Óscar Arias Sánchez. 18 julio

En una reunión de presidentes celebrada en el 2009, a unas palabras muy críticas del presidente Rafael Correa contra los Estados Unidos y su presidente Barack Obama, culpando a ese país de todos nuestros males, manifesté que nuestro subdesarrollo no debe imputarse a nadie más que a nosotros mismos. Mi repuesta al presidente Correa se publicó en un artículo bajo el título “Algo hicimos mal” (”Opinión” 26/4/2009).

Es un vicio lamentable, y una “fórmula” infalible para justificar el subdesarrollo de nuestros países, el buscar causas o motivos externos a nuestra propia historia e idiosincrasia.

Es una salida muy conveniente, por cuanto nos exonera del necesario examen de conciencia que, tanto individual como colectivamente, todos los seres humanos estamos en la obligación de practicar.

Realizar ese examen de conciencia no es un ejercicio fácil, ya que nos confronta con los errores de nuestro pasado, con las oportunidades perdidas y con las decisiones nefastas que alguna vez retrasaron nuestro desarrollo. Pero es una práctica indispensable, una especie de calistenia de la autocrítica.

Un país sin autocrítica está condenado al estancamiento y a mirarse eternamente en el estanque de Narciso, mientras sus problemas no cesan de agudizarse.

Herederos del despertamiento. Es muy fácil caer en el patrioterismo: en eso consiste precisamente la falta de autocrítica. A ella le opongo el auténtico patriotismo: este hunde el escalpelo en nuestra historia profunda y expone los errores del pasado y del presente.

Desde su nacimiento Estados Unidos tuvo ideólogos de primera línea, que Latinoamérica no produjo. Como es bien sabido, la Declaración de Independencia la redactó Jefferson y la Constitución fue obra de Madison.

Eran hombres inteligentes, de preclara visión política. En muchos aspectos, todavía hombres del Siglo de las Luces, hijos del enciclopedismo francés que se trajo abajo la monarquía absoluta francesa en 1789.

El primero se inspiró en Locke y el segundo, en Montesquieu, a quien ni más ni menos que Durkheim ha declarado, junto con Rousseau, el creador de la sociología moderna. Pero además de estos dos founding fathers, Latinoamérica no tuvo un Franklin, un Washington, un Paine, un Adams o un Hamilton.

Ahora bien, yo no hubiera querido que mi país siguiera los pasos de Norteamérica, porque no comparto muchos de sus valores y políticas. Hubiera, antes bien, deseado hacer de Costa Rica un país modelado según el paradigma de Dinamarca. Lamentablemente, ninguna nación latinoamericana siguió los pasos de los países nórdicos.

Para mi segundo mandato presidencial hice un profundo análisis y una autocrítica de las políticas públicas que habíamos estado llevando a cabo hasta el momento.

Comprendí que era necesario revisar nuestro ideario porque el mundo había cambiado y nosotros teníamos que evolucionar junto con los tiempos y debíamos ser capaces de propiciar las reformas que el país requería para ser cada vez más próspero. Y eso fue lo que hice.

Artículo de Obregón. Recientemente en un artículo publicado en “Página quince” de La Nación mi queridísimo amigo Enrique Obregón escribió que “el estado de bienestar estuvo vigente en Costa Rica durante escasos treinta años, y luego se derrumbó fundamentalmente por culpa del Partido Liberación Nacional”.

¿Es esta una alusión al expresidente Luis Alberto Monge por haber sido su gobierno el que terminó con el modelo de sustitución de importaciones y el excesivo proteccionismo imperante en 1984? ¿Y una alusión a mí porque, veintidós años más tarde, en mi segundo gobierno, luché por insertar nuestra pequeña e ineficiente economía en el orden económico mundial y por haber acabado con algunos monopolios públicos que no nos permitían lograr un desarrollo más acelerado?

Porque, por lo demás, nuestro estado de bienestar sigue ahí, incólume: la educación y la salud pública, el Régimen de Pensiones de Invalidez, Vejez y Muerte, Fodesaf, el Programa Avancemos, las pensiones del régimen no contributivo, el bono proteger, etcétera.

Salvo algún infortunado caso aislado, nadie en los últimos casi 200 años de nuestra historia intentó siquiera debilitar ese estado que les garantizaba a los ciudadanos el bienestar en áreas neurálgicas como la salud y la educación.

Nadie jamás ha conspirado contra estos valores, que son las columnas en que se sustenta nuestra arquitectura social. Por el contrario, nuestro reto era y sigue siendo modernizar, dinamizar y hacer más eficaz un Estado que, para usar la palabra de Ortega y Gasset, se había hecho tardígrado, y que, por tanto, se convirtió en un lastre que retrasaba nuestro progreso socioeconómico y debilitaba el estado de bienestar.

Defensa personal. Toda mi vida, toda mi carrera política, toda mi gestión al frente de este país ha tenido por norte el fortalecimiento del bienestar social.

Es muy fácil distorsionar los hechos históricos y retorcer el pasado, ese pasado que debe ser transmitido a las futuras generaciones con un máximo de pureza, responsabilidad y de rectitud en su apego a la verdad.

No olvidemos nunca que nosotros, hombres y mujeres políticos, somos también, inexorablemente, educadores y formadores de opinión.

Lo queramos o no somos, a nuestra manera, pedagogos. No olvidemos tampoco que hemos de cumplir con esta misión como algo sagrado, ni más ni menos que el paso de la antorcha de la verdad de mano en mano, de manera prístina, correcta y transgeneracional.

No deseduquemos a los jóvenes con visiones del pasado contaminadas de intereses, prejuicios o antipatías personales. Honremos la verdad y cumplamos nuestro rol de ser los custodios de la historia: es así, y no con versiones acomodaticias y tendenciosas como se forja la identidad profunda de una nación.

El autor es expresidente de la República.