Iván Molina JIménez. 11 mayo, 2019

A mediados de diciembre de 1932, como parte de las informaciones especiales de la época de Navidad, el diario La Tribuna publicó un amplio reportaje sobre el día laboral del presidente de la República, en ese entonces Ricardo Jiménez Oreamuno (1859-1945), quien ocupaba el cargo por tercera vez.

De acuerdo con el reportero (probablemente José Joaquín Vargas Coto), la prensa solía “consignar de vez en vez noticias de que el jefe del Estado" había asistido “a un banquete”, presidido un baile, había estado en una recepción, visitó una ciudad o una villa, o pasaba una temporada en un lugar determinado.

Tales informaciones, en opinión del periodista, daban una visión distorsionada del quehacer del presidente, cuya vida estaba “llena de preocupaciones” y debía cumplir con una jornada “fatigante”, dado que laboraba todos los días del año, desde el primero de enero hasta el 31 de diciembre.

Horario. Jiménez, según el reportaje, empezaba sus labores a las siete de la mañana y “a esa hora ya se ha bañado, desayunado y vestido”. A diferencia del finquero que estaba "a caballo, respirando el libre aire de los campos” y del pescador que miraba "los amplios horizontes del mar”, el presidente, “perfectamente afeitado, con su cuello duro, el nudo de la corbata hecho, saco y chaleco”, tenía que “sentarse a leer la correspondencia” que le esperaba en su despacho.

Seguidamente, y durante unas dos horas, revisaba “los primeros informes" de lo que había ocurrido en el país durante la noche, se enteraba de lo que decían los periódicos, sentía la amargura del ataque de sus censores o de sus enemigos o el dolor de las incorrecciones de sus empleados.

Acerca de esto último, el reportero fue claro en indicar que, “casi no hay día en la vida de la república, en que el periódico, el correo o el telégrafo no lleven hasta el presidente una censura, un ataque, una queja, una denuncia, una petición, un ruego o el enredo de un chisme de baja ley”.

Hacia el mediodía, Jiménez se retiraba a su casa para almorzar; a la una de la tarde, estaba otra vez en el despacho, donde permanecía hasta las siete de la noche, cuando regresaba a su vivienda para comer. Volvía a la oficina una hora después y trabajaba hasta la diez y media de la noche.

Intervención. Durante su jornada laboral, el presidente debía dedicar tiempo a todos los que lo visitaban, en promedio unos veinte individuos diariamente. Algunos iban “a saludarlo simplemente; otros a tratar un negocio; otros a exponer planes; otros a formalizar ofertas de negocios con el Estado o de realización de obras. Pero sobre todo, a pedir empleo”.

Resaltar el asunto de la falta de trabajo no fue una casualidad. A finales de 1932, Costa Rica experimentaba los efectos de la crisis económica mundial de entonces, lo que supuso un incremento en el desempleo y la pobreza.

Fue en ese contexto que Jiménez, un político liberal no aferrado a esa ideología, impulsó políticas para fijar salarios mínimos, controlar el precio de los víveres e incrementar el empleo mediante un activo programa de construcción de obras públicas.

Aunque Leo R. Sack, representante diplomático de Estados Unidos en San José, criticó al presidente por no profundizar más la intervención estatal, lo cierto es que la administración de Jiménez empezó a aplicar en Costa Rica medidas similares a las que Franklin D. Roosevelt impulsaba en Estados Unidos, conocidas como New Deal.

De hecho, en mayo de 1935, el ministro de Educación Pública, Teodoro Picado, señaló que en 1934, mientras en Estados Unidos se cerraban miles de escuelas, con el correspondiente despido de los maestros, en Costa Rica se abrieron más planteles escolares y se contrataron más educadores.

Visitantes. Entre los visitantes que recibía Jiménez, algunos eran, según el reportero, “muy curiosos": llegaban a aconsejarlo sobre el mejor medio que podría encontrarse para pagar rápidamente la deuda exterior; otros, acerca de la forma de detener las doctrinas comunistas; otros le llegaban con números, cuadros y estadísticas para la resolución de la crisis económica.

También estaban “los belicosos”, quienes proponían al presidente “una reforma general del país para transformarlo en potencia militar de tan grueso calibre que nos temerían desde Colombia hasta México”.

Igualmente, lo visitaban los “secos”, quienes —inspirados en el ejemplo de Estados Unidos— impulsaban un proyecto para prohibir el consumo de alcohol en el país; y los “unionistas”, con un plan que no fallaba para que en dos días quedara hecha la unión centroamericana con Jiménez de presidente y San José por capital.

Tampoco faltaba el compositor musical que le presentaba al mandatario su última sinfonía, se la dedicaba y si se estaba mucho (en el despacho), se la silbaba, se la cantaba o se la tocaba si encontraba un piano.

Algunos consultaban al presidente sobre asuntos técnicos, como lo hizo por telegrama el vecino de algún lugar, quien escribió: “Quiero conectar con la cañería un tubo de cuatro pulgadas; dígame qué debo hacer”.

Personales. Quizá la experiencia acumulada a lo largo de su vida (Jiménez cumplió 73 años en 1932), su fama de persona culta y su presencia mediática que lo convirtió en unos de los políticos más conocidos del país, contribuyeron a que fuera visto como alguien a quien se podía confiar asuntos personales.

En tales circunstancias se explica que hubiera quienes, según el reportero, iban a hablarle al jefe del Estado de lo mal que les había ido en el matrimonio; de la última enfermedad habida en la casa; de cómo se enamoró, se casó y le nació el primer hijo.

Hubo un ciudadano que “le escribió una larga y sentida carta de tres pliegos para darle cuenta de cómo el destino se complacía en mortificarlo: que hacía dos días, al llegar a la casa, se había encontrado con que la mujer se le había ido con un polaco" de los que vendían a crédito.

Lectura. Sin importar dónde estuviera el presidente, allí, según anotó el reportero, le llegaba el trabajo, ya fuera en la forma de un interlocutor, un “mensajero con un despacho”, un memorial, una carta o “la última ley del Congreso sometida a su aprobación”.

Jiménez rara vez asistía al teatro y dos o tres veces al mes salía “a tomar aire cuando la tarde o la mañana" eran propicias; en contraste, dedicaba todo el tiempo que podía a leer: “Repasa sus autores favoritos y las obras nuevas: política, finanzas, movimientos sociales, algo de filosofía y literatura: pocas novelas, más crónicas, algunos libros de versos y mucha historia”.

A pesar de los cambios ocurridos en el país desde la década de 1930, que han llevado a una creciente profesionalización del despacho presidencial, el día laboral de los mandatarios mantiene algunas de las características descritas en el reportaje navideño de 1932.

De las innovaciones principales experimentadas por ese despacho después de 1950, cabe destacar tres: los viajes del presidente al exterior, los Consejos de Gobierno semanales y el papel cada vez más protagónico asumido por las mujeres, en particular por vicepresidentas, ministras y primeras damas.

El autor es historiador.