Jacques Sagot. 1 mayo

La forma en que la comunidad médica mundial opera, sus súbitos afanes, sus ramalazos de interés en tal o cual enfermedad, la forma en que entra en tremolina, se agita y corre a buscar soluciones cuando los afectados pertenecen a la tribu de los rich and famous, es cosa que da asco. Asco e indignación profunda.

El sida venía causando estragos en San Francisco, California, desde finales de los setenta. Hizo falta que muriera el apolíneo Rock Hudson, en 1985, y luego Liberace, para que las compañías farmacéuticas por fin se tomaran en serio la epidemia. Fue así como surgió el AZT, primera opción terapéutica contra la enfermedad.

La muerte de Karen Carpenter, atribuida a la anorexia nerviosa (hoy se especula con otras razones) ocurrida en 1983 generó un interés infinito por la dolencia en cuestión, que venía matando gente desde hacía siglos. “Gente”, es decir, nadie, insectos humanos, criaturas anónimas, entidades hueras, nadie glamoroso o mediático. Esos no cuentan. Sus muertes no generan titulares, no venden, no son rentables, ¿para qué perder el tiempo curándolos?

El mal de Alzheimer no comenzó a ser tomado en serio, y dejó de ser tipificado como mera “demencia senil”, hasta que Rita Hayworth, la provocativa y sulfurosa pelirroja de Gilda, murió en 1987, después de padecerlo durante siete años. Y fue cuando, ni un minuto antes, la comunidad médica entró en un verdadero furor investigativo para determinar la naturaleza de la infame enfermedad. Rita Hayworth, solita, catapultó hasta la estratosfera la investigación en torno al hoy tan de moda alzhéimer.

Si la princesa Diana no se muere jugando a los carros chocones en las calles de París, nadie se habría preocupado de subrayar que la combinación de antidepresivos y alcohol, que consumía su chofer, era altamente peligrosa.

¿Y el mal de Parkinson? Debemos todos estar agradecidos con el infortunado Michael J. Fox, el viajero del futuro, que, padeciendo la afección durante muchos años, decidió hacer pública su batalla en 1998 y crear fundaciones para combatirla.

Amén de las muchas risas que nos obsequiara, debemos también bendecir el suicidio del pobre Robin Williams, pues gracias a él, la ciencia médica se aboca ahora, con furor como nunca había mostrado, al estudio de la demencia con cuerpos de Lewy.

Industria de la pleitesía. Básicamente, la ciencia médica solo se sacude cuando muere alguien de la farándula, alguien de alto perfil, el tipo de personalidad que genera tabloides, desata el morbo público, vende periódicos, despierta la curiosidad del consumidor de espectáculos, la nueva forma de la realeza, las cuasi deidades de las pasarelas de Hollywood o de Cannes.

Ahí sí reacciona, ahí sí pone en acción todo su arsenal investigativo, ahí sí vemos competir a las casas farmacéuticas por ver cuál saca primero el producto providencial que curará la enfermedad que osó segar la vida de un miembro de esta raza, los superhombres y las supermujeres a las que se suponía que ni siquiera la muerte podría nunca vejar.

Impugno a la comunidad médica mundial por su venalidad, por su falta de humanidad, por su oportunismo mercachiflero, por su predilección manifiesta por los frecuentadores de alfombras rojas, limusinas, escenarios y su cohorte de paparazis. La impugno, la acuso, la condeno por su frivolidad, su pleitesía ante los poderosos, su indiferencia ante el dolor del mundo, ese mundo que no es Hollywood, el real, el de todos los días, el que compartimos quienes no hemos tenido la suerte de ganar tres óscares de la Academia, o desatar ríos de tinta con nuestros affaires amorosos, nuestros baratos escandalillos de tabloide, los que no hemos sido votados por People Magazine como the most handsome o the most beautiful woman in the world.

¡Qué vergüenza, qué actitud tan reprensible, qué cortesana, rameril sujeción al star system! Claro que ahí están organizaciones tan nobles como Médicos Sin Fronteras y miles de galenos heroicos e íntegros en el ejercicio de sus profesiones, pero estos hombres y mujeres ejemplares no pueden curar sin medicamentos, y estos solo son producidos cuando la muerte de un famoso rentabiliza la producción de una vacuna, de un tratamiento determinado.

La medicina es un templo, y como todo templo, ha sido tomado por mercaderes. Siempre me ha llamado la atención que la pasión de Cristo, este hombre que perdonó ladrones, adúlteros, traidores, blasfemos, prostitutas y posesos, fuera tan absolutamente draconiano con los mercachifles. Es el único momento de la pasión en que lo vemos montar en cólera y blandir el látigo. Su ira y su severidad no conocieron límites. ¿Y saben una cosa? Lo comprendo y lo aplaudo.

Como un brontosaurio. Vivimos en un mundo en el que hay un médico por cada veinte soldados, esto es, una sociedad enferma y aberrada. Y resulta, además, que ese médico solo se digna ser médico y empuñar las armas de su ciencia cuando lo solicitan los residentes de Beverly Hills… ¿Pueden ustedes concebir cuántos millones de personas murieron víctimas del alzhéimer, sin siquiera un diagnóstico correcto, hasta que Rita Hayworth se dignara glamorizar y honrar la enfermedad muriéndose de ella? ¡Gracias, gracias infinitas, Rita!

Y ahora, todo el mundo corre a ver qué diantres es esa inexpugnable enfermedad llamada demencia con cuerpos de Lewy. ¡Gracias por suicidarte, Robin, gracias porque tu sacrificio eventualmente sanará a muchas personas!

La ciencia médica es como un brontosaurio de 30 metros de extensión: le tocan la cola y al cerebro le toma un siglo recibir el mensaje y reaccionar. Ello es, a menos de que, una vez más, el enfermo pertenezca al club de los privilegiados, a las figuras del entertainment, palabreja con que de un tiempo acá se designa la cultura: parte de la pachuquización y la farandulización del mundo.

Entertainment puede ser cualquier cosa: desde sacarse mocos hasta ver una cinta porno. La cultura es una noción radicalmente diferente. Ya el filósofo, matemático y místico Blaise Pascal, ¡en 1654!, nos alerta sobre los peligros de la noción de “entretenimiento”. Pero nosotros sabemos más que Pascal, ¿no es cierto? ¡Pobre viejo obsoleto! ¿A quién podría preocuparle lo que tiene que decirnos sobre el mundo esa antigualla?

Favor macabro. Pues bien, amigos, amigas, no nos resta más que cruzar los dedos y esperar a que Leíto di Caprio, las Kardashian o Bradcito Pitt padezcan alguna de las muchas dolencias tenidas por incurables al día de hoy. Es nuestra única esperanza, es lo que todos debemos desear: terrible decirlo, pero su dolor y su muerte le acarrearían al mundo infinitamente más bienestar y más alivio que sus a veces buenas, a veces pésimas películas.

A los que no tenemos voz ni vendemos tabloides no nos resta más que instalarnos en lo que Unamuno llamaba “el estado de aguarde”: menos que la esperanza —que es activa— . Aguardar, sí, no esperar nada, simplemente ser y ver las nubes pasivamente, cruzando y descruzando los pulgares, o acaso silbando, actividad que siquiera tiene la virtud de tonificar los músculos faciales.

El autor es pianista y escritor.