Víctor Valembois. 25 mayo

El 19 de mayo volvió a la carga, toda, con táctica tentacular, con explosivos y todo, mordaz como siempre, sentimental always (le gusta la mezcla trilingüe, no por pretencioso, sino porque dos veces docto doctor domina el español, el inglés le sale de los poros y su francés no es precisamente epidérmico).

Es “de pocos amigos” en todo sentido, pero estar entre los convidados representa un regalo sincero y artístico al más alto nivel; lo trato de frère Jacques, no por petulante ni pedante: la cancioncita aludida existe en varios idiomas y, aparte de la cáscara infantil juguetona, tiene un sabor de solidaridad.

Sí, lo leo cuando escribe y cuanto escribe. Es de un pulido verbal, exquisito léxico más allá de la ordinariez rebajante que invade todo. Ya en los años treinta, Yolanda Oreamuno, chiquilla de colegio, denunciaba en “El ambiente y los mitos tropicales” la atmósfera que prevalece en el entorno con gente que reduce el oxígeno vital a cuatro palabras, seis tópicos, bastante chisme, mucho rencor y envidia en pestífera paleta. Sus ideas: ¿Lanza en ristre?

¡Y dale otra vez, Jack el destripador (pero de su propia alma), en masoquismo pareciera! ¡Tenebroso título: “Mi corazón al desnudo”! Con olores y sabores cuenta sus penas: “Nací hemofílico y he aprendido a vivir con la amenaza atroz del sida desde que fui diagnosticado seropositivo hace 35 años”.

Quienes nos honramos con sus clases semanales conocemos todo eso porque en su amena conversación constituye el leitmotiv musical, elegía literaria, sagoteada. Sentimos que esas lacras precisamente han servido para un resultado de voluntad y perseverancia: gozamos el resultado, el anverso de tirar la esponja.

Aquel muchachito inválido proveniente de Hatillo, con unos padres más que maravillosos que no cesa de evocar, y siempre supersincero, agradece a Dios, ¡es símbolo de la lucha permanente, más de cinco décadas ya, por la subsistencia y la superación por el arte! Ese es el camino, más que toda esa parafernalia de potes, pastillas, pomadas, jeringas y jodedera que lo rodean las 24 horas, o casi.

¡Clases magistrales, las de Jacques Sagot, confirmo! Todos los miércoles a las siete (¡a veces hasta casi las diez!), siempre con un plato musical, haciendo al piano striptease de tal o cual damisela, en notables notas, hasta que quede chinga, en varios ejemplos del gran Schubert; después, con delicioso deleite verbal y salsa de pentagrama. De pronto impromptu, va vistiendo de nuevo la fermosa hermosura. Esas charlas, dialogadas y dinámicas, suelen ir con entrada o postre de algún magnífico cuento.

Mi título lo saco del “Queremos tanto a Julio”, campaña con la que García Márquez, Fuentes y otros más, entre ellos su editora catalana, le rindieron homenaje a Julio Cortázar.

El autor es educador.