Thelmo Vargas.   7 junio

Me apresuro un tanto a escribir lo que leerán aquí, por temor a que se me olvide. No quisiera verme en la situación de un adulto mayor, quien alegre le contó a su amigo de juventud, con quien se encontró por casualidad en una boda, de lo bien que estaba de sus extremidades inferiores y, sobre todo, de su cabeza. De la cabeza y memoria estaba excelente porque de día por medio tomaba una pastilla maravillosa.

El amigo, que por su edad avanzada tendía a olvidar muchos asuntos, le dijo: “Qué bien. ¿Cómo se llama esa pastilla para tomarla yo también?”. Ante eso, el primero se quedó un tanto pensativo y le respondió con otra pregunta: “¿Cómo se llama una mata que tiene espinas y produce una flor muy linda, de color rojo, blanco o amarillo, que huele muy rico?”. “Rosa”, le contestó el otro. “Exactamente”. Y aquel, dirigiéndose a su esposa, que estaba a un extremo del salón, le dijo en voz alta: “¡Rosa! ¿Cómo se llama la pastilla que estoy tomando para la memoria?”.

¿De qué estaba escribiendo? Mientras me acuerdo, aprovecho para contarles que las compañías de seguros suelen tener grandes bases de datos, de donde se extraen conclusiones muy valiosas para formular políticas públicas.

Franz Kafka, por ejemplo, para disfrutar la vida, escribía novelas muy interesantes, pero para ganarse la vida trabajó durante muchos años en una compañía de seguros de riesgos profesionales. De visitar fábricas y de estudiar tantos reclamos, concluyó que muchos accidentes laborales eran evitables si los trabajadores se sometían a ciertas normas de seguridad sencillas. La compañía para la que trabajaba, en Bohemia, siguió su consejo y adoptó una política de zanahoria y garrote, que consistió en reducir las primas a los patronos que, en el contrato-póliza, se comprometieran a adoptar las medidas de prevención de riesgos recomendadas.

Cuentan que la empresa sueca Volvo, analizando con aseguradoras la experiencia de reclamos en la línea de autos, determinó cuáles eran las áreas más frecuentemente dañadas en las colisiones, así como la severidad de los daños, y con base en esa información diseñó vehículos más seguros.

Tiempo atrás, cuando solo se contaba con el criterio del experto underwriter, y había que procesar los datos manualmente para establecer las tarifas de aseguramiento, se encontró que en el seguro de autos era posible, y deseable, cobrar primas más bajas a estudiantes de posgrado que tuvieran buenas notas, pues los reclamos relativos eran más bajos que los de otros grupos de asegurados, dado que esos estudiantes si acaso usaban el auto para trasladarse de su casa o apartamento a la biblioteca y no para hacer piques.

Uso de computadoras. Hoy, es posible dotar a los vehículos de pequeños artefactos electrónicos con el fin de calificar la calidad de los conductores —si son calmados o atrevidos, si hacen innecesarios zigzags, a qué velocidad viajan, cuál es la distancia promedio recorrida, etc.— y con esa información cobrar tarifas del tipo zanahoria-garrote, como las recomendadas por Kafka.

Roberto Sasso, colaborador de esta sección, sostiene que cuando circulen en el país solo vehículos autónomos no habrá accidentes de tránsito. ¡Vaya usted a saber! Porque dos fatales accidentes recientes, de aviones Boeing 737 MAX 8, muy probablemente se debieron a malas instrucciones de vuelo suplidas por las computadoras.

Aseguradoras de pérdidas por desastres naturales han graficado con diferentes colores la intensidad de los temblores en las diversas zonas del país, la frecuencia con que las inundaciones del Misisipí llegan a 10, 20... 150 y más metros de sus riveras, y eso sirve no solo para calcular las tarifas de protección sino, y más importante aún, para la planificación urbana. Los aseguradores suizos, desde tiempo ha, conocen dónde los cultivadores de uvas no deben plantar porque se exponen a pérdidas totales casi seguras por granizo.

Todo eso es clave, pues la función de una aseguradora no es solo repartir entre muchos el costo de las pérdidas, sino, en lo posible, coadyuvar a que su frecuencia y severidad se reduzcan. Normalmente, la viuda de un trabajador de construcción no valora más el recibir un pago periódico por el fallecimiento de su marido mientras trabajaba, que el tenerlo a su lado con vida, aunque sea fregando.

Estudio. Recién leí en el Washington Post sobre una compañía farmacéutica de gran renombre que, luego de analizar cientos de miles de reclamos de asegurados, encontró una correlación negativa entre el consumo moderado de una droga que ellos producen y el padecimiento del mal de Alzheimer.

A un grupo de pacientes anónimos y de características similares, los dividieron en dos subgrupos de 127.000 personas cada uno: los del primero habían sido diagnosticados con alzhéimer y los del segundo, no padecían la enfermedad. Después, estudiaron el uso de su droga X (cuyo nombre se me olvidó) y notaron que quienes lo hacían estaban ubicados mayormente en el segundo subgrupo, el que estaba libre de alzhéimer. La conclusión preliminar fue que quizá la droga X tenía propiedades que ayudaban a prevenir ese mal.

La droga en cuestión había sido producida para tratar otras dolencias —como el reumatismo— y al realizar más experimentos controlados, para verificar si también servía para tratar tempranamente el alzhéimer, era lo suficiente caro como para que financieramente no valiera la pena hacerlos, dado que la patente, que fue por 20 años, estaba pronta a expirar y la competencia que produce sustitutos genéricos podría aprovecharse de lo que ellos, a un costo relativamente alto, descubrieran.

Es una lástima que un producto cuyo potencial uso sería tan bienvenido, por no satisfacer un criterio de “costo-beneficio privado” no se lleve al mercado con anuncio de todas sus propiedades. Hasta podría mediar en esto un problema ético. Una solución posible, dicen los entendidos, es continuar con la investigación para verificar científicamente si la correlación observada también obedece a causalidad, y, si el resultado fuera como se espera, modificar ligeramente la droga X, llamarla X*, y patentarla con un nuevo uso.

Se trata de un caso de externalidad positiva, y bien conocido es que, ante ellos, conviene buscar la forma legal para que su productor “interiorice” los beneficios que conllevan sus erogaciones en investigación y desarrollo y, por esa vía, hacer que su interés coincida con el de la sociedad.

Iba a mencionar otra cosa, interesantísima, pero se me olvidó qué era. Espero que ustedes, si son tan amables, me disculpen. Pero, peor es el caso con que comencé este escrito, del señor que hasta había olvidado el nombre de la esposa. Mucha alegría, para ambos, aportaría la droga X*.

El autor es economista.