Jacques Sagot. 8 julio, 2020

Las grandes pandemias y catástrofes, las eras cuando reina el timor et tremor, tienen la propiedad de hacer emerger en el ser humano el Mr. Hyde que todos llevamos dentro, las facetas más crueles y egoístas de nuestra naturaleza.

Y suele suceder, de manera eminentemente tartufiana, que quienes se decían más recoletos y santiguadores, revelan su verdadera esencia de inquisidores y jueces desalmados.

Claro que me preocupa la pandemia. Pero no me refiero a esa hidra cuyas cabezas se multiplican, tras vanos intentos de troncharlas, siguiendo una progresión matemática alucinante.

Aludo a la peste planetaria, la verdaderamente pandémica, no ese truculento alicrejo mal coronado Napoleón emperador del contagio.

La auténtica pandemia, la cual más estragos causa y seguirá causando, se llama falta de sensibilidad, de solidaridad, de misericordia: nadie se encarga de monitorear su grado de morbilidad, porque tal cosa nos obligaría al autoexamen de conciencia, y esa no es práctica grata.

Según algunos, la población nicaragüense es responsable del incremento de las infecciones de la covid-19 en nuestro país. Es una mera conjetura, una hipótesis, y no es por conjeturas e hipótesis como se denigra y degrada a un pueblo entero, a una nación hermana que implora socorro en medio de la inescrutable noche social, económica, médica y política de su país. Sería inhumano e indecente no tenderles la mano en un momento de angustia tan asfixiante.

Sí, Daniel Ortega es un sátrapa. Él y todo su gobiernucho de espantajos, títeres y ventrílocuos. Eso nadie lo discute.

Hombres políticos y artistas que en su momento expusieron sus vidas para derrocar a Somoza me dicen que la dictadura de Ortega es más insidiosa, cruel y violatoria de los derechos humanos que la de Tachito.

Me lo ha confiado, entre otros, un insigne colega, un inmenso músico a quien me une una entrañable amistad. Ortega se ha dejado decir, entre otras mentecateces, que su país tiene “el mejor sistema de salud de Latinoamérica”, y no se equivoca, ¡es la Caja Costarricense de Seguro Social!

No tomó las precauciones del caso, instó a los ciudadanos a armar francachelas en medio de las calles, y ahora el país paga las consecuencias de sus irresponsables arengas. Tan errático y criminal como lo anunciaron en sus respectivos países Trump (“it’s going to be like a little flu”) y Bolsonaro (“não vai ser pior que um insignificante resfriadinho”).

En todo caso, los nicaragüenses no son Daniel Ortega. Son un pueblo castigado, vapuleado por la historia, que en este momento hace lo mismo que haría un ser herido a la vera del camino: procurar no morirse. Es imposible pensar en una reacción más natural, más humana.

Nadie se autoexilia si es feliz ahí donde vive. El mero hecho del exilio es una humillación, un alarido en medio de la noche, El grito de Edvard Munch. ¿Vamos nosotros a desoírlo? ¿Qué le está pasando al costarricense? ¿De qué ocultos repliegues de nuestra alma colectiva está saliendo esa xenofobia impugnadora e inquisitorial?

Alcance universal. Antes que costarricenses, somos miembros de la especie humana. Si fallamos como hermanos universales, si fallamos en nuestra vocación fraternal, fallaremos también como costarricenses y le haremos un daño atroz no solo a nuestro país, sino también a la humanidad.

Lo arengadores del odio deberían ver a los migrantes nicaragüenses cuando tratan de ingresar a Costa Rica, arriesgando sus vidas entre humedales y ríos infestados de cocodrilos, arrastrando sus bártulos, como réprobos del infierno, a través de la jungla impenetrable y de los áridos caminos.

Ellos necesitan respirar, tener aire en sus pulmones, no luchan ya por el sustento, su emergencia es mucho más perentoria: ¡Su próxima inhalación está comprometida! Y nosotros, ¿vamos a ir, cual cruzados del odio, armados de lanzallamas, a repelerlos en la frontera? ¡Vaya hermanos, vaya cristianos, vaya adalides de los derechos humanos, vaya sarta de hipócritas, de tartufos patrioteros!

Costa Rica necesita a los nicaragüenses. Son la mano de obra que erigió nuestra moderna infraestructura, los cultores del café, la piña, el limón, la naranja, el banano y el maíz. Los costarricenses no se ensucian las manos con el dirty job: mejor usar el tiempo esparciendo por las redes sociales el pestilente tufo de la xenofobia, para “convertirnos en lo que somos” (Pascal), esto es, un país de chovinistas, racistas, supremacistas, arrastraditos con los de arriba y altaneros con los de abajo.

La economía, alguna vez boyante de nuestro país, reposó sobre la mano de obra nicaragüense. Ellos permitieron amasar lo poquito de dinero que en algún momento nos hizo tomarnos por un país de renta media: todo eso lo llevan sobre sus espaldas los nicaragüenses; todo eso fue adquirido gracias a sus cuerpos musculosos e indoblegables de Atlas cargando el dolor del mundo, a su capacidad de trabajo, a su voluntad de vivir (de “perseverar en el ser”, habría dicho Spinoza).

Han trabajado prácticamente en condiciones de esclavitud, para patronos y terratenientes, sin el derecho a las garantías laborales y la seguridad social: eran mano de obra de primera calidad, ¡y además baratísima!

Entre mis mejores amigos se cuentan muchos nicaragüenses, y ninguno va a la zaga de la privilegiada estirpe de la cual nosotros, costarricenses, nos sentimos herederos, nosotros, sí, los engreídos de Centroamérica, los niños mimados de Dios.

Solidaridad. Estamos cayendo en actitudes peligrosamente afines al fascismo, al proteccionismo paranoico, al nacionalismo de pacotilla. El hambre, aunada a la enfermedad pandémica, no necesita siquiera pasaporte para desplazarse.

Son residentes en el averno… Que las palabras solidaridad, fraternidad, misericordia, empatía y compasión resuenen en nuestros oídos noche y día. Revisemos sus hondos, específicos significados: no son sinónimos. Este es un llamado de la historia. Debemos comparecer, no proteger egoístamente nuestros bienes. No prestemos oídos a las voces del odio: es la actitud típica de los provincianos ignorantes, miopes, potencialmente peligrosos.

Costa Rica ha crecido económicamente gracias, en gran medida, a la fuerza de trabajo nicaragüense. No vamos a dejarlos morir en el caño de un polvoriento y solitario sendero que no conduce a ningún lado. Vuelvo a evocar a Pascal: “Convirtámonos en lo que somos”.

El autor es pianista y escritor.