Helena María Fonseca Ospina. 6 abril

La tolerancia es una actitud de profundo respeto hacia las otras personas. Un respeto por la diferencia. Una manifestación de madurez humana. Las personas discrepamos, podemos no estar de acuerdo con un tema o comportamiento.

No se comprende la libertad cuando pretendemos que todos piensen o estén de acuerdo con nosotros. La realidad es plural.

El ser tolerante no es algo que se improvisa. Hacen falta fuertes convencimientos que sostengan esa decisión, señala el filósofo español Miguel Ángel Martí García.

Quizás llegamos a las convicciones porque las verdades se viven y nos comprometen. No toleramos nuestras vivencias, las aceptamos.

Se dice que la cultura es la puerta a la apertura. En la ignorancia no se entiende ni comprende. El saber, en el sentido filosófico, da al hombre pondus (peso), lo que le proporciona acierto en su relación con las personas y las cosas.

El intolerante impone. El tolerante propone. La descalificación y el enfrentamiento no enriquecen, empobrecen. Mediar y conciliar acerca la verdad con lentes y conexiones distintas. La cultura une porque comprende la realidad. No relativiza. Es reflexiva. Tiene memoria. Detrás de la simplificación y categorización hay mucha arrogancia e ignorancia. La tolerancia y la ignorancia no navegan bien. La tolerancia va unida a la cultura.

La tolerancia es un valor y como tal tiene un carácter público y social. Sin embargo, tolerar todo lleva al caos. Existen unos derechos fundamentales, como la vida y la integridad física, la casa y el trabajo, la familia y la educación responsable de los hijos, la libertad de conciencia y una fe religiosa.

El bien común exige el respeto a estos derechos. Las raíces de las sociedades son los valores éticos; son su patrimonio. Son garantía de convivencia social. No debemos tolerar el ataque contra estas convicciones. Es de justicia reconocerlas y, por ello, la injusticia no es tolerable.

La autora es administradora de negocios.