensar. La apertura no es posible, ocupa su puesto la conveniencia. Violencia e indiferencia, van siempre de la mano, porque son las dos caras de una misma moneda.

Pensar y dialogar hoy no es fácil, exige de nosotros un cambio urgente de paradigma cultural, que haga entrar de nuevo la interacción como el eje de la vida humana. Es aquí donde la educación juega un papel primordial. Pero hablamos no solo de la educación formal, sino también de aquella que se genera en el compartir información en ámbitos informales. Es necesario volver a enseñar a dialogar, a abrirse al otro con confianza y tratar de superar la desconfianza de la competencia feroz. Para ello hace falta transformar nuestro sistema de relaciones económicas, porque estas se encuentran a la base de muchos comportamientos actuales.

Una sociedad más solidaria, tanto a nivel gubernamental como privado, es esencial para construir procesos de socialización nuevos. En otras palabras, para ayudarnos a redescubrir la entrañable vinculación entre el pensar y el dialogar, para que entre nosotros haya una verdadera cooperación y apertura hacia el futuro. En otras palabras, para que no sigamos viviendo en el absurdo.