Jacques Sagot. 4 octubre, 2019

Parece mentira que, enfrascado como está en la eterna gresca de los sindicatos contra el gobierno, el país no se haya percatado de cuál es el verdadero, el más grave, el más temible monstruo que lo acecha.

No es la reforma fiscal, no. No es la contratación de un nuevo técnico para la Selección. No es el derrape moral del poder judicial, que nos ha dejado en estado de orfandad ética. Todas esas causes célèbres son relevantes, claro está, pero no tan apremiantes como el cáncer vertiginosamente metastásico que se extiende a todos los estratos de nuestra urdimbre social.

Costarricenses: abortemos, conjuremos, drenemos esta terrible tumoración social cuando aún es posible hacerlo sin desatar una guerra intestina. Es un monstruo tentacular, proliferante. Hay que atacarlo desde todos los ángulos concebibles.

Me refiero al flagelo del narcotráfico. Estamos en proceso de convertirnos en un narco-Estado. De poco sirvió —tal es nuestro grado de amnesia histórica— el descenso a los infiernos vivido en Colombia durante la época de Pablo Escobar, sus secuaces y sus enemigos en el trasiego de la droga.

Periodistas asesinados, procuradores asesinados, fiscales asesinados, contralores asesinados, diplomáticos asesinados, investigadores asesinados, directores de periódicos asesinados (el gran Guillermo Cano), candidatos a la presidencia asesinados (Luis Carlos Galán), civiles asesinados, observadores internacionales asesinados, un avión de Avianca reducido a escombros y 110 muertos por saldo, coches bomba ubicados por centenares en las esquinas de la ciudad, camiones bomba capaces de incinerar una cuadra entera, sicarios por doquier, ráfagas de metralla que eran como la estentórea carcajada de la muerte.

Todo eso lo ha olvidado, Costa Rica. Es lo propio de nuestro temperamento colectivo. Quiero decirlo en do mayor y compás de cuatro por cuatro: en mi sentir, hoy, el país no enfrenta enemigo mayor que el narcotráfico. Nada demanda tanto nuestra vigilancia, prevención y reacción proactiva como esta tenebrosa patología social.

Usted, lector, que me honra en este momento con su atención, debe saber que su sofá, su sala, su casa están inscritos dentro de una cartografía, un mapeo en el cual ya todo el país es feudo, sea de uno o de otro narcotraficante. Son tremendamente territoriales e implacables en la defensa y expansión de sus dominios.

Estamos tomados desde la médula de los huesos hasta las uñas y el cabello por este atroz, proliferante carcinoma. Sin saberlo, ocupamos todos, sin excepción, un lugar que ya ha sido asignado a alguno de estos criminales. Desgraciadamente, la geografía no nos ayuda: estamos en la línea directa del transporte de cocaína, como el intermediario ideal para hacer llegar el veneno a su destino, allá en el norte.

Narcotismo. Resulta gravísimo que nos hayamos acostumbrado a las vendettas y los ajusticiamientos, que este tipo de atrocidades se hayan trivializado, que ni siquiera susciten asombro y apenas ocupen ya algún titular periodístico.

Hemos cometido el error de banalizar —a punta de consuetudinarias— la barbarie y la violencia. El crimen de Colima, perpetrado el 23 de diciembre de 1951 en un cafetal de Tibás (dos muertos), conmocionó a toda la nación, soliviantó a la ciudadanía, dio lugar a una masiva cobertura periodística y a diversos estudios criminológicos y jurídicos: se convirtió en una verdadera leyenda urbana.

Setiembre, que recién terminó, vio 47 homicidios, y nosotros ni siquiera nos inmutamos. La verdad, ¿por qué habríamos de inmutarnos? ¿No tiene ya la Selección de Fútbol un nuevo, flamante técnico, y no basta este hecho para sumirnos en la beatitud, nosotros, ingenuas criaturitas de Dios, que no ven la mano que ya afila sus garras para asestarnos el zarpazo ultimador?

No hay más que una manera de combatir la criminalidad: invirtiendo en el ser humano. Educando. ¿Qué es educar? Generar conciencia, pensamiento crítico, cimentar una axiología ética, estimular la capacidad de análisis, darles a las personas los instrumentos intelectuales necesarios para elegir entre el bien y el mal —suponiendo, como fundamento universal, que malo será todo aquello que hiera al ser humano en su integridad física y psíquica—.

Decía Platón que el origen de todo mal radicaba en la ignorancia. No significaba con ello que la persona carente de escolaridad sea inherentemente mala, sino que, en el fondo de la maldad, se esconde siempre un razonamiento incorrecto, un modo de ver la vida incorrecto, una manera de buscar el bien personal por sobre el bien común (el bonum commune de Tomás de Aquino) que, por egoísta y miope, termina por conspirar contra sí misma.

Porque en esto consiste el gran error del criminal: en creer que puede herir a la sociedad sin destruir, a largo plazo, su propio “paraíso”. Todo lo que le infligimos al mundo, nos lo infligimos a nosotros mismos. Pero de eso hay que tener conciencia, y no otra es —repito— la función primordial de la educación y la cultura.

El 2 de diciembre de 1993 fue abatido Pablo Escobar, el Zar de la Coca, el Duro, el Capo, Don Pablo, el padre del narcoterrorismo, con sus $25.000 millones, uno de los diez hombres más ricos del mundo.

Armas eficaces. Cierto: la estocada final fue asestada por el Bloque de Búsqueda de la Policía Nacional de Colombia, asistida por el Cuerpo Antidrogas de los Estados Unidos y con tecnología de rastreo francesa y británica.

Pero lo que mucha gente no sabe es que el imperio de Escobar ya había sido socavado por el alcalde de Medellín, quien, siguiendo una iniciativa puesta en práctica años antes por la sociedad civil de Bogotá, había iniciado en el corazón mismo de Santo Domingo un programa de creación de bibliotecas ultramodernas, de parques culturales, de orquestas y bandas sinfónicas, de grupos de danza y de teatro populares, de escuelas y academias que hacía mucho ya habían generado en la comunidad un sentido de responsabilidad social e histórica.

Este es el modelo que debemos emular. Este, y no otro. Aprendamos de quienes han sido exitosos, no de los demagogos y los vendedores de quick fixes, de soluciones rápidas y efectistas, que no es lo mismo que eficaces.

El arte, la belleza, el pensamiento, el culto de lo excelso pueden constituirse en armas invaluables en nuestra lucha contra el narcoterror. No fue ante el embate de las ballestas hebreas que cayeron las murallas de Jericó, sino al son fragoroso de los shofares (trompetas de cuerno de carnero): la música, como todas las artes, tiene un insospechado, tremendo poder de infiltración ideológica y de subversión.

Un verso, una canción pueden traerse abajo un imperio. Recuerden ustedes lo que decía Victor Hugo: “No hay nada en el mundo tan fuerte como una idea cuando le llega su momento”. Por eso, los tiranos del mundo entero les temen tanto a los artistas, a los creadores, y, por ello, lo primero que hacen es enmudecerlos, exiliarlos, asesinarlos, sobornarlos y siempre fiscalizarlos, vigilarlos. Su temor no es infundado.

Costarricenses: abortemos, conjuremos, drenemos esta terrible tumoración social cuando aún es posible hacerlo sin desatar una guerra intestina. El comercio de la droga genera más réditos que la industria textil, que Hollywood, que la construcción y venta de armas, que el PIB de toda África. Es un monstruo tentacular, proliferante. Hay que atacarlo desde todos los ángulos concebibles.

Jamás había el ser humano inventado una máquina del dolor y la miseria tan siniestramente eficaz. Hagamos a un lado nuestros disensos internos en otras áreas de la cultura y seamos una sola voz, una sola voluntad, un solo músculo para torcerle el pescuezo a esta moderna Hidra de Lerna.

El autor es pianista y escritor.