Rafael Ángel Herra. 10 abril

Hacia 1900 murió sin monedas en la bolsa un ciudadano alemán que anduvo buscando el tesoro. La isla del Coco había sido el escenario de su avidez y desgracia. Pues bien, sobre historias de este género e investigaciones eruditas habla el libro de Ina Knobloch, publicado en Hamburgo, Das Geheimnis der Schatzinsel: Robert Louis Stevenson und die Kokoinsel-einen Mythos auf der Spur (El secreto de la isla del tesoro. Robert Louis Stevenson: tras las huellas de un mito).

Como lo dice el título, cierta tradición asocia la isla del tesoro con la isla del Coco; pero la curiosidad no se queda ahí; también con la isla tuvieron que ver los piratas, la riqueza de Lima y muchas almas enfermas armadas con palas, picos, mapas y fusiles, a no dudarlo. El tesoro escondido, quizás el más grande de la historia, tan grande que se hizo legendario, el que enterraron en alguna parte los ladrones ingleses tras robárselo a ladrones criollos y españoles que se lo habían robado a los incas, sigue fascinando a aventureros de toda piel y caletre. Indagarlo como si buscara el tesoro mismo, pero sin ensuciarse las mangas, es el empeño de la autora. El libro combina investigaciones, relatos de viajes y vistazos a un misterio que todo el mundo sabe dónde está y nadie ha encontrarlo.

Pero no es este el tema único de mi artículo, sino una pincelada a seis obras de autores que han centrado sus peripecias en Costa Rica, cada cual a su manera y con orígenes culturales distintos.

Isla del Coco. Fotografía: John Durán
Isla del Coco. Fotografía: John Durán

La novela Oro (creo que de 1986), de un tal Cizia Zykë, recibió mucha publicidad en Francia cuando salió la primera edición, y vendió miles de ejemplares al inicio del verano, temporada ideal para ese tipo de libros de acción sobre lugares corruptos, hazañas y vértigo. Aventurero de mil historias, Zykë escapó de todas por pura suerte y sin porrazos, desde la Legión extranjera, a negocios dudosos en Argentina, conflicto con señores del juego en Canadá, hasta aterrizar en una Costa Rica diseñada a su antojo, donde por supuesto fracasó el negocio de explotación aurífera que se trajo entre manos. La novela, inspirada en sus peripecias y en su propia visión de ellas como héroe y víctima (hoy se habla de autoficción) descubre al supermacho capaz de seducir a una chica y hacerle todo de todo en lo que tarda el ascensor desde el primero al quinto piso del hotel, aunque su hazaña mayor no haya sido esa, sino correr descalzo por la selva.

En fin, es un relato de estragos en una sombría Costa Rica de pillos. Eso es todo. El conocido crítico francés Bernard Pivot dijo de él: «Avez-vous déjà rencontré quelqu’un comme Zykë?», según lo reproduce Amazon para vender la imagen y con ella el libro de un gran cabrón al que le dijeron: Macho tipo 86.

«Nadie que haya conocido Puerto Viejo habrá quedado indiferente»: así empieza la novela de José María Mendiluce, Pura vida, finalista del Premio Planeta 1998, publicada por esa editorial. Las malas lenguas dicen que ese segundo lugar es el verdadero premio, pero qué podemos conocer los simples mortales sobre tales asunto. En todo caso, Pura vida no es precisamente pura vida: es una historia trágica de amores y contagio de sida en los paraísos de Limón, cuando solo se conocía lo más temible y desdichado de la enfermedad. El texto, bien escrito, mantiene el interés en todo momento.

Daniela Trottier, autora francocanadiense, publicó una novela construida sobre relatos de guerra (De todas las selvas), es decir, con episodios de la insurrección sandinista en la geografía y sociedad costarricenses. Como fondo de la acción destacan los hospitales, pero también se atisban otros órdenes de actividad, como la dirección político-militar, los suministros, los equipos de propaganda, además de la colaboración del país. El trabajo en profundidad sobre personajes jóvenes que no pueden separar sus conflictos existenciales de la lucha insurreccional es un tema de primer orden. La autora se desdobla para reencontrarse como narradora, transfiriendo al texto ficcional la experiencia ganada en los hechos.

En una crónica ágil sobre sus pasos por Centroamérica, Patrick Deville, en Pura vida. Vie & mort de William Walker, relata sus búsquedas de Walker junto con sus propios desplazamientos en la Centroamérica convulsa de aquellos años protagonizados por los frentes de izquierda y las guerras, unas más intensas que otras. También puntualiza los encuentros con muchas personas involucradas, por ejemplo Manlio Argueta, «el poeta de la guerra», como le decía el entonces joven escritor salvadoreño Roberto Castillo.

El último ataque del Frente Farabundo Martí en San Salvador, el 11 de noviembre de 1989, como lo destaca el autor, coincidió con los primeros mazazos contra el muro de Berlín. Quizá —pienso ahora—, esa coincidencia de un experimento social que se acaba y otro que no llega a nacer, entrañaba el futuro sin que nadie lo supiera. El autor no deja de mencionar lo que con mala saña se llamó la guerra del fútbol y otro muchos pormenores a los que da espacio la crónica con su riqueza documental y prosa fluida.

Costa Rica mágica y extraña. La obra más rica y creativa que recrea, según mi información, una Costa Rica mágica y extraña, es la novela del conocido escritor español y miembro de la Real Academia de la Lengua, José María Merino, La orilla oscura.

Empiezo citando dos textos tomados de una entrevista a Merino, hecha por Francisca Noguerol en el 2013: «En una ocasión, viajando por el canal del Tortuguero, en Costa Rica —un viaje que me serviría de referencia para mi novela La orilla oscura— tuve una charla con una anciana en un bohío que fue para mí una auténtica revelación, una iluminación». «En La orilla oscura busqué, a través de la historia del dios lagarto, de alguna leyenda del Camino de Santiago, y de la consideración de América como “la otra orilla”, interrelacionar sueño y vigilia en una especie de círculo cerrado».

La orilla oscura reelabora, e incluso subvierte, algunos tópicos, como los sueños, el doble, la magia precolombina, el viaje convertido en fuerza transformadora, etc. Gracias a un estilo fascinante, el lector no sabe si lo que sucede es sueño o realidad, imaginación del protagonista o construcción, ni advierte si la realidad se mira desde el sueño o si el protagonista sueña. El relato insólito se define por volver de cabeza el concepto de realidad que nos parece normal señalando sus fisuras.

Este recurso dirigido a detonar la seguridad entre lo real y lo soñado le permite a la novela (y a los varios relatos entretejidos) remozar el tema del doble. El doble, aquí, hace compañía a muchas variantes conocidas por la tradición literaria, entre las cuales puedo destacar el sujeto fracturado en dos, el enfrentamiento de un individuo consigo mismo, la alternancia objetiva de dos personalidades, la metamorfosis del uno en lo otro o la yuxtaposición de dos personajes.

En La otra orilla el doble del protagonista toma conciencia de sí mismo cuando, solo al final y en estados casi oníricos, se da cuenta de que él es aquel otro, es decir un profesor español que en un país exuberante y extraño, en ese Tortuguero arquetípico, empieza a sufrir alteraciones de conciencia aparentemente oníricas que lo llevan a abandonar un día las reuniones académicas y «regresar» a su casa (ya no en España, sino en esa Costa Rica mítica que no se menciona por el nombre), donde lo recibe la familia con naturalidad. Este regreso significa pasar a ser el otro. Es decir, existen dos yoes, pero en uno solo que observa el lector, y no el protagonista mismo. Consciente de esta ambigüedad y para enfatizarla, el narrador usa el pronombre «él» en vez de un nombre propio.

Identidades en crisis. Él, un día, hace un viaje por los canales del Caribe con su mujer. Durante la travesía el piloto de la lancha le cuenta una larga historia, la cual, a su vez, consta de varias historias que de nuevo retornan al tema de la identidad fragmentada. En esa historia un personaje llamado Marián dice haber inventado al escritor Pedro Palz y haber escrito sus obras, pero luego resulta que este personaje apócrifo existe y se presenta ante la muchacha protagonista de este relato dentro del relato base… En ese punto comprende el lector que la novela crea un entramado de identidades en crisis: conciencias escindidas y realidades frágiles.

Los escenarios del Museo Nacional, con sus fantasmas precolombinos, y el misterioso Caribe, surcado por canales lluviosos, son mucho más que el piso o escena donde actúa el protagonista. Estos espacios lo penetran, lo sacuden, determinan sus crisis, aunque en cierto modo él mismo no se dé cuenta de su alterada identidad.

«Aquella sensación de extrañeza y de ausencia que había tenido a lo largo del viaje se convertía ahora en pura desolación y escuchaba a su mujer como si le estuviese hablando de un tiempo feliz en que él no existía, y tampoco hubiese convivido con ella en otros tiempos menos felices. No era falta de memoria, sino la conciencia de un gran espacio vacío, que se interponía detrás de él como si entonces no hubiese sido un ser de carne y hueso sino el breve chisporroteo de una imaginación ajena. “Acaso he muerto hace ya mucho tiempo” —pensó».

Termino aquí esta hojeada a seis libros que reinventan a Costa Rica al mismo tiempo como espacio real e imaginario. Todo es posible en cualquier universo creado por textos bellamente entrelazados, desde excavar tesoros perdidos hasta imaginarse que una vida puede ser varias vidas al mismo tiempo.

El autor es filósofo.