Iván Molina Jiménez. 6 noviembre, 2019

El primero de abril de 1889, el periódico El Anunciador Costa-Ricense, órgano de la Librería Española, publicó un pequeño anuncio para comunicar que tenía a la venta la obra Una montaña de oro, descripción de un viaje a los países desconocidos del interior del África.

De seguido, se indicó que ese texto, escrito por Antonio Ruiz y publicado originalmente en Barcelona en 1881 como parte de la Biblioteca Ilustrada de Martí y Roig, era una “imitación de Julio Verne”.

Gagini publicó en Costa Rica Ilustrada los primeros cuatro capítulos de la novela de Michaud; pero por razones que se desconocen, no terminó la tarea de traducirla.

Ruiz, de quien poco se conoce, fue parte de una legión de escritores que, como lo ha estudiado Arthur B. Evans, se dedicó, en las décadas finales del siglo XIX, a emular a Verne, cuyo modelo de novela de aventuras era por entonces extraordinariamente popular a escala planetaria.

Michaud. A finales de la década de 1880, el gobierno de Costa Rica contrató a varios profesores europeos para que laboraran en la segunda enseñanza costarricense. Una de esas personas fue el suizo Gustave Michaud.

Foto tomada de Páginas Ilustradas, No. 210 (1908), p. 3567.
Foto tomada de Páginas Ilustradas, No. 210 (1908), p. 3567.

De acuerdo con Luis Felipe González Flores, Michaud nació en Ginebra en 1860, fue profesor de Química en una escuela industrial de esa ciudad, donde dirigió, además, el laboratorio municipal de salubridad. Simultáneamente, publicó varios textos de vulgarización científica.

Michaud llegó a San José en noviembre de 1889 e impartió lecciones de Ciencias en el Liceo de Costa Rica. Posteriormente, laboró en el American International College de Massachussets entre 1895 y 1905.

En abril de 1905, Michaud regresó a suelo costarricense, se dedicó nuevamente a la enseñanza en varios colegios y en la Escuela de Farmacia, al tiempo que colaboraba con revistas científicas europeas y estadounidenses. Falleció en San José en 1924.

Novela. Al biografiarlo brevemente, González Flores omitió indicar que Michaud, a partir de octubre de 1888, había publicado por entregas, en la parisina Revue de famille, una novela titulada Le voyage de William Willoughby. Al año siguiente, ese texto circuló en forma de libro, impreso en París por la editorial Calmann Lévy.

La obra, de 331 páginas, fue comentada favorablemente en la Bibliothèque universelle et revue suisse, donde se indicó que pretendía “instruir y divertir” a partir de la excusa de un viaje para descubrir el Polo Norte.

También se destacó que las explicaciones científicas eran sobrias, que la trama estaba “más o menos bien hecha”, que la narrativa, dominada por la frase corta y rápida, sobresalía por su claridad y que los diálogos eran “vivos y divertidos”.

Como resultado de lo anterior, el texto se leía no solo sin aburrimiento ni fatiga, sino con placer, por lo que, abundante en drama y misterio, seduciría las imaginaciones del público juvenil, al que estaba dirigido.

Al final del comentario, se señaló que la novela evocaba los libros de Verne, cuya colección de Viajes extraordinarios, por el éxito logrado, había inducido a Michaud a incursionar en ese campo.

Sin embargo, se aclaró inmediatamente que el profesor suizo no era un imitador más, puesto que, a diferencia de los que copiaban a Verne en sus defectos, Michaud procuró mejorar el modelo novelístico que lo inspiró.

Tesoro. Más tardíamente, la novela de Michaud atrajo la atención del periodista, bibliófilo y musicólogo Andrew de Ternant, quien publicó en 1896, en The Gentleman’s Magazine, un interesante estudio sobre los personajes ingleses y estadounidenses en la ficción francesa.

Ternant consideró que la obra de Michaud era completamente representativa de las novelas francesas de exploración, pero, en vez de resaltar la influencia de Verne, indicó que el libro del profesor suizo le recordaba La isla del tesoro, del escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), publicada en 1883.

Aunque Ternant dudaba de que Michaud hubiera leído a Stevenson, estableció un paralelismo entre La isla del tesoro y Le voyage de William Willoughby porque en ambas novelas la trama principal consistía en un descubrimiento, ya se tratara de un tesoro o del Polo Norte (efectivamente descubierto a inicios del siglo XX).

Gagini. Carlos Gagini Chavarría (1865-1925) era profesor de Castellano y Literatura en el Liceo de Costa Rica cuando Michaud se incorporó a ese plantel de segunda enseñanza a finales de 1899 como docente de Física y Química.

Según un artículo publicado por Gagini a mediados de 1890 en la revista Costa Rica Ilustrada, un día, mientras revisaba la Revue de famille en la oficina del director del Liceo (el también suizo Louis Schönau), descubrió los primeros doce capítulos de Le voyage de William Willoughby. Inmediatamente, se fue a buscar a Michaud, quien le regaló un ejemplar del libro.

Antes de empezar a leer la obra ese mismo día, Gagini no pudo ocultar su admiración por “la excesiva modestia del autor", quien en sus conversaciones anteriores "ni una vez siquiera hizo alusión a su novela, aunque por muchos títulos podía ufanarse de ella”.

Lectura. Gagini, de acuerdo con su propio testimonio, leyó la novela “de una tirada”, ya que el interés que le despertó fue “creciendo a cada capítulo, sin decaer nunca" porque una vez que comenzó el libro le fue imposible "dejarle de la mano”.

Según su criterio, el texto pertenecía a “esa literatura inofensiva” que, en vez de extraviar los corazones de los jóvenes “con tentaciones peligrosas y cuadros nada edificantes, coadyuvaba eficazmente al perfeccionamiento moral e intelectual de los individuos”. Además, incitaba “a la práctica de las virtudes y al estudio de las ciencias”.

Para Gagini, resultó evidente que la de Michaud era una “novela por el estilo de las de Julio Verne”, pero, en su opinión, mejor estructurada, ya que Michaud, “sin tener la inventiva asombrosa” del escritor francés, sabía “interpolar con más habilidad la ciencia entre los episodios novelescos”.

Basado en esa estrategia narrativa, Michaud “obligaba al lector a no pasar por alto ni una sola línea y a digerir en pequeñas dosis lecciones interesantísimas de Física, de Química y de Historia Natural”.

Traducción. Debido a que los personajes estaban “perfectamente delineados”, al “encadenamiento natural de los hechos” y a su estilo, Gagini decidió —como lo documentó la investigadora María Eugenia Acuña Montoya— traducir al español la novela de Michaud y publicarla por entregas en Costa Rica Ilustrada.

Efectivamente, entre diciembre de 1890 y febrero de 1891, Gagini publicó en esa revista los primeros cuatro capítulos de la novela de Michaud; pero por razones que se desconocen, no terminó la tarea de traducirla.

A más de un siglo de distancia, valdría la pena que alguna editorial costarricense, dedicada a la publicación de literatura juvenil, culminara el esfuerzo iniciado por Gagini y recuperara del olvido la novela de ese verniano que vivió entre nosotros.

El autor es historiador.