Linda Krueger. 19 enero

NUEVA YORK– En octubre, representantes de los 196 países miembros del Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB) de las Naciones Unidas se reunirán en Kunming, China, para afinar los detalles de un nuevo Marco Global por la Biodiversidad.

Como el Acuerdo de París del 2015, este nuevo pacto marcaría un punto de inflexión en el modo como nos relacionamos con la naturaleza.

Pero quienes fomentan la protección de la biodiversidad deben aprender una lección de los activistas por el clima. La acción climática global cobró impulso solo después de que quedara claro que el problema iba mucho más allá del medio ambiente y que requeriría una transformación del transporte, la energía, la agricultura, la infraestructura y muchos sectores de la industria.

De manera similar, la veloz pérdida de biodiversidad de la que hoy somos testigos va mucho más allá de la naturaleza. El colapso de ecosistemas amenazará el bienestar y el sustento de cada uno de los habitantes del planeta. En consecuencia, el CDB debe avanzar superando las nociones tradicionales de “conservación” para involucrar a todos los sectores pertinentes de la economía y la sociedad civil.

Desde su creación, tras la Cumbre por la Tierra en Río en 1992, el CDB ha tenido en gran parte éxito en fomentar que los países creen nuevas áreas protegidas, de manera que hoy cerca de un 15 % del área terrestre global se encuentra bajo algún tipo de designación protegida (aunque en el caso de las áreas marinas es mucho menor). Sin embargo, a pesar de su relativo éxito, la pérdida de biodiversidad ha continuado, lo cual sugiere que la creación de refugios naturales es necesaria, pero no suficiente. Para ralentizar y detener el rápido declive de especies y hábitats, debemos abordar el modo en que las sociedades humanas manejan los paisajes terrestres y marinos y los recursos que extraen de ellos.

Tal como están las cosas, la totalidad de nuestros incentivos económicos apunta a fomentar actividades que generan pérdida de la biodiversidad. La agricultura, la infraestructura y las áreas urbanas se están expandiendo rápidamente, al igual que industrias extractivas como la forestal, minera y pesquera. Además de afectar paisajes directamente, estas prácticas perturban hábitats naturales y degradan áreas mucho más extensas al crear puntos para caza ilegal, tala de bosques y otras actividades. Los contaminantes, vertidos y el uso de agua con fines agrícolas e industriales causan todavía más daños.

Apenas un 5 % de la superficie terrestre del planeta se mantiene inalterada por las actividades humanas, y es probable que esa proporción se siga reduciendo, a menos que instituyamos cambios pronto. Un estudio del 2015 llevado a cabo por científicos de The Nature Conservancy llegó a la conclusión de que, de mantenerse las tendencias actuales, la construcción de carreteras y la infraestructura energética (incluidas las renovables), en conjunto con la minería y la agricultura, se duplicará la conversión de las áreas silvestres intactas restantes en Sudamérica y se triplicarán las tierras convertidas en África para el 2050.

La responsabilidad de proteger el mundo natural ha caído tradicionalmente sobre los ministerios del medioambiente, los administradores de parques y los conservacionistas, todos los cuales estarán en la mesa de negociaciones este año. Pero, para ser verdaderamente transformativo, el Marco Global por la Biodiversidad también debe involucrar a autoridades de los sectores financiero, de la planificación, del transporte, energético y agrícola, especialmente aquellos con el prestigio y el poder de promover cambios en economías enteras.

Por ejemplo, los ministros de agricultura son esenciales para mantener hábitats naturales y proteger corredores de biodiversidad para polinizadores y demás vida silvestre. Para ralentizar la conversión de hábitats, los Gobiernos pueden condicionar los subsidios agrícolas a consideraciones ambientales y exigir a las empresas agrícolas extranjeras que demuestren que las importaciones se producen sin afectar negativamente hábitats naturales.

De manera similar, la generación de energía, el transporte y la infraestructura son todos grandes factores causantes de la pérdida de biodiversidad, lo que exige medidas de planificación más sólidas e iniciativas de mitigación por parte de una variedad de ministerios, no solo aquellos a cargo de la conservación. Ya sea por normativas o incentivos, los Gobiernos deben hacer más para minimizar el impacto de estas actividades sobre la naturaleza. Y cuando sea imposible evitar estos efectos, se debería exigir que los proyectos compensen la pérdida de biodiversidad invirtiendo en reforestación o recuperación de tierras deforestadas. Para tal fin, el nuevo marco deberá establecer pautas acerca de cómo sectores específicos pueden mejorar con el tiempo.

Para asegurar una rendición de cuentas y transparencia reales, es necesaria una agenda clara. Pero ¿de qué, específicamente, deberían ser responsables los países? The Nature Conservancy ha propuesto un indicador basado en la “ganancia neta para la naturaleza”, que permitiría a las partes mostrar las mejoras logradas año tras año en el estado de los hábitats naturales y de la biodiversidad dentro de paisajes de producción como los terrenos agrícolas.

Está claro que este tipo de indicador es más difícil de medir que referencias estándar como la superficie protegida. Pero con las nuevas tecnologías espaciales de bajo costo, como los sistemas de posicionamiento global (GPS), los sistemas de información geográfica (GIS) y la detección remota, los datos necesarios para medir el grado de avance están a nuestro alcance. Idealmente, tendríamos que evaluar las condiciones de cada hábitat a una escala global, haciéndonos una idea detallada de todos los ecosistemas. Y con estos datos podríamos monitorear los avances por país, ecorregión o bioma.

Salvar la naturaleza no es tarea solo del Gobierno, sino que debe ser un esfuerzo de toda la sociedad. Incluso si dispusieran de leyes y órganos de supervisión óptimos, probablemente los Estados no podrían eliminar todos los factores principales de la pérdida de biodiversidad. Será esencial el apoyo de las empresas, los gobiernos locales, las comunidades indígenas, los grupos de la sociedad civil y las organizaciones religiosas. Un enfoque por sectores que apoyara las “ganancias netas para la naturaleza” podría ser una plataforma mediante la cual todos los actores manifestaran compromisos voluntarios que apunten al logro de nuestros objetivos mayores.

La comunidad internacional tiene menos de un año para negociar un marco de trabajo capaz de transformar nuestra relación con la naturaleza. Si los Gobiernos desean que la reunión del CDB en Kunming sea un punto de inflexión, tendrán que comprometerse a la exigente tarea de actualizar los modos como manejamos nuestros recursos terrestres y marinos en todas las etapas de extracción, producción y consumo. Eso solo puede ocurrir si los negociadores reconocen que el Marco por la Diversidad Global no es solo un asunto para los ambientalistas.

Linda Krueger: asesora de políticas sénior de The Nature Conservancy.

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