Columnistas

Pan para hoy y hambre para mañana

Muchos de los que intentan ‘la madre de todas las marchas’ son cubanos, venezolanos y pertenecientes al triángulo norte

FIRMAS PRESS.- Se terminó la Novena Cumbre de las Américas. La mayor controversia suscitada fue la amenaza (cumplida) de Andrés Manuel López Obrador de no asistir… si no invitaban a las tres dictaduras latinoamericanas que quedan en pie: Cuba, Venezuela y Nicaragua.

No las invitaron, y el santo patrón de las tiranías se quedó con los moños hechos. Eso sí: envió a su canciller, un personaje mucho más presentable que él mismo: Marcelo Ebrard. Los estadounidenses respiraron aliviados. Tenían el mejor de los mundos posibles. El gobierno de AMLO sin AMLO.

Pero el presidente de México no fue el único que no asistió. Tampoco estuvieron los presidentes de Guatemala, El Salvador y Honduras, el famoso triángulo norte de Centroamérica. (Famoso por sus crímenes y su volumen de exiliados).

La Novena Cumbre, afortunadamente, tuvo un cronista excepcional en Héctor Silva Ávalos para Infobae, el primer medio argentino digital.

Alejandro Giammattei, el de Guatemala, no acudió a la cumbre indignado por las acusaciones de corrupción. Nayib Bukele, el salvadoreño, primero, porque había pactado con las maras la gobernabilidad del país, y, segundo (palos porque bogas y palos porque no bogas), por los malos tratos a los miles de mareros presos, cuando estos continuaron asesinando en las calles del diminuto país. (Bukele tiene el apoyo de un porcentaje mayoritario de la nación en su política de “mano dura” contra las maras).

En cuanto a la presidenta de Honduras, Xiomara Castro, esposa del líder político Manuel Mel Zelaya, porque se siente más cómoda en la proximidad de Cuba, Venezuela y Nicaragua, y porque su marido quería agradecerles a estas dictaduras los favores prestados.

En México, simultáneamente a la cumbre en Los Ángeles, se estuvo organizando la “madre de todas las marchas”. Recuerdo el origen de esa frase: “La madre de todas las batallas”.

Era el espectáculo que prometía Sadam Huseín si los Estados Unidos se atrevían a encabezar el ataque tras la ocupación de Kuwait por el ejército iraquí.

Un diario alemán sacó la cuenta de las armas que tenían los dos contendientes y concluyó que “la madre de todas las batallas” probablemente sería ganada por Sadam Huseín.

A las fuerzas de la coalición, dirigidas por EE. UU., le bastaron unas pocas horas para demostrar que los periodistas alemanes habían subestimado a George H. W. Bush (el padre, para entendernos) y al general Norman Schwarzkopf, jefe de las FF. AA. durante la llamada guerra del Golfo. En realidad, fue un paseo.

Muchos de los que intentan “la madre de todas las marchas” son cubanos, venezolanos y pertenecientes “al triángulo mayor de Centroamérica”, precisamente los que no tienen un presidente que los represente: salvadoreños, guatemaltecos y hondureños.

¿Qué se debe hacer con ellos? Por supuesto, dejarlos entrar y darles papeles para que paguen impuestos y se hagan ciudadanos en cuanto puedan. No hay nada más ridículo que suponer que son espías.

Los espías entran de otra manera. A los cubanos en todo momento les han permitido la entrada, y esto ha sido muy conveniente para el país receptor. Un 99,99% viene a trabajar. No es posible defender la libertad y negarles la entrada cuando la necesitan. Nadie abandona su tierra por motivos frívolos o persiguiendo un estipendio ridículo.

Los cubanos y venezolanos eran receptores de migrantes antes de 1959 y del siglo XXI. Cuba conoció una pequeña migración tras la Segunda Guerra Mundial: de 1945 a 1955 se fueron 35.000 personas, pero en ese mismo período llegaron 211.000 inmigrantes.

Me contaba Fernando Bernal, diplomático de la revolución y luego exiliado, que solo en el consulado de La Habana en Roma había 11.000 solicitudes de peticiones de emigración a la Isla.

En cuanto a Venezuela, lo que ha ocurrido en ese país no tiene nombre: de contar con un número creciente de migrantes (portugueses, italianos y centroeuropeos), hoy tienen seis millones de exiliados.

¿Por qué se marchan? Esencialmente, porque no tienen cómo ganarse la vida y carecen de movilidad social. La idea de que no puedes mejorar tu calidad de vida, no importa lo que hagas, es un acicate para largarse.

El tipo de régimen político en abstracto le importa solo a un mínimo de personas. Si Estados Unidos quiere restituir en Cuba y Venezuela la movilidad social, tiene que derrocar al régimen que la provoca. De lo contrario, es pan para hoy y hambre para mañana.

@CarlosAMontaner

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor. Su último libro es “Sin ir más lejos (Memorias)”.

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