Francisco Antonio Pacheco. 16 julio

Como ocurre periódicamente, llegarán los resultados de las pruebas del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) y constataremos, una vez más, que nuestros jóvenes, en su mayoría, tienen una formación muy deficitaria en el conocimiento de nuestra lengua, en la comprensión de las ciencias naturales y en el dominio de las matemáticas: tres bastiones del desarrollo intelectual, imprescindibles para colocar a nuestra sociedad a la altura de los tiempos.

Los profesores menos responsables seguirán tan campantes, como si el asunto no les concerniera. Pero sus actos y sus omisiones tienen... están teniendo consecuencias sobre la desigualdad social, sobre las posibilidades de que los graduados se abran un buen camino en la vida, incluso sobre el porvenir de ellos mismos y de sus descendientes.

Los graduados recibirán cartones vacíos, devaluados, como esas monedas sin respaldo en la riqueza.

Mis respetos para los profesores y maestros que cumplen sus tareas con sentido de responsabilidad y tienen consciencia de la importancia de su misión. Sé que son muchos, aunque, por desgracia, tienen al lado a otros, no pocos, incapaces de asumir con seriedad el cumplimiento moralmente ineludible de sus deberes.

Son los falsos educadores, los que se dan ese nombre sin actuar como tales; los que inducen a sus alumnos a abandonar las aulas y a entorpecer la marcha del país. Para lograrlo, no han necesitado desplegar grandes esfuerzos: bastó su mal ejemplo para enseñar a niños y jóvenes las técnicas de la huelga y del paro sindical. Muchos han sido incapaces de instruirlos en las disciplinas científicas, tecnológicas y humanistas, pero sí les han enseñado, con maestría, el arte de cerrar escuelas.

Para esos falsos maestros, la educación es intrascendente y la escuela sobra: les da lo mismo interrumpir las labores educativas que darles continuidad. Subestiman lo que hacen; una forma de subestimarse a sí mismos. Se me dirá que los últimos acontecimientos no son causados por los maestros y que son los alumnos mismos quienes emprenden sus luchas. ¿Quién puede negar, sin embargo, que aquellos vientos trajeron estos lodos? ¿Y el futuro del país?

A diferencia de lo que piensan los verdaderos educadores, ese futuro para ellos se juega en las calles y no en el aula; el porvenir se gana en medio de la protesta sin sentido y no con el trabajo serio, característico de las buenas escuelas.

Destrucción. ¿Han cobrado consciencia los alumnos, los maestros y los padres de familia de lo que está ocurriendo? Soy, y he sido, defensor de la educación pública y como costarricense me regocijo de lo que ha significado para el país y para su vida democrática.

Como individuo, debo agradecer los beneficios que he recibido de ella, pues tanto en el país como en el extranjero hice mis estudios en buenas instituciones estatales. Pero, precisamente por ello, me preocupa la destrucción de la educación pública que se está consumando a golpes de irresponsabilidad.

Las huelgas, unidas a otras deficiencias en aspectos básicos de la educación, lo único que logran es crear una diferencia cualitativa —por el camino que vamos, muy pronto será un abismo— entre la educación privada y la pública.

Que no se extrañen los huelguistas de que muy pronto se comience a proponer formas de fortalecer desde el Estado la educación privada —esa que cumple los calendarios escolares y busca aprovechar el tiempo— y debilitar la pública.

Ellos están justificando esa opción, con sus actos. ¿No tiende, acaso, a convertirse en una estafa la educación que cree educar manifestándose en las autopistas? Con la crisis de la década de 1980 ya perdimos una generación, por la deserción masiva de alumnos del sistema educativo; ¿estaremos incubando otra generación perdida, ahora por el abandono ideológico de las aulas?

Cartones devaluados. En el país se viene produciendo una enorme confusión entre formación y graduación. Algunos se conforman con asegurarse de que, al final, habrá una gran promoción. No se preocuparán de que la juventud haya perdido, irreparablemente, la oportunidad de aprender y de formarse. Pronto, llegará el día de la fiesta, al final del curso lectivo, y padres, alumnos y profesores, con trajes de lujo, celebrarán bailes y brindis, llenos de alegría, y vendrá la repartición de “títulos”, ojalá sin haber realizado exámenes. Los graduados recibirán cartones vacíos, devaluados, como esas monedas sin respaldo en la riqueza.

Mientras tanto, yo me pregunto: y los padres de familia, ¿dónde están? ¿Por qué no agarran del brazo a sus hijos huelguistas y los llevan al colegio? ¿Por qué no ayudan a poner orden en el funcionamiento de las instituciones educativas, poniéndole orden a sus hijos?

Ellos deberían ser los primeros en preocuparse por su formación y por la vigencia de las más elementales normas éticas. Si no lo hacen, serán cómplices de su fracaso cuando no den la talla ante las exigencias impuestas por el mundo laboral y la sociedad. Guardemos la esperanza de que haya un rectificación del rumbo que llevan las cosas: aún es posible. Hay que tener fe para lograrlo.

El autor es exministro de Educación Pública.