Óscar Arias Sánchez. 19 octubre

El 1. ° de octubre conmemoramos el Día del Adulto Mayor. Iniciamos, así, un mes en que la humanidad nos invita a celebrar y reflexionar sobre esta etapa de la vida.

Celebrar este día es celebrar aquella parte en nosotros que descansa inmemorial en el centro de nuestras almas y que nos recuerda siempre que es en las raíces, más que en ninguna otra parte de la planta, en donde reside el secreto de la existencia.

En octubre, celebramos nuestras raíces. Nuestras raíces canosas y a veces encorvadas. Nuestras raíces temblorosas y a veces llenas de surcos. Las raíces que nos alimentan todos los días, las responsables de la savia que corre por nuestro cuerpo. Celebramos a los adultos mayores. Soy miembro orgulloso de este grupo, soy un adulto mayor. Soy un graduado de la vida, que es la escuela más difícil de todas, y desde la perspectiva que dan los años, las cosas se ven un poco más claras.

Cuando uno pasa los 65 años, deja de creer en ciertos ideales juveniles que no eran más que ensoñaciones, pero sigue creyendo en otros ideales humanos, que son por los que vale la pena luchar sin descanso.

Cuando uno pasa los 65 años, se da cuenta de que vivir es cambiar constantemente, sin dejar de ser quienes somos, pero sin permanecer atados a lo que fuimos.

Cuando uno pasa los 65 años, aprende que todo requiere esfuerzo, que nada nos llega sin trabajo y sacrificio, y que la mayor bendición es levantarse temprano y abrazar cada día como un regalo con el cual podemos hacer cosas mediocres o maravillosas. Pero, sobre todo, cuando uno pasa los 65 años, acepta el hecho de que nada es perfecto, y que, sin embargo, es posible ser feliz en esta tierra. Quizás esa sea una de las lecciones más importantes que nos dejan los años: la renuncia a los anhelos de perfección, sin por ello renunciar a nuestro derecho a luchar por una vida más hermosa para nuestros hijos y nuestros nietos. Ya lo decía Víctor Hugo, el gran escritor francés: “En los ojos de un joven, una llama puede arder; pero en los ojos de un anciano, uno puede ver la luz”.

Forjados por lo vivido. Las marcas de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu son producto de las experiencias que hemos acumulado en la vida. En mi caso, cada cicatriz que tengo en las rodillas, la obtuve jugando con mis hermanos en nuestra casa en San Francisco de Heredia, o con mis compañeros en la escuela República Argentina. Cada cana que tengo en la cabeza, es producto de un momento de mucho dolor o alegría en mi vida. Algunas las debo al honor de haberle servido a Costa Rica en dos oportunidades como su presidente; otras las debo al privilegio de ser padre de dos hijos a los que adoro.

También nos decía Víctor Hugo que el tiempo pone, con las canas, una corona venerable sobre la cabeza. Yo veo a los adultos mayores de nuestro país coronados por una vida llena de experiencias y de historias, de hijos y de amigos, de ideas y de palabras.

Nosotros, los adultos mayores, no debemos sentirnos avergonzados si nuestro paso es más lento que el de los jóvenes, si nuestro pulso es menos firme, si nuestros ojos están más cansados. Porque esos rasgos son medallas que llevamos sobre nuestro cuerpo, por haber abierto los brazos al mundo. Esta vida fascinante, llena de rosas y de espinas, se exprime con los años. Los adultos mayores podemos decir que no hemos desperdiciado una sola gota de nuestras vidas.

Un poeta inglés decía que ningún verano ni ninguna primavera podían igualar la belleza de un rostro en otoño. Y yo lo sé porque desde siempre me he conmovido ante la presencia de un adulto mayor. Me he conmovido ante sus ojos húmedos detrás de un par de lentes bifocales; ante las líneas de sus mejillas que son como surcos en un campo dorado; ante la sonrisa que ilumina el semblante y nos brinda su luz desde la madrugada.

He visto muchas veces la belleza de una anciana contándoles cuentos a sus nietos. He visto la hermosura de un abuelo leyendo el periódico en la mecedora de la sala y la alegría de una pareja que celebra el 60 aniversario de su boda.

La ingratitud. Pero también he visto el dolor de una lágrima en un rostro otoñal. He visto la sombra del abandono apagar la luz de una cara anciana. He visto el sufrimiento de un adulto mayor enfermo que requiere atención inmediata. He visto a adultos mayores que hace muchos años se inclinaron para alzar en brazos a sus hijos, y hoy se inclinan para recibir insultos de parte de esos mismos hijos; padres que dieron todo por asegurar que sus familias tuvieran lo que quisieran, y hoy esas mismas familias les niegan las atenciones más básicas; abuelos y abuelas relegados al olvido, abandonados en una mecedora en una casa que nadie visita o en el cuarto de un hogar de ancianos.

Los adultos mayores somos la piedra en la base del edificio costarricense. Somos la raíz más profunda del árbol de nuestras vidas. Y si no somos capaces de cuidar esa raíz, y si maltratamos y olvidamos a quienes nos dieron el regalo de la existencia, no merecemos llamarnos una sociedad civilizada. Creo que este país les debe a sus adultos mayores una vejez acorde con sus sueños.

Algún escritor fantasioso se imaginó alguna vez un mundo en donde los seres humanos no tuvieran noción del transcurso del tiempo, en donde no existieran calendarios ni relojes ni fechas.

En ese mundo, todos ignoraban su edad y, como consecuencia, el pelo blanco era tan solo un tipo de cabellera, igual que la negra o la café; las arrugas eran simples rasgos, como los lunares o las manchas; y el arrastrar de los pies, apenas una forma de caminar. Era un mundo en donde la discriminación por la edad no era posible porque la edad no existía.

Vivir y partir en paz. Estamos muy lejos de vivir en una sociedad como esa. Pero podemos intentar hacer realidad la fantasía de ese escritor y recordar que, más allá de cualquier rasgo físico, los adultos mayores somos personas idénticas al resto de la población, con aspiraciones y sueños, con intereses y ansiedades, con preocupaciones y problemas.

Podemos intentar hacer realidad esta fantasía, unos más pronto que otros, porque todos aspiramos a llegar a la vejez, y nos conviene hacer de esa estación la más hermosa de nuestra travesía.

Hay muchas personas que dan parte de su tiempo y de sus bienes para ayudar a las personas adultas mayores que lo necesitan. Cuando en mi segunda administración tomé la decisión de donar mi salario, no dudé ni un minuto en pedirle al Ministerio de Hacienda que lo girara a los hogares de ancianos con menos recursos. Son muchas sus carencias, y, por eso, les pido hoy que seamos generosos para aliviar las necesidades que padecen los adultos mayores.

Hoy, los invito a conversar con sus abuelos y abuelas. Los invito a darles un abrazo y recordarles lo mucho que los quieren. Los invito a aprender de su experiencia y sabiduría para que cuando llegue el final de sus días, y sean algunos de ustedes los adultos mayores en sus casas, puedan decir, como dijo Amado Nervo en una hermosa poesía: “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”.

El autor es expresidente de la República.