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Página quince: ¿Una burbuja de tecnología verde?

Ahora todo depende de si los gobiernos intervendrán para proporcionar las reglas, la infraestructura y los mercados necesarios

CAMBRIDGE– Luego de que el valor de las acciones de Tesla se multiplicara por 10 entre marzo del 2020 y enero del 2021, el fundador de la compañía, Elon Musk, se ha erigido como la encarnación de la innovación verde. El fenómeno Tesla se propaga al resto de la incipiente industria de los vehículos eléctricos, y cubre de polvo estelar una serie de nuevas empresas verdes con tecnologías no probadas e ingresos mínimos.

En tanto, emprendedores e inversionistas privados se lanzan a hacer lo que los gobiernos no hicieron. Algunos analistas creen que una revolución verde está por llegar. Otros, en cambio, miran el mismo panorama y ven las señales tempranas de una «burbuja de tecnología verde».

El bum de la tecnología verde (o tecnología limpia) es, por cierto, vulnerable. Al igual que el bum digital anterior, que resultó en la burbuja de las puntocom a finales de los noventa, depende marcadamente de una fuerza externa que podría desaparecer de repente —a saber, el dinero fácil—. En el contexto de bajas tasas de interés de hoy, el valor de los flujos de efectivo futuros se infló y, en consecuencia, se derrumbará si las tasas de interés llegan a subir.

Desde hace diez años, los bancos centrales fijan tasas de política por debajo de la inflación, que a su vez se ubica en niveles históricamente bajos. Como resultado de ello, las tasas de interés reales negativas sobre activos seguros llevan tanto a grandes inversionistas institucionales como a minoristas a inclinarse por activos más riesgosos, que ofrecen retornos potencialmente más altos.

Vale la pena recordar que justo antes del foco reciente en las acciones del sector de la tecnología verde, los gigantes tecnológicos alcanzaron valoraciones extremadamente altas como parte de una «burbuja de unicornios» más amplia en los mercados privados, donde inversionistas poco convencionales pagaban precios elevados por acciones invendibles de lo que ellos esperaban que fueran las próximas acciones FAANG (Facebook, Apple, Amazon, Netflix, Google).

En cualquier caso, la Reserva Federal de Estados Unidos respondió a la crisis de covid-19 con el compromiso de mantener su tasa de política cercana a cero hasta que la economía estadounidense logre «un máximo empleo y una inflación que promedie el 2 % con el tiempo»; sin embargo, dada la rápida administración de las vacunas contra la covid-19 en la administración del presidente Joe Biden, todo indica que los mercados de capital van a normalizarse.

De modo que la pregunta no es si la burbuja verde va a estallar (como, en definitiva, estallan todas las burbujas), sino si estallará antes de que la revolución verde esté afianzada. ¿Se habrá malgastado el capital movilizado por el bum actual o se verá plasmado como la infraestructura necesaria para transformar la revolución en la nueva normalidad?

Llevar a cabo un cambio radical en la oferta y el consumo de energía inevitablemente exigirá lo que solo el Estado puede proveer: una enorme inversión pública y nuevas reglas de conducta (impuestos y regulaciones). Esto lo sabemos a partir de la historia de la revolución digital en la segunda mitad del siglo XX, que examiné en mi libro Doing Capitalism in the Innovation Economy.

En las revoluciones tecnológicas, los actores estatales deben desempeñar el papel principal al principio, estableciendo una misión políticamente legítima (como ganar la Guerra Fría) para justificar un gasto gigantesco en programas de alto riesgo. De la misma manera, es el Estado el que debe financiar la inversión en una etapa inicial en investigación básica cuyos potenciales retornos son demasiado inciertos como para motivar al sector privado.

Y, a medida que la tecnología innovadora vaya madurando, el Estado debe crear un mercado en el que funcione como el primer cliente, empujando así el lado de la oferta de la economía de innovación por la curva de aprendizaje hacia una producción confiable y de bajo costo.

La etapa final comienza cuando los especuladores identifican el potencial transformador de la nueva tecnología y movilizan el capital para financiar la infraestructura necesaria para su amplio despliegue y para la exploración darwiniana de aplicaciones adicionales. Así, surge una burbuja productiva, impulsada por la promesa de una nueva economía.

Elementos de este patrón se ven en las revoluciones industriales previas. En el siglo que condujo a la batalla de Waterloo, en 1815, la creciente demanda de armas del ejército británico alimentó las alzas de productividad (de la producción masiva y la división del trabajo) que convirtieron a Birmingham, Inglaterra, en el taller de la Primera Revolución Industrial.

Luego, una generación más tarde, el Parlamento británico dotó a los impulsores de los ferrocarriles de poderes de dominio eminente y responsabilidad limitada, sentando las bases para la gran manía de los ferrocarriles de los años cuarenta del siglo XIX. De la misma manera, en Estados Unidos, las garantías y subsidios estatales suscribieron las redes de canales y ferrocarriles que se necesitaban para establecer una economía verdaderamente nacional. Y, al igual que en el Reino Unido, donde antes había liderado el Estado, aparecieron los especuladores.

El cambio climático ofrece una misión que es mayor en escala y alcance, incluso que la Guerra Fría, pero la respuesta hasta el momento ha sido radicalmente diferente. Durante años, Estados Unidos estuvo paralizado por la negación de la realidad de los políticos republicanos, una postura contraproducente que culminó en el retiro del expresidente Donald Trump del acuerdo climático de París, en el 2017.

Frente a la ausencia de Estados Unidos, China pensó en adjudicarse la revolución verde. Financió el mayor programa del mundo para investigación y desarrollo de tecnología verde y garantizó su posición dominante en la producción de turbinas eólicas y paneles solares; no obstante, el liderazgo climático de China está comprometido por su dependencia del carbón y la construcción ininterrumpida de nuevas centrales eléctricas alimentadas por carbón, tanto en el país como en el exterior.

Asimismo, mientras los responsables de las políticas en Estados Unidos han titubeado, el pueblo ha aceptado la realidad. Según el Pew Research Center, la mayoría de los votantes republicanos y un porcentaje abrumador de demócratas creen que el gobierno de Estados Unidos debería hacer más contra el cambio climático. Eso significa que existe un amplio respaldo al plan de Biden de «reconstruir mejor», cuyo programa ya contiene gran parte de lo que se necesita.

El compromiso de Biden sienta las bases para que el gobierno complete las piezas faltantes de un giro nacional hacia la energía renovable, empezando por la creación de almacenaje. También hacen falta una mejor gestión de la red para satisfacer una preponderancia de fuentes de energía intermitente; una extensión de la red para reemplazar por electricidad los sistemas generadores de carbono en edificios industriales, comerciales y residenciales; una expansión nacional del acceso a banda ancha; y la reconstrucción de la infraestructura de transporte para incorporar formas de movilidad de menor consumo de carbono (incluidas las estaciones de carga de los vehículos eléctricos).

Al haber sido testigos de la diferencia que marca un liderazgo nacional competente en la distribución de las vacunas, es posible que los votantes estadounidenses les den a los demócratas mayorías legislativas aún mayores en las elecciones del 2022. La última vez que esto sucedió fue en 1934, cuando los votantes apoyaron calurosamente el Nuevo Trato de Franklin D. Roosevelt. Si luego tiene lugar un nuevo trato verde, el bum de la tecnología verde, burbuja o no, dejará tras de sí un nuevo mundo.

William H. Janeway: socio limitado especial de la firma de capital privado Warburg Pincus y profesor afiliado de Economía en la Universidad de Cambridge.

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