Gustavo Román Jacobo. 6 junio

Fascinado con su primera visita a la URSS en 1949, Neruda exclamó que de aquel país salía “una lección moral para todos los rincones” de la Tierra porque “la humanidad entera" sabía que allí se estaba "elaborando la gigantesca verdad”.

Orwell, más despabilado, ese mismo año publicó 1984, novela sobre un régimen tiránico asentado en su capacidad para imponer sus mentiras, inspirada en la granja humana regentada por Stalin.

No es raro que 67 años después, tras la elección de Trump, el libro se convirtiera en el más vendido de Amazon y sus pedidos aumentaran en un 9.500 %.

Trump mintió para ganar, gobierna mintiendo y recibe el apoyo de gente que cree sus mentiras. Pero yo pienso que debió ser otra la novela cuyas ventas se dispararan porque, paradójicamente, su elección obedeció más a la explotación de la verdad que de la mentira.

Me explico: nueve años antes de la publicación de 1984, la sueca Karin Boye escribió Kallocaína, novela en la que el régimen distópico se sostiene, no sobre su capacidad para mentir, sino sobre sus medios para extraer la verdad de sus súbditos. Pues bien, uno de esos medios, el suero de la verdad imaginado por Boye, no es nada comparado con lo que el big data puede revelar sobre nosotros.

Como herramienta, es mejor que un “cerebroscopio”, celebra Pinker. En palabras de Stephens Davidowitz, quien fue científico de datos de Google, Internet se inventó para averiguar cosas sobre el mundo, no para que los investigadores averigüen cosas sobre nosotros, pero las huellas que dejamos al buscar cosas allí “son sumamente reveladoras”.

Y fue sobre esa verdad, extraída por Cambridge Analytica de la mente de las personas, que se construyó la victoria de Trump.

Productores de información. Los macrodatos son empleados también benéficamente. El buen diseño de políticas públicas, un periodismo innovador, los progresos médicos y mis mejores escogencias de hotel o tiquete aéreo son posibles hoy gracias a la tecnología para su procesamiento. Pero es innegable que hay un gran desbalance entre lo que el común de las personas obtenemos de ellos (a pesar de ser quienes los producimos sin horario laboral ni retribución salarial alguna) y el valor monetario que les extraen los señores feudales de Silicon Valley.

Es lo que Maurizio Ferraris llama plusvalía documedial. Advierte que lo realmente importante de los nuevos aparatos que hemos incorporado protésicamente a nuestros cuerpos, empezando por el smartphone, no es su capacidad de comunicación, sino de registro.

Antes que medios de comunicación, son medios de registro. Estamos viviendo, dice, una revolución resultante de la combinación de la fuerza normativa, responsabilizadora, de los registros de los actos sociales y la potencia de difusión y movilización de unos medios que compelen a sus receptores a ser, a la vez, productores de información.

Quienes repiten que con la radio y la televisión también hubo agoreros no toman nota de esa diferencia esencial: de aquellos aparatos amnésicos sobre su uso, pasamos a unos en virtud de los cuales infinidad de actividades humanas que nunca dejaron trazas, las dejan hoy.

Revelaciones de nuestra forma de pensar que, a diferencia de las obtenidas por la demoscopia, son sinceras. Huellas de nuestro comportamiento económico, político, social en general, y, para quienes ya sucumbieron al quantified self, de su propio organismo.

Cierto, es lo que hacemos los humanos: creamos registros. De ellos provienen el sentido, la conciencia y la cultura. Pero la digitalización lo cambió todo.

Un sistema que permite traducir información, imágenes, temperaturas, sonidos, lo que sea, a secuencias de dos cifras, 0 y 1, tornándolas ligerísimas, aptas para viajar sin dañarse —a una velocidad de miedo— a máquinas capaces de traducirlas de nuevo a su versión original.

La cantidad de información producida en la historia, desde las pinturas de bisontes en Altamira hasta el 2003, cinco exabytes, se produce hoy en dos días.

Desde el 2007, más del 99,9 % de esa información que producimos es en formato digital. Esa versatilidad de los datos se ha incrementado de la mano de la capacidad para almacenarlos.

El primer medio utilizado para ingresar información a una computadora en los años sesenta eran las tarjetas perforadas, con capacidad de 120 bytes de almacenamiento, 60 palabras, un párrafo. Hoy, en un disco duro de 8 teras caben 16.000 películas, 67.000 billones de tarjetas perforadas.

Venta de porquerías. Como resultado, el mundo se ha cuantificado y transparentado. El poder y las personas están, ambos, más expuestos, pero la diferencia es enorme en perjuicio de la gente.

Tanta como la que hay entre las filtraciones de Manning a WikiLeaks, documentos puntuales sobre algunos gobiernos, y el acceso casi ilimitado que, gracias a Snowden, sabemos que agencias como la NSA tienen a la privacidad de casi todas las personas.

Datos que usan para vendernos porquerías gracias a la precisa identificación de nuestras vulnerabilidades, como los empleados por la publicidad de las universidades privadas con fines de lucro en EE. UU., dirigidos a que las personas más desesperadas y menos informadas se endeuden con créditos educativos para obtener títulos que no valen nada en el mercado.

Datos que usan para mantenernos presos de nuestros vicios, como los utilizados por los casinos para exprimir al máximo a sus jugadores.

Datos como los que usó Cambridge Analytica para orientar el voto estimulando el miedo y la ira de los electores o como los que ha utilizado Facebook en sus experimentos sobre comportamiento político de sus usuarios.

Al menos sobre los que voluntariamente ha querido contarnos, incluido uno de manipulación de las emociones. ¡El black mirror no es igual de diáfano a ambos lados!

No es casual que a Zuckerberg le parezca inconveniente interferir en lo que espeta Trump a través de su plataforma (como si sus algoritmos no incidieran en lo que aparece en nuestro news feed), pero sí celebre que “llegarán a su final los días en que ofrecías una imagen a los amigos y compañeros de trabajo y otra al resto de la gente" y "tener dos identidades para ti mismo supone un ejemplo de falta de integridad”.

Su apostolado de “transparencia radical” es lo suficientemente cauto como para no meterse en problemas como Assange, y, de paso, granjearle los millones de dólares que le pagan a cambio de los datos de la gente “de a pie”.

Su algoritmo, eso sí, debe seguir siendo “secreto industrial”. Por eso es erróneo pensar que el problema de la Internet y de las redes sociales es el anonimato. Por el contrario, señores como Zuckerberg traicionaron la promesa de Internet expresada en la famosa caricatura de The New Yorker en 1993: “On the Internet, nobody knows you’re a dog”. Ahora lo saben todo.

Vigilar y castigar. La tiranía de la verdad tiene su base en el registro. Cuando se ven los reglamentos para controlar la peste en la Europa de finales del siglo XVIII, analizados por Foucault en Vigilar y castigar, salta a la vista la importancia del “registro permanente”, “constante”, “centralizado”, donde se “consigna” y se “toma nota” de “todo”.

Es el “trabajo ininterrumpido de escritura” el que “une el centro y la periferia”. Un dispositivo de control cuya elaboración más acabada es la idea del juicio final, donde, según el Nuevo Testamento, todos sin excepción seremos “escrutados” y “descubiertos”; todos los aspectos de la vida serán revisados, incluidos los “secretos”, las “intenciones del corazón” y “toda palabra ociosa”.

Pedagogía del temor que algunos niños internalizábamos en la escuela dominical con un corito que decía: “Cuidado mis ojitos lo que ven, / en el cielo está el Señor, / él nos mira con amor. / Cuidado mis ojitos lo que ven”.

Luego, seguía con “cuidado mi boquita lo que dice”, “cuidado mis manitas lo que tocan”, etc. Una versión más laica es aquel villancico que dice: “Sabes mi amor, pórtate bien. / No debes llorar, / ya sabes por qué. / Santa Claus llegó a la ciudad. / Él todo lo apunta, él todo lo ve. / Y sigue tus pasos estés donde estés. / Te observa cuando duermes. / Te mira al despertar. / No intentes ocultarte de él, / pues siempre te verá. / Él sabe de ti. / Él sabe de mí. / Él lo sabe todo. / No intentes huir”.

Solo un genio como Sabina podía, en el 2017, cuando el consenso era que la mentira amenazaba las democracias del mundo, sacar una canción en la cual reclamaba el derecho a negar “incluso la verdad”; no creo que subestimando la gravedad del fenómeno de la posverdad, sino como un himno a la libertad humana.

Tras enumerar varias “leyendas urbanas” sobre su persona, dice: “Ni soy un libro abierto / ni quien tú te imaginas… / Lo niego todo, / aquellos polvos y estos lodos, / lo niego todo / incluso la verdad. / La leyenda del suicida / y la del bala perdida, / la del santo beodo, / si me cuentas mi vida, / lo niego todo”.

Biografía, identidad y pensamientos, le pertenecen a cada cual y deberíamos defenderlos de toda amenaza de expropiación como quien defiende su derecho a ser persona.

Esa es la advertencia de Chul Han en un artículo reciente, reproducido por periódicos de todo el mundo, sobre el peligro de imitar el “régimen policial digital chino” y, antes, en La sociedad de la transparencia (2012), en En el enjambre (2013) y en Psicopolítica (2014).

La sociedad de la transparencia es la sociedad de la desconfianza y el control. A diferencia de los reclusos en el panóptico, a quienes se les impedía hablar entre ellos, los residentes del enjambre digital, con el señuelo de la ludificación del trabajo y la rentabilización del tiempo libre, nos comunicamos intensamente, desnudándonos con entusiasmo y produciendo datos sin cesar. Registros. Capital. Sin privacidad ni olvido, sin actividades verdaderamente no productivas, sometidos a una visibilidad que lo memoriza todo e incluso el ocio lo monetiza, no hace falta esperar al juicio final para conocer el veredicto. Estamos condenados.

El autor es abogado.