Minxin Pei. 17 enero

WASHINGTON, DC – La contienda geopolítica que se despliega entre China y Estados Unidos ha sido descrita por muchos como una nueva guerra fría. Si alguna vez se convierte en una caliente, el punto de ignición bien podría ser Taiwán, en gran parte debido a la política china con respecto a la isla.

El gobierno de China suspendió el contacto diplomático con Taiwán en junio del año 2016, debido a que el Partido Progresista Democrático (PPD) de Taiwán, partido proindependencia que acababa de regresar al poder, se negó a reconocer el llamado Consenso de 1992, base política del principio de “Una China”. Desde aquel entonces, sin embargo, la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen, ha seguido una política moderada, decepcionando a los partidarios de línea dura del PPD.

Eso no le basta a China, que ha continuado apretando los tornillos para presionar a Taiwán. Por ejemplo, persuadió a cinco países para que la sigan en cuanto a romper relaciones diplomáticas, reduciendo el número de naciones que mantienen relaciones formales con la isla a solo 17. China también ha tomado medidas para reprimir el turismo proveniente de la China continental: si bien casi 4,2 millones de turistas de China continental visitaron Taiwán en el año 2015 cuando el gobierno Kuomintang pro-Pekín estaba en el poder en Taiwán, ese total cayó a solo 2,73 millones en el 2017.

El gobierno de Taiwán no ha parpadeado ante ello. Pero, en noviembre pasado, el PPD sufrió pérdidas devastadoras en las elecciones locales, en gran parte debido al crecimiento económico anémico –un resultado que llevó a una políticamente debilitada Tsai a dimitir de su puesto como líder del partido–.

Para China, este fue el momento ideal para aumentar la presión. Así que, el 2 de enero, el presidente chino, Xi Jinping, pronunció un explosivo discurso sobre Taiwán, en el cual dejó en claro que China continúa decidida a ir en búsqueda de la reunificación.

Xi rechazó el argumento de que el sistema político autocrático de China es fundamentalmente incompatible con la democracia bulliciosa de Taiwán, insistiendo en que la fórmula de “un país, dos sistemas”, que se aplicó por primera vez a Hong Kong, cuando el gobierno británico retornó esta región al chino en 1997, sería suficiente para proteger los intereses y autonomía de Taiwán. La fórmula, sin embargo, ahora está desentrañándose en Hong Kong, lugar donde las libertades se han ido erosionando durante el mandato de Xi.

Tampoco Xi indicó que ofrecería concesiones para persuadir a Taiwán a que regrese a la mesa de negociaciones. Por el contrario, a pesar de declarar que “los chinos no lucharán contra los chinos”, se negó a renunciar al uso de la fuerza para evitar que Taiwán busque la independencia formal. China debe, según lo expresado en sus propias palabras, “reservar la opción de tomar cualquier medida necesaria”, aunque afirma que la amenaza está dirigida “hacia fuerzas externas y hacia un número extremadamente pequeño de separatistas que están a favor de la ‘independencia de Taiwán’”.

Una vez más, el gobierno de Taiwán no se inmutó. Tsai respondió con un discurso desafiante que ella dio, en el cual rechazó rotundamente tanto el principio de “Una China” como la fórmula de “un país, dos sistemas”, e hizo un llamado para que la comunidad internacional apoye la independencia de facto de Taiwán.

Si bien la postura firme de Xi con respecto a Taiwán puede al fin de cuentas revitalizar un marcado apoyo para Tsai y el PPD, no hay razón para pensar que Xi abandonará en el futuro cercano dicha postura. Sin embargo, tampoco hay razón para pensar que la política de China dejará de ser contraproducente. A pesar de que infligir dolor económico y humillación diplomática a Taiwán puede producir cierta satisfacción psicológica a corto plazo para China, la isla se ajustará con el tiempo y las acciones chinas producirán beneficios decrecientes.

Por ejemplo, después de que China redujera el número de visitantes provenientes de la China continental, Taiwán dirigió su atención a atraer turistas de otros países. A pesar de la disminución de visitantes de la China continental, 11 millones de turistas visitaron la isla en el 2018. Con el propósito de reducir su dependencia económica del continente, Taiwán también ha diversificado vigorosamente sus mercados en el extranjero.

Por otra parte, aunque la economía de China es mucho más grande, Taiwán tiene algunas fuentes nada despreciables de apalancamiento. Por ejemplo, si Taiwán restringe a su industria electrónica –que constituye un vínculo vital entre China y las cadenas mundiales de suministro de tecnología de la información– para que dicha industria no lleve a cabo actividades empresariales con China continental, eso aceleraría significativamente el éxodo de fabricantes orientados a la exportación, que saldrían de la China impulsados ​​por el aumento de los aranceles de importación estadounidenses.

Quizás la consecuencia más peligrosa de la política de China con respecto a Taiwán es que aumenta las tensiones con Estados Unidos. En su calidad de principal protector de la independencia de facto de Taiwán, Estados Unidos ya ha tomado medidas para transmitir el mensaje de que no se quedará tranquilamente sentado a ver como China intimida a la isla para conducirla a la sumisión. En febrero pasado, el Congreso de Estados Unidos aprobó por unanimidad la ley de viajes a Taiwán, que permitirá que altos funcionarios estadounidenses visiten Taiwán y viceversa. Si bien la medida es en gran parte simbólica, ha enfureció a China porque equivale a un reconocimiento oficial del gobierno de Taiwán.

Además, en el mes de setiembre, Estados Unidos retiró a sus embajadores en la República Dominicana, El Salvador y Panamá, en protesta por la decisión de esos países de romper los lazos diplomáticos con Taiwán. Se encuentra en el tapete de discusión propuestas para fortalecer la cooperación entre Estados Unidos y Taiwán en el ámbito de defensa, incluso a través de la venta de armas más avanzadas.

Hasta el momento, China ha respondido a tales desafíos a su política de “Una China” escalando y subiendo de tono la presión sobre Taiwán, manteniendo una dinámica altamente peligrosa en un momento en que las relaciones entre Estados Unidos y China ya son tirantes. A menos que los líderes de China rompan el ciclo, una creciente batalla de voluntades con Estados Unidos podría estallar en un conflicto directo.

Minxin Pei, quien es profesor de Gobierno en el Claremont McKenna College y autor de “China’s Crony Capitalism, es el primero en ocupar la dirección de relaciones chino-estadounidenses en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. © Project Syndicate 1995–2019