Javier Solana. 23 septiembre, 2019

MADRID– El 2 de octubre se cumple un año del brutal asesinato del periodista saudita Jamal Khashoggi en Estambul. Según concluyó un informe de la ONU, Arabia Saudita es responsable de la ejecución y existen “pruebas creíbles” que apuntan a la implicación del príncipe heredero y líder de facto del país, Mohámed bin Salmán.

No es de extrañar, pues, que la imagen internacional de Arabia Saudita haya caído durante este año. Pero tampoco es de extrañar que, una vez pasado el temporal, ciertas dinámicas hayan retornado a sus cauces habituales.

Ahora, la gran pregunta es si estas oscilaciones serán suficientes para abrir un capítulo algo más fructífero en Oriente Próximo.

Entre los elementos que sí se han visto alterados, los más significativos guardan relación con la guerra de Yemen, uno de los principales escenarios del conflicto regional entre Arabia Saudita e Irán. En el 2019, el renovado Congreso estadounidense ha aprobado diversas resoluciones —con el soporte de congresistas de ambos partidos— orientadas a distanciar a Estados Unidos de la coalición liderada por los sauditas en Yemen, cuyo impulsor fue el propio Bin Salmán. Pese a haber sido vetadas por Trump, estas resoluciones demuestran que la tolerancia de la clase política estadounidense con los desafueros del régimen saudita se ha reducido, especialmente tras el asesinato de Khashoggi.

Los Emiratos Árabes Unidos han tomado nota de los costos reputacionales que conlleva hoy por hoy una estrecha alianza con Arabia Saudita y, con el objetivo añadido de suavizar las tensiones con Irán, han procedido a retirar la mayoría de sus tropas en Yemen.

Se ha dado, incluso, la circunstancia de que grupos separatistas apoyados por los emiratís han capturado la capital provisional del gobierno de Abdrabbo Mansur Hadi, respaldado por los sauditas. Aunque es muy improbable que estos movimientos terminen comportando un realineamiento estratégico radical de los Emiratos, es evidente que Arabia Saudita se encuentra más aislada y débil que antes.

Para mayor escarnio, Arabia Saudita ha sufrido un gravísimo ataque contra dos refinerías de la petrolera estatal Aramco. El ataque fue reivindicado por los hutís yemenís, aunque sus benefactores iranís fueron acusados directamente por destacados miembros de la administración Trump.

Aproximadamente la mitad de la producción petrolera saudita (el 5 % a escala global) se vio afectada, lo que generó un marcado repunte de los precios del petróleo. Este cúmulo de contratiempos deberían llevar a Arabia Saudita a replantearse su papel en Yemen, que se ha saldado con un rotundo fracaso de trágicas consecuencias humanitarias.

Sin embargo, no todo ha sido sinsabores para el Reino de Arabia Saudita en los últimos 12 meses. Si bien los planes de sacar a bolsa una parte de Aramco han topado con numerosos obstáculos, el régimen ha recibido señales inequívocas de que sigue contando con la confianza de los inversores.

Mientras prepara el terreno para la tan esperada salida a bolsa, Bin Salmán ha instalado a hombres de su plena confianza al frente de Aramco y del Ministerio de Energía, liderado por vez primera por un miembro de la familia real saudita, concretamente, por el hermanastro del príncipe heredero.

La calurosa relación con Trump también se mantiene intacta. Siendo cierto que la alianza entre estadounidenses y sauditas data de hace 75 años, no todos los presidentes estadounidenses han tratado a Riad con la misma devoción. Barack Obama, por ejemplo, amparó la coalición prosaudita en Yemen, pero apostó por un acuerdo nuclear con Irán al que Arabia Saudita se oponía. Trump, por su parte, no solo ha tratado de dinamitar este acuerdo, sino que ha renunciado por completo a contener los peores impulsos de Bin Salmán en materia de política exterior.

Junto con Bin Salmán, el líder regional que más ha exprimido hasta ahora la complicidad de Trump ha sido el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

En vísperas de la reciente repetición electoral en Israel, Trump flirteó con la idea de ofrecer a Netanyahu un tratado de defensa mutua. Además, el primer ministro ha seguido aprovechando la aquiescencia de Trump para perfilar sus promesas de anexionarse partes de Cisjordania, incidiendo en su habitual desprecio por el derecho internacional. Pero Trump ha estado algo más comedido en esta ocasión, y las maniobras de última hora de Netanyahu no le han librado de un nuevo revés: su partido ha terminado obteniendo menos escaños que hace cinco meses y la gobernabilidad de Israel sigue estando en el aire.

Aunque podría pensarse que las declaraciones de Netanyahu constituían meras bravatas preelectorales dirigidas a desviar la atención de sus múltiples casos de corrupción, lo cierto es que el expansionismo y la belicosidad han sido rasgos inherentes a su política regional.

Los choques entre Israel e Irán han sido constantes en los últimos tiempos, ya sea de forma directa o a través de grupos afines a Teherán. Especialmente volcánica es la situación en Líbano, donde Israel y Hizbulá han empezado a cruzar todas las líneas rojas, arriesgándose a un nuevo conflicto abierto que podría reverberar por toda la región.

Recordemos, asimismo, que Netanyahu ya amenazó hace unos años con arrastrar a Estados Unidos a una guerra contra Irán. Mientras que Obama se mantuvo firme e insistió en unos esfuerzos diplomáticos que cristalizaron el acuerdo nuclear, Trump cometió el error de ceder inmediatamente la batuta a Netanyahu.

El primer ministro israelí encontró a un aliado adicional en John Bolton, quien inauguró su trayectoria como asesor de Seguridad Nacional precipitando la retirada estadounidense del acuerdo nuclear.

No obstante, Bolton acaba de abandonar la administración Trump tras una serie de desencuentros con el presidente. La intención de este último, al fin y al cabo, es no verse envuelto en excesivas contiendas en el exterior antes de las elecciones presidenciales del 2020.

De hecho, Trump ha contemplado sentarse a negociar con Irán y llegó a mostrarse receptivo al plan del presidente francés, Emmanuel Macron, consistente en aliviar las magulladas finanzas iranís a cambio de que Teherán retorne a la senda más idónea: la de respetar todas sus obligaciones bajo el acuerdo nuclear.

Para que un acercamiento diplomático con Irán tuviese visos de éxito, Trump debería descartar las estériles tácticas personalistas que ha utilizado con Corea del Norte, además de poner fin a sus constantes contradicciones. Una de las más llamativas ha sido sancionar al diplomático en jefe de Irán, Javad Zarif.

Según el propio Zarif, estos arrebatos son atribuibles a la influencia de lo que cataloga como el equipo B: Bin Salmán, Benjamín Netanyahu, Bolton y el príncipe heredero de Abu Dabi, Bin Zayed. Aunque el primero ha logrado resistir al caso Khashoggi, el segundo está tocado, el tercero hundido y el cuarto más de perfil. Ahora, la gran pregunta es si estas oscilaciones serán suficientes para abrir un capítulo algo más fructífero en Oriente Próximo.

Javier Solana: es “distinguished fellow” en la Brookings Institution y presidente de ESADEgeo, el Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade.

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