Jacques Sagot. 22 octubre

Solo esto me faltaba ver en mi vida. Una persona que, en su currículo y en sus credenciales se describe a sí misma como “figura pública”. Así como lo oyen. ¿Profesión? “Figura pública”.

¡Cielo santo! ¿En dónde enseñan esta arcana y novel disciplina? ¿Qué cursos hay que seguir? ¿Qué libros es preciso leer? ¿Sobre qué tema podría elaborarse la tesis de grado? Así que ahí la tienen, amigos, una nueva profesión: “Figuración pública”. Como alguna vez dijo Andy Warhol, llegará el momento en que todo el mundo sea famoso por espacio de quince minutos.

No, no, no, amigos: ser considerado una “figura pública” es un desdoro, una maldición, una tragedia y, a su modo, una obscenidad.

Igualmente absurdo me parece hacer del “modelaje” una profesión. ¿Y qué estás estudiando? “Modelaje”. Por favor, amigos y amigas: un poco más de respeto por la academia, por Academos, el héroe y dios griego en los predios de cuya tumba ofrecía Platón sus lecciones, el lugar donde fundó la Hekademeia, en las afueras de Atenas.

¿Qué diantres estudia una modelo? ¿Las biografías de Claudia Schiffer, Heidi Klum y Cindy Crawford? ¿El arte de caminar en ritmo de habanera, imprimiéndoles a las caderas un bamboleo completamente antianatómico y dar bandazos a babor y estribor cual barco torpedeado? ¿Cómo seducir a un futbolista galáctico y seguir el resto de su vida colgada de él, tal el caso de un sustantivo y su adjetivo? Pero dejemos a las modelos para después: ellas merecen un artículo que les esté enteramente consagrado.

Víctimas por voluntad. Quienes sueñan con llegar a ser una figura pública deben saber que tal cosa es una de las peores calamidades que sobre un ser humano pueden recaer. Significa ser odiado y envidiado, a veces manifiestamente, la mayoría de las veces sorda, subterráneamente. O bien, admirado, pero probablemente por las facetas menos admirables de nuestro ser: habernos abierto, a punta de pisotones, codazos, mordiscos, caminando sobre las cabezas de los demás, un lugarcito pasablemente conspicuo en la populachera vitrina del mundo.

Se pierde la privacidad, más aún: el derecho a la intimidad. Vive uno en las bocas de todo el mundo. Esas bocas llenas de caries, úlceras, halitosis, restos de comida, aftas, herpes, hongos… esa es nuestra residencia. Se encona la maledicencia del mundo contra la pobre víctima.

Ser figura pública es ser objeto de envidia, intriga, murmuración, calumnia, sordos complots, chantajes y conspiraciones. Ser manoseado, sobajeado, toqueteado por todo el mundo, mal leído (por impericia o por mala voluntad del lector), tergiversado, caricaturizado, parodiado (y torpemente, que si fuesen buenas parodias, podría uno siquiera reír de ellas), encasillado y etiquetado.

Genera prejuicios, ceños fruncidos, infamias inimaginables, afrentas al honor, invasiones al perímetro de seguridad de nuestro ser, insultos en los cuales el agresor comete cinco faltas de ortografía en una palabra de cuatro letras, ser torvamente reconocido con alguna oblicua mirada cuando uno entra a un restaurante: el gesto no se traduce en un cálido y espontáneo saludo, sino más bien en un chorro de oscuras palabras farfulladas al oído de la persona que el atisbador tiene a su lado…

Como nunca, “el infierno son los demás” de Sartre (à huis clos) manifestándose a través de la más primaria, la más básica y elemental arma de que el ser humano dispone: su mirada. La cosificadora, la deshumanizadora, la llena de mórbida curiosidad, la hurgona, la chismorrera, la que no respeta la alteridad, sino que se abre paso a través de ella, chillona y vulgar, profanando todo cuanto en la persona es sagrado.

Deseo común. Vivimos en una sociedad en la que todo el mundo quiere ser famoso. Es una patología colectiva de magnitud pandémica, universal. Un morbo, una enfermedad, una obsesión maligna e irreprimible.

No es que la sociedad panóptica e invasora de Foucault (Surveiller et punir) esté penetrando en nuestro mundo privado, descifrándolo, desflorándolo, motivada por una violenta sed de conocimiento y de control. No. Ojalá tal fuera el caso. La situación es mucho peor: ¡Es la gente la que quiere ser penetrada, la que renuncia a su coeficiente de opacidad, la que quiere ser perfectamente translúcida, la que exhibe impúdicamente su vida privada y, lo que no es lo mismo, la dimensión íntima de su ser!

La gente sube a las redes sociales fotos de sus traseros, de su genitalia, de sus chancros sifilíticos, del cáncer que les corroe la piel, de sus distendidos y glutinosos abdómenes, del estado de desarrollo en que se encuentra el embrión de una mujer embarazada, con un seguimiento diario y casi clínico de toda su evolución hasta el nacimiento, en el que podemos ver a la pobre madre despernancada en su lecho, pariendo en medio de indecibles dolores para solaz del mundo entero.

No hemos nacido y ya somos habitantes de la pantalla. Sin que nadie nos pidiese nuestro parecer, somos estrellas de cine y de farándula desde nuestro universo intrauterino. Rechazamos la privacidad y la intimidad. Es un fenómeno de la mayor importancia, en tanto que posible síntoma de afecciones sociales más graves. Queremos vivir en una pasarela, en un escaparate universal.

Posible mercancía. Y aquí viene mi hipótesis: a fuerza de chapalear en el pantano consumista y materialista, víctimas de lo que Guy Debord llamó en 1973 “la sociedad del espectáculo”, a fuerza de fetichizar e idolatrar la noción de mercancía, ¿estaremos tratando ahora nosotros de convertirnos en mercancía, de habitar su espacio ontológico —la vitrina—, de ser disponibilidad permanente e irrestricta?

Las redes sociales, ¿no son un escaparate inimaginable, un mercado planetario donde todos nos proponemos para la venta, simbólica o real? En el último, definitivo y más aberrante avatar del anarcocapitalismo, ¿estaremos metamorfoseándonos en mercancías por propia y libérrima voluntad?

En sus Ensayos (1580), Montaigne traza por primera vez en la historia una línea limítrofe entre la vida pública y la vida privada. Puede parecernos algo obvio o anodino. Pues fíjense que no: es un punto de inflexión importantísimo en la historia del mundo. Ni la Antigüedad ni la Edad Media conocieron la noción de “vida privada”, de “privacidad” o, a fortiori, de “intimidad”. Estos conceptos no aparecen hasta el final del Renacimiento.

En plena Edad Media, la Iglesia, sus alguaciles, sus sabuesos, sus inquisidores penetraban en cualquier casa en el momento menos pensado y hurgaban en ella tanto cuanto les placiera: bastaba con que un vecino hubiese denunciado a la víctima de herejía.

A partir de ese momento, el acusado perdía todo derecho a la privacidad: su casa era expuesta hasta los más subrepticios sótanos ante toda la comunidad. La privacidad fue una conquista crucial en la consolidación de la sociedad, tal cual la concebimos durante cinco siglos. Pero ahora hemos abdicado de ella. No la queremos. La rechazamos desde el fondo de nuestras manipuladas conciencias.

No, no, no, amigos: ser considerado una “figura pública” es un desdoro, una maldición, una tragedia y, a su modo, una obscenidad. Los jóvenes de nuestro país deben comprender que este no es un El Dorado hacia el cual valga la pena bogar.

Antes bien, conviene alejarse de él como de una costa sembrada de riscos y de agrios peñascos. No se dejen seducir por el canto de esas falsas sirenas, de esa medusa, de ese flautista de Hamelin que les promete la gloria, y no les dará otra cosa que vacuidad, falsedad, una vida de histrionismo convertida en baile de máscaras. Solo se dejará manosear aquel que lo permita. Es su elección, amigos: libre y consciente.

El autor es pianista y escritor.