Eduardo Ulibarri. 16 noviembre

El 30 de setiembre de 1969 un grupo de profesionales costarricenses constituyó una asociación privada sin fines de lucro, dedicada a investigar y “promover la ciencia, las artes y la tecnología”. Su nombre: Academia de Centroamérica.

Durante los 50 años transcurridos desde entonces, la institución ha respetado y superado ese mandato, con independencia, rigor intelectual, actitud visionaria, solidez organizativa y apertura a diversas visiones e ideas. Se ha convertido en un referente indispensable de la investigación y el análisis socioeconómico en Costa Rica, en eje de relevantes discusiones sobre nuestro desarrollo, formadora de jóvenes economistas y generadora de propuestas para la adopción de políticas públicas.

El pasado viernes la Academia celebró oficialmente su aniversario, junto con un público numeroso y plural; rindió homenaje a sus fundadores, presentó dos publicaciones conmemorativas y sirvió de marco para que la costarricense Rebeca Grynspan, secretaria general de la Secretaría General Iberoamericana (Segib), reflexionara sobre Costa Rica y América Latina ante las grandes tendencias contemporáneas.

Convicción y pragmatismo. Sin desdeñar los marcos teóricos, orientaciones sistémicas o anclajes doctrinarios, la convicción implícita de la Academia ha sido que la unidad básica y destino más legítimo del quehacer político, económico y social son los seres humanos. Porque hasta las fuerzas y tendencias históricas más envolventes, y en apariencia impersonales o dotadas de vida propia, en última instancia, se remiten a la gente.

Esta actitud ha sido una vacuna contra el dogmatismo y un incentivo para practicar un pragmatismo asentado en valores y convicciones de amplio espectro.

Surgida en medio de las disputas ideológicas características de la segunda mitad del siglo XX, la Academia participó vigorosamente en ellas, pero con apego a la razón, el respeto mutuo y la evidencia empírica como guías para observar, describir, entender, explicar y proponer. Es una institución afincada en el valor de la libertad y consciente de que esta plantea derechos irrenunciables y responsabilidades impostergables, pero cambiantes según las coyunturas.

Se adhiere a la economía social de mercado porque, en sus diversas vertientes, ha demostrado ser la mejor opción para generar y distribuir riqueza. Ha rechazado el estatismo económico no por dogma, sino por su ineficacia y distorsiones, pero reconoce el papel normativo, estratégico y regulador del Estado, así como la necesidad de que sea eficaz, eficiente y transparente. Y considera que la democracia, nunca perfecta y siempre enfrentada a riesgos, es el mejor sistema de gobierno.

Aunque no se manifiesta institucionalmente, la Academia hace lo posible por que los aportes de sus asociados, reflejados en sus estudios y publicaciones, se divulguen más allá de los sectores especializados e impacten en el debate nacional. Esta marcada vocación comunicativa ha sido clave para incidir en el quehacer político y gubernamental.

Muchos de sus miembros han ocupado relevantes posiciones en el sector público y privado, y han sido mentores de nuevas generaciones de economistas, desde la cátedra universitaria, las investigaciones, los talleres de capacitación y un programa impulsado por Claudio González —uno de los fundadores—, que en la década de los ochenta permitió a 32 jóvenes obtener maestrías y doctorados en Ohio State University. Entre ellos está el ministro de Hacienda designado.

Su multifuncionalidad hace que la Academia, un auténtico centro de pensamiento o think tank, no calce en el modelo típico de un instituto de investigación o enseñanza. Sin embargo, cumple fielmente, desde sus dimensiones y posibilidades, con las funciones atribuidas por el filósofo y científico argentino Mario Bunge a “la buena universidad moderna”: producir y transmitir conocimientos, cultivar intelectos, suscitar debates (problematizar, no dogmatizar), proponer soluciones a problemas prácticos de la realidad circundante y renovarse sin cesar.

Origen y motores. El origen de la Academia tuvo rasgos circunstanciales, pero su desarrollo ha sido sistémico. A finales de la década de los sesenta, con la Alianza para el Progreso en pleno ímpetu, la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID, por sus siglas en inglés), de Estados Unidos, deseaba apoyar la modernización económica de Costa Rica. Para hacerlo, necesitaba partir de investigaciones que guiaran sus propuestas y la eventual asignación de recursos, con marcado interés en la agricultura. Su director en el país, Lawrence Harrison, propuso entonces a varios profesionales costarricenses, la mayoría economistas, establecer una entidad que sirviera como eje para explorar diversas dimensiones del desarrollo. Así, surgió la Academia.

Pero sus fundadores no se conformaron con investigar y rendir informes técnicos a la AID; crearon un centro de diálogo y discusión más amplio, afincado en el respeto a la diversidad de saberes y opiniones, el gusto por el intercambio intelectual y el rigor al evaluar resultados y diseñar propuestas. Tal guía pronto se convirtió en un método que la ha acompañado desde entonces y es componente esencial de su identidad y quehacer.

En una entrevista que le hice recientemente, Ottón Solís, quien a lo largo de su carrera intelectual y pública ha tenido más de una discrepancia con ella, la calificó con estas palabras: “Si solo pudiera decir una palabra sobre la Academia, sería respeto”. Desde otra acera, Anabel González, exministra de Comercio Exterior, la definió como “guía intelectual de Costa Rica”.

Junto al análisis racional basado en grandes principios, la Academia —o, más bien, sus asociados— ha tomado en cuenta, como planteó lúcidamente Isaiah Berlin, que, al pasar de los conocimientos a las decisiones, es frecuente que surjan conflictos entre fines o valores. Por esto, la adopción y ejecución de políticas públicas es, en gran medida, un ejercicio permanente de balances y compromisos; es decir, de pragmatismo.

Focos cambiantes. Los temas abordados por la Academia y sus miembros han sido múltiples, pero es posible agruparlos en seis grandes ejes:

1. La participación de Costa Rica en la integración económica centroamericana, de particular importancia durante sus inicios.

2. El análisis de la pobreza, un interés recurrente desde que, en 1977, los fundadores Claudio González, Víctor Hugo Céspedes y Alberto di Mare publicaron el primer estudio sobre el tema.

3. El estímulo del debate y el planteamiento de opciones, a finales de la década de los setenta, sobre el modelo de desarrollo basado en la sustitución de importaciones, que presentaba marcados síntomas de fatiga.

4. El impulso a las medidas, primero de estabilización y luego de apertura y reforma económica, vitales para conjurar la crisis socioeconómica de los ochenta, mantener la cohesión social y abrir el camino a una nueva estrategia de desarrollo nacional.

5. El acompañamiento de la reforma financiera a mediados de la década de los noventa, a la que han seguido otros planteamientos e investigaciones sobre el sistema financiero nacional.

6. La discusión sobre los acuerdos de libre comercio, con énfasis en el TLC entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana, y el Acuerdo de Asociación entre Centroamérica y la Unión Europea.

Hoy, otros desafíos, tendencias o coyunturas reclaman investigación, análisis, propuestas y discusión. Entre ellos están la baja productividad de los sectores público y privado; los límites a la competencia que frenan el crecimiento; el cambio climático, con sus dimensiones múltiples; las variantes dinámicas del comercio internacional; la evolución demográfica y su relevancia para la educación, el trabajo, la salud y los sistemas de pensiones; las transformaciones tecnológicas, con impacto múltiple en los ámbitos productivo, laboral y educativo. La mayoría de ellos han sido abordados por una serie de seminarios organizados para celebrar los 50 años de la Academia, pero seguirán investigaciones más profundas.

El 8 de mayo de este año, durante un homenaje que le rindió a la Academia la Escuela de Economía de la Universidad de Costa Rica, Eduardo Lizano, otro fundador y actual presidente, utilizó estas palabras para resaltar el compromiso de la institución con el análisis de las políticas públicas:

En ciertos casos, cumple la función de vigilante sobre algunas de esas políticas; en otros, plantea posibilidades y alternativas para enfrentar los problemas nacionales. Esta ruta la mantendrá hacia el futuro.

Coincide, asimismo, con la ruta trazada por los firmantes de su acta constitutiva: además de los ya mencionados, José Miguel Alfaro, Álvaro Cordero, Álvaro Hernández, Carlos Mas, Alberto Raven, Miguel Ángel Rodríguez, Carlos Sáenz, Fernando Trejos y Cecilia Valverde.

Su trayectoria de 50 años ofrece razones de sobra para celebrar sus logros y confiar en que la Academia seguirá explorando horizontes, proponiendo ideas y marcando huellas con racionalidad, rigor, apertura y vocación de servicio público.

El autor es periodista.