Jacques Sagot. 14 septiembre, 2020

La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue promulgada el 10 de diciembre de 1948, con las firmas de René Cassin y Eleanor Roosevelt, quien en su momento debió haber sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz. Pero este magno documento reposa sobre contradicciones y aporías insolubles.

En primer lugar, nunca como hoy ha estado el hombre tan confundido en la definición misma de lo humano. A decir verdad, ya no sabemos en lo absoluto qué significa humano. Tampoco sabemos qué significa derechos y, menos aún, universales. Estamos resbalando y rodando sobre un suampo de incertidumbre e indefinición.

Para el cristianismo, el ser humano es el hijo bien amado de un padre lleno de amor y misericordia, que nos espera sonriente en el fondo de la eternidad.

Para Aristóteles, y de conformidad con su teoría hilemórfica, el ser humano es una sustancia a la que el alma confiere cuerpo, individualidad e inteligencia, de la misma manera en que la forma tornea a la materia pura.

Para Montaigne, el ser humano es una naturaleza. Por ello se habla de la “naturaleza” humana: es inmodificable y está determinada por sus propias leyes naturales.

Para Descartes, el ser humano es “una cosa que piensa” (res cogitans), en oposición a “la cosa extensa”, que solo posee materia (res extensa).

Para Schopenhauer, el ser humano es un simple juguete en manos de esa fuerza omnímoda y ciega que todo lo arrastra a su paso, y que se llama Voluntad.

Para Nietzsche, el ser humano es una criatura transitiva, que está en proceso de trascenderse a sí misma para convertirse en el Übermensch.

Para Darwin, el ser humano es un mono evolucionado al que se le cayó la cola. Para Freud, es una criatura movida por tectónicos, oscuros deseos y pavores subconscientes. Su racionalidad está determinada por estas larvas subterráneas, y es mucho menos coherente de lo que piensa.

Para Malraux, el ser humano es “una condición”: de ahí su magna novela La condición humana. Cuando preguntamos por un paciente en un hospital nos dicen “su condición es estable”, pues bien, el hombre siempre está en “condición humana”.

Para Sartre el ser humano es un hombre que se autoproduce con cada uno de sus actos, efectuados desde un horizonte de libertad, empuñando la responsabilidad y forjando una existencia que precede a todo asomo de esencia.

Para los pensadores de la posmodernidad, muy en boga durante la década de los setenta, ya periclitando en nuestros días, el ser humano no es ni más ni menos que un constructo cultural. “La mujer no nace, se hace”, proclama Simone de Beauvoir, pero en realidad otro tanto cabe decir de todo ser humano. El aserto de De Beauvoir no es más que la consecuencia inevitable del existencialismo sartreano.

Crisis identitaria. De todo esto se desprende una profunda crisis identitaria. El ser humano no sabe lo que es. Nunca lo ha sabido menos, y cada nueva definición no hace sino agravar su vértigo, su ofuscación. ¿Cómo entonces hablar de una Declaración Universal de los Derechos Humanos?

El embrollo no termina ahí. En 1989, tres distinguidos escritores antillanos francoparlantes, Chamoiseau, Confiant y Bernabé publicaron un manifiesto titulado Éloge de la créolité (Elogio a la creolidad).

En él postulaban la noción de diversalidad para oponerla a la de universalidad. ¿Por qué esta confrontación? Porque fue precisamente en nombre de la universalidad que Occidente perpetró sus masacres y expoliaciones coloniales e imperialistas. En aras de la religión “universal”, de la ciencia “universal”, de la cultura “universal”, de los valores éticos “universales”, de la medicina “universal”, usando la fementida noción como una perversa justificación para sus trapacerías, mataron, robaron, desculturaron y masacraron civilizaciones enteras en toda América, África, Asia y Australia.

Europa asumió su misión “civilizadora” a fin de hacerse del oro, la plata, el cobre y las piedras preciosas de sus posesiones ultramarinas. Las palabras universalidad y universal quedaron, infortunadamente, desvaloradas.

Los atroces acontecimientos del siglo XX (dos guerras mundiales que dejaron 140 millones de muertos tendidos en los campos de batalla y dos bombas atómicas que mataron a casi medio millón de seres humanos) terminaron de desprestigiar a Occidente y de removerlo de su rol de faro ético del mundo.

No puede autoproclamarse rector moral del planeta una civilización movida por tan tenebrosos y feroces demonios. Así que ahora estamos en el mundo de la diversalidad.

Pero resulta que hay países que violan flagrante y cotidianamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en los que se apedrea y lapida a la mujer juzgada adúltera, en los que no hay libertad de credo, donde no existe la libertad de desplazamiento físico a lo ancho y largo del planeta, donde el trabajo infantil es legal, en los que no existe la libertad de expresión.

Hay por lo menos 34 naciones que no cumplen lo estipulado en la carta de los derechos humanos. Los más trasgresores son Siria, Sudán, Congo, Pakistán, Somalia, Afganistán, Irak, Myanmar, Yemen, Irán, Egipto, Libia, Malí y Arabia Saudita.

Barrera granítica. ¿Qué puede hacer Occidente contra estas atrocidades? Nada. En primer lugar, porque, como ya lo señalé, Occidente no está en condiciones de dictar cátedra de humanitarismo, concordia, armonía, paz, diálogo y reconciliación a nadie.

En segundo lugar, y aquí colisionamos con una barrera granítica, porque el nuevo paradigma de la diversalidad nos impide toda injerencia, intervención, intrusión e intervencionismo en países irreductiblemente diferentes de los nuestros.

Tenemos el deber de respetarlos en su alteridad cultural, en su especificidad histórica y social: si su sociedad contempla el apedreo de mujeres o la esclavitud infantil, son prácticas que debemos respetar.

La diversalidad nos ha amarrado las manos. El peor error, la más grave vejación, la intromisión más imperdonable sería meternos en esos países para enseñarles cómo deben vivir. Estamos obligados a acatar y honrar sus costumbres, sus moeurs.

El intervencionismo, aun inspirado en las mejores intenciones, es también, paradójicamente, una violación a los derechos humanos. La noción de alteridad, de otredad, de diferencia, de especificidad cultural de los pueblos hace que Occidente deba deponer sus armas, sus argumentos, sus cruzadas en pro de los valores que ahora defiende.

Debemos, simplemente, constatar el horror de las mujeres lapidadas y cruzarnos de brazos para respetar el principio de diversalidad, el más importante de todos, el único intocable, inviolable.

Es así, bajo la sombra nefasta de la noción de diferencia mal entendida y fanáticamente observada que nos encontramos prendidos en este atolladero ético.

Como dije al principio de este texto: no sabemos qué es derecho, humano, ni universal. ¡Linda manera de redactar un código normativo de la conducta humana sobre la tierra! ¡Ah, qué atroz regalo para el hombre, que “peón envenenado”, qué maldición disfrazada de bendición, qué pesadillesco obsequio fue el don de la libertad que Dios nos concedió, en el que se supone ser su más elocuente gesto de amor por la criatura humana! ¡Ojalá no fuésemos libres, es evidente que se trata de una facultad que no supimos utilizar, que nos desbordó, que nos arrasó, que se pervirtió en nuestras manos, que nos dejó el espacio abierto para perpetrar las peores carnicerías, que simplemente no estábamos preparados para empuñar! ¡A fuerza de querer ser un padre no intervencionista, Dios se ha convertido en un padre abandonetas! ¡Cuántos hombres quisieran acusarlo de abandono parental y renunciar a esa terrible ponzoña que resultó ser la libertad!

El autor es pianista y escritor.