Daniel Zovatto. 11 enero

El reciente informe de Eurasia nos alerta de que “el mundo está entrando en una recesión geopolítica cada vez más profunda, con una falta de liderazgo global como resultado del unilateralismo estadounidense, una erosión de las alianzas lideradas por los Estados Unidos, una Rusia en declive que quiere socavar la estabilidad y la cohesión de los Estados Unidos y sus países aliados, y una China cada vez más empoderada bajo un liderazgo consolidado que está construyendo una alternativa competitiva en el escenario global” (Top Risks for 2020).

Como era de suponer, el tenso escenario geopolítico, agravado por las guerras comerciales y la falta de inversión, determina que la economía mundial, según cifras recientes del Banco Mundial, haya crecido en el 2019 a su menor ritmo desde que salió de la recesión: 2,4 %. La perspectiva para el 2020 es igualmente preocupante: 2,5 %.

La coyuntura regional exige una nueva agenda que ofrezca soluciones democráticas e innovadoras a los problemas de la democracia, para evitar una peligrosa escalada populista

En esta volátil coyuntura internacional cabe resaltar, por su impacto directo en nuestra región, el juicio político contra Donald Trump y la búsqueda de su reelección, el 3 de noviembre; las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China (de momento bajo control); la puesta en marcha del brexit; y el pulso entre Estados Unidos e Irán en Oriente Próximo, sin descartar la aparición de algún “cisne negro”.

Bajo crecimiento y crispación social. La región ingresa al 2020 en un escenario de “democracias irritadas”, caracterizado por enojo ciudadano, crispación social, malestar por la política y gobernabilidad compleja.

El crecimiento económico será mediocre: un 1,3 %, en promedio. De confirmarse este escenario, el septenio 2014-2020 será el de menor crecimiento en los últimos 40 años (Cepal, 2019). Existe una gran diversidad entre los países de la región. La tasa de crecimiento de América Central, como subregión, será un 2,6 % y la de Costa Rica ligeramente inferior al promedio centroamericano: 1,9 % (Cepal, 2019).

La agenda electoral será menos intensa que la de los últimos años, pero no por ello menos relevante. Habrá dos elecciones presidenciales: Bolivia (3 de mayo) y República Dominicana (17 de mayo).

Las elecciones bolivianas serán la repetición debido al fallido proceso electoral del 20 de octubre del 2019, cuyas graves irregularidades precipitaron una fuerte movilización ciudadana y un golpe de Estado disfrazado de “sugerencia”, que forzó la salida de Evo Morales y la llegada del gobierno interino de Jeanine Áñez.

El Movimiento al Socialismo (MAS) podrá participar, pero no Evo. La oposición al MAS —esta última fuerza aún no designa candidato— cuenta de momento con seis aspirantes, entre ellos los expresidentes Carlos Mesa y Jorge Quiroga, y los líderes cívicos Luis Fernando Camacho y Marco Pumari, y se diluye la unidad.

En República Dominicana, el oficialista Partido de la Liberación Dominicana (PLD), que lleva en el poder 16 años seguidos, tratará de continuar de la mano de su candidato Gonzalo Castillo. La fuerte disputa entre el presidente Danilo Medina y el exmandatario Leonel Fernández produjo la fractura del PLD y la candidatura presidencial de Fernández al frente del nuevo partido Fuerza del Pueblo, división que aumenta la posibilidad de un triunfo del opositor Partido Revolucionario Moderno (PRM), liderado por Luis Abinader.

La agenda la completan las elecciones extraordinarias para elegir a los miembros del Congreso peruano (26 de enero) y las legislativas venezolanas, dirigidas a renovar por completo la Asamblea Nacional.

En México, en 2 de los 32 estados habrá elecciones locales: Coahuila e Hidalgo. Costa Rica, República Dominicana, Uruguay, Paraguay y Brasil celebrarán elecciones municipales. Chile tendrá un año electoral intenso con un plebiscito, el 26 de abril, para decidir si los ciudadanos desean una nueva Constitución y bajo qué mecanismo. De ganar la opción del Sí, en octubre, junto con las elecciones locales y de gobernadores regionales, serán elegidos los constituyentes.

Año convulso. El 2020 se proyecta como otro año convulso para los gobiernos latinoamericanos, como podemos apreciar a la luz del “golpe al Parlamento”, ejecutado por el régimen autoritario de Maduro en contra de la oposición liderada por Juan Guaidó, el 5 de enero.

Las clases medias, muy descontentas con el statu quo, se sienten vulnerables y continuarán exigiendo más gasto social, reduciendo de este modo la capacidad de los gobiernos para tomar las medidas de ajuste que el FMI y los inversores privados les demandan para entregarles recursos frescos.

Por todo ello, la tendencia en la región será la de presidentes bajo fuertes presiones, malestar social, inestabilidad, gobernabilidad compleja, acelerado desgaste y ciclos electorales cortos.

Según el mapa de riesgo de inestabilidad de The Economist 2020, los países más vulnerables durante el presente año son —además de Venezuela— Nicaragua, Guatemala, Brasil, Honduras, Chile, México y Paraguay.

Qué hacer. Afrontar los “tiempos nublados” no será fácil. Los mandatarios —en su mayoría con bajos niveles de popularidad y en minoría en los Congresos— deberán concentrar su energía en oír mejor a sus ciudadanos, recuperar la confianza de sus sociedades y fortalecer la gobernabilidad.

Deberán, asimismo, hacer crecer sus economías, negociar un nuevo pacto social y responder, oportuna y eficazmente, a la presión proveniente de las clases medias que seguirán demandando, con fuerza y urgencia, bienes públicos universales de calidad y movilidad social.

Para alcanzar este objetivo, es preciso transitar hacia una democracia de nueva generación, de calidad y resiliente, que esté acompañada de un Estado moderno y transparente, una gobernanza eficaz, plena vigencia del Estado de derecho y un liderazgo cercano a la gente, comprometido con los valores democráticos y capacidad para gobernar sociedades complejas del siglo XXI.

La coyuntura regional exige una nueva agenda que ofrezca soluciones democráticas e innovadoras a los problemas de la democracia, para evitar una peligrosa escalada populista; una nueva agenda que, como acertadamente recomendaba Hirschman, permita “pensar en lo posible antes que en lo probable” y sirva de brújula para gobernar en tiempos de alta complejidad e incertidumbre.

El autor es director para América Latina de IDEA Internacional.