Thelmo Vargas. 17 junio

El 20 de setiembre del 2012 se publicó en esta sección un artículo de mi autoría, titulado “Por partida doble”, en el cual, brevemente, comenté el trabajo de un fraile franciscano, matemático, amigo, entre otros, de Leonardo da Vinci y Piero della Francesca, llamado Luca Pacioli, y de un trascendental libro que publicó para que las futuras generaciones sacaran provecho de sus investigaciones.

En una sección del libro, bajo el título Particularis de computis et scripturis, Pacioli expuso en qué consistía el método de contabilidad por partida doble, que para entonces comenzaba a ser exitosamente utilizado por los comerciantes y banqueros venecianos. La contabilidad por partida doble, que introdujo rigor en la forma de llevar los registros financiero-contables, es considerada un ingrediente clave del éxito del capitalismo. Por ello, Pacioli es justamente reconocido como “el padre de la contabilidad”.

Unas semanas después de la publicación de ese artículo, en un centro comercial en Escazú, se me acercó un profesor de Contabilidad para manifestarme cuánto le había gustado el escrito, pues no sabía cuál era el origen de la disciplina que él practicaba y enseñaba, y lo había puesto de lectura obligatoria en uno de sus cursos.

Recién me enteré de que Christie’s de Nueva York, casa especializada en subastas de obras de arte y antigüedades, tenía programado vender al mejor postor un ejemplar del libro de Pacioli, cuyo nombre es Summa de arithmetica, geometria, proportioni et proportionalita, publicado en 1494, unos cincuenta años después de que Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles y a solo dos de que Cristóbal Colón, de chiripa, descubriera un continente que después se llamaría América.

El anuncio despertó mi curiosidad y decidí ingresar al sitio web de Christie’s para ver qué tenían en venta. Encontré que ahí todo se vende. Por ejemplo, por una tarjeta postal no tan vieja, pues es de 1932, que Albert Einstein envió desde Acajutla, en El Salvador, a un colega del Cal Tech, en Pasadena, California, alguien pagó $4.000 (la estampilla que la acompaña dice: “República de El Salvador. Cinco centavos”).

Una bicoca. La subasta de Summa de arithmetica se programó para el 12 de junio pasado, en horas de la mañana, y al mediodía entré al sitio web de Christie’s para conocer si fue vendida, quién había sido el favorecido y cuál fue el precio de cierre. Leí que, en efecto, el libro fue comprado por alguien cuyo nombre no se informa, pero sí se indica el precio pagado: $1.215.000.

Si bien esa cantidad podría parecernos alta, tal vez altísima, no hay que perder de vista que la ganancia que la humanidad ha obtenido por la forma ordenada de llevar control de los negocios gracias a la contabilidad por partida doble, que ese libro explicó por primer vez, tiene un valor —el cual suele denominarse “precio social” o “precio sombra”— muy superior.

Por su arte y contenido, soy amante de los libros antiguos, conforme a mi definición son los producidos antes de 1900, aunque, como verán más adelante, en esto suelo hacer algunas excepciones. Al conocer el precio pagado por alguien por el libro del fraile Pacioli, me he consolado porque mi hijo logró conseguirme, en un sitio de ventas por Internet, que no es Christie’s ni Sotheby’s (duopolio cuyo mercado de antigüedades y obras de arte mundial abarca más del 80 % y sus precios superan el millón de dólares), un ejemplar del Nuevo Testamento y Hechos de los Apóstoles, producidos en la imprenta del Gobierno de los Estados Unidos para los católicos de su Ejército, cuya lectura el presidente y comandante en jefe Franklin D. Roosevelt recomendaba.

Este libro, de pasta dura, color café, que se ofrecía al módico precio de $100, tiene para mí la enorme cualidad adicional de haber sido publicado el año de mi nacimiento, dato que suelo revelar solo si me ofrece algún beneficio.

Precio del deseo. En materia de antigüedades, y de obras de arte únicas, el costo de producción no cuenta. Su precio lo define la intensidad con la cual el comprador las desea, lo grueso de su billetera y, casi siempre, opera la teoría conocida como “el otro tonto”, es decir, uno las compra, aunque sea a precios elevados, a la espera de, más adelante, venderlas a otro tonto dispuesto a pagar un precio mayor. ¿No es acaso con fundamento en esta teoría que la gente acepta papel moneda sin respaldo alguno en oro, plata o algo que se le parezca? ¿No es la que explica por qué en la República Bolivariana de Venezuela muy pocos aceptan hoy la moneda doméstica y, por el contrario, utilizan la del imperialista Estados Unidos?

De modo que, estimados lectores, por nada manden al basurero los libros utilizados por sus padres y abuelos, ni escritorios, ni taburetes, ni repisas porque puede que en un futuro su venta inteligente les permita salir de las deudas con tarjetas de crédito, y hasta les sobre para ir de viaje a Roma o Madrid. Así, su suerte sería mejor que la de Juan Gutenberg, inventor de la imprenta que permitió la trasmisión masiva, y barata, del conocimiento, pero que murió arruinado en Maguncia, Alemania, en 1468. Mas, por mucho, la principal razón para procurar conservarlas es la satisfacción que no pocas de ellas aportan a nuestras vidas.

El autor es economista.