Kaushik Basu. 15 enero

BOMBAY – Escribo esto no como un economista profesional, ni como un formulador de políticas, sino como ciudadano de un pequeño planeta que está girando a través de un vasto universo que apenas entendemos.

Escribo esto “mientras mueren las grandes esperanzas / de una década baja y deshonesta” y que como “olas de rencor y de miedo / corren sobre las iluminadas / y oscurecidas tierras del planeta”. Fue hace 80 años que W.H. Auden escribió esas líneas, en su poema “1 de setiembre de 1939”. Nos encontramos hoy en una posición similar.

A medida que la década actual llega a su fin, grandes partes del mundo están sumidas en un conflicto, democracias estables han sido repentinamente eliminadas y las sociedades están cada vez más divididas por raza, religión e ideología política.

A medida que el planeta se calienta, millones de personas se ven obligadas a mudarse a otro lugar en busca de supervivencia y oportunidades. Pero nuevas barreras, nacidas de un nacionalismo renaciente y un tribalismo estrecho, se interponen cada vez más en su camino.

No soy tan tonto como para estar seguro de que todo esto pasará. De hecho, es posible que el mundo no revierta los efectos del desastre político y ambiental, y continúe prosperando y creciendo, simplemente porque lo hizo en el pasado. Como Bertrand Russell advirtió acerca de los peligros de tal razonamiento inductivo, en The Problems of Philosophy, “el hombre que daba de comer todos los días al pollo, a la postre le tuerce el cuello, demostrando con ello que hubiesen sido útiles al pollo opiniones más afinadas sobre la uniformidad de la naturaleza”. Al igual que Auden, en 1939, debemos aceptar la posibilidad de que las cosas puedan empeorar mucho más de lo que ya están.

Al mismo tiempo, no debemos abandonar la esperanza. Estos no son solo tiempos peligrosos, sino inciertos. El mundo está en una encrucijada, y un giro puede marcar la diferencia. El comienzo de un nuevo año es, por lo tanto, una ocasión para la pausa y la reflexión. ¿Por qué las democracias de larga data están generando ira, rabia y necedad política que pueden destruir sus propios cimientos? ¿Por qué fracasan las políticas económicas familiares, preparando el escenario para los conflictos comerciales, el aumento del desempleo, las políticas monetarias vacilantes y una mayor desigualdad?

Tales períodos han ocurrido a lo largo de la historia registrada. Los cambios que los definen suelen ser lentos e imperceptibles, pero, de vez en cuando, alcanzan un punto crítico cuando aparecen fallas profundas. Es durante estos períodos que uno debe repensar las leyes de las ciencias sociales, la base de nuestro comportamiento y el equilibrio de nuestras elecciones.

Como seres humanos, debemos hacer lo que el pollo de Russell no pudo: rechazar la complacencia y hacer un balance de nuestra propia situación.

Exactamente diez años antes de que Auden escribiera su poema, el economista y estadístico Harold Hotelling publicó un artículo que se convirtió en un trabajo fundamental para comprender la democracia electoral.

Demostró que los partidos políticos tienen una propensión a acercarse unos a otros y crear un escenario en el cual hay poca diferencia entre la “izquierda” y la “derecha”. Esta teoría significa que con el tiempo todos los políticos atenderán al votante medio. El resultado podría ser criticado por ser aburrido, no peligroso.

El trabajo de Hotelling, que luego fue recogido por los economistas Duncan Black y Anthony Downs, estableció el paradigma para pensar en la economía política en los siglos XX y XXI. Pero, debido a los avances disruptivos de la globalización y la tecnología, el terreno bajo nuestros pies siempre está cambiando.

Ahora que han aparecido las fallas, es claramente el momento de hacer un balance de nuestro modelo de democracia electoral. Los partidos políticos de hoy, que reflejan y refuerzan un mundo definido por el animus, huyen a polos opuestos, en lugar de converger en el centro.

Una consecuencia obvia de la globalización y las tecnologías que vinculan a las personas de todas partes es que las políticas y decisiones tomadas en un lugar afectan a otros en sitios distantes.

Quien sirve como presidente de los Estados Unidos es de vital importancia para los mexicanos. Cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos inyecta liquidez en los mercados financieros, todo el mundo lo siente. Una corrección del tipo de cambio por parte de China ahora puede alterar el medio de vida de millones de personas en continentes distantes.

Si la democracia significa tener voz en la elección de líderes que puedan mejorar su bienestar, entonces la globalización económica en medio de políticas segmentadas hace inevitable el menoscabo de la democracia. En estas condiciones, se deduce que las personas verán el proceso democrático como una herramienta para proteger sus propios intereses estrechos.

La ironía es que los votantes en muchos países ahora eligen políticos que se oponen no solo a la globalización económica, sino a la democracia misma. Es hora de volver a la mesa de dibujo. Los formuladores de políticas, los científicos y los economistas claramente tienen mucho por hacer. Pero todos los ciudadanos tienen un papel que desempeñar para evitar una década aún más oscura.

Hacerlo requerirá mirar más allá del interés propio inmediato. Necesitamos un marco moral que incluya la empatía por las personas que no se parecen a nosotros y por las generaciones que vendrán después de nosotros.

Necesitamos claridad mental y el coraje de pensar por nosotros mismos. Como Auden aconsejó, no debemos ceder ante “la mentira de la autoridad”. Debemos alzar nuestra “voz para deshacer la mentira y sus dobleces".

Kaushik Basu: ex economista jefe del Banco Mundial y ex asesor económico jefe del Gobierno de la India, es profesor de economía en la Universidad de Cornell y miembro sénior no residente de la Brookings Institution.

© Project Syndicate 1995–2020