Chris Patten. 31 mayo

LONDRES– En mayo de hace treinta años, estaba en Pekín, en calidad de ministro de Desarrollo británico, para la reunión anual del Banco Asiático de Desarrollo. Pero lo que tuvo lugar en ese encuentro —incluida la presencia por primera vez de una delegación de Taiwán— fue opacado por lo que estaba sucediendo en la ciudad. Lo que pasó en China en 1989 sigue resonando profundamente hoy, sobre todo en Hong Kong.

Se suponía que el gran acontecimiento en Pekín a finales de mayo de ese año sería una visita estatal del líder soviético Mijaíl Gorbachov; las autoridades chinas estaban ávidas por mostrarle cómo un régimen comunista ordenado dirigía un gran país, en comparación con la disolución que ocurría en la Unión Soviética bajo la perestroika. Pero, como una gigantesca demostración inesperada de fuegos artificiales, ambas partes se toparon con una explosión casi festiva de ansias de libertad.

Impulsada por manifestaciones estudiantiles, gran parte de la población de Pekín parecía salir a las calles para reclamar mayor libertad y más responsabilidad democrática. La manifestación de poder popular se propagó a otras ciudades. Era exuberante y espontánea. Nadie —ni el régimen ni los manifestantes— parecían saber qué hacer a continuación.

¿Pero cómo un régimen puede confiar en la sustentabilidad de sus valores y métodos si tiene miedo de su propio pasado?

Como delegación de ministros de Desarrollo, nos reunimos con el secretario general del Partido Comunista —el reformista Zhao Ziyang—, quien expresó solidaridad con algunos de los argumentos y reclamos de los manifestantes. Ziyang luego fue a la plaza Tiananmén para decirles más o menos lo mismo a los estudiantes. Como suele suceder en los movimientos de protesta masivos, estaban divididos entre quienes consideraban que un acuerdo con las autoridades era una rendición y quienes creían que elegir libremente regresar al trabajo o a los estudios les garantizaría autoridad moral para el futuro.

Sabemos lo que sucedió después. A los defensores de línea dura de más edad en el liderazgo comunista los aterrorizaba la idea de perder el control, cosa que en efecto estaba sucediendo. Hicieron traer los tanques y el Ejército Popular de Liberación masacró a la gente que supuestamente debía proteger. Ningún incidente demuestra mejor la distinción crucial entre el Partido Comunista Chino (PCCh), ya no particularmente comunista, sino cada vez más leninista, y la gran civilización de China.

Al decir de los líderes comunistas chinos, el partido representa esa civilización de 4.000 años. No es así. ¿Quién fue responsable del asesinato de terratenientes después de la revolución comunista de 1949? ¿Quién tiene la culpa del Gran Salto Adelante y de la Gran Hambruna china? ¿Quién instigó la Revolución Cultural, con su concomitante violencia masiva?

No sorprende que el PCCh se haya esforzado tanto por extirpar la masacre de la plaza Tiananmén de la memoria pública. La historia —incluidos los horrores del régimen de Mao Zedong (Mao Tse-Tung)— es una sustancia demasiado volátil para la dictadura china.

No sorprende que el PCCh se haya esforzado tanto por extirpar la masacre de la plaza Tiananmén de la memoria pública. La historia —incluidos los horrores del régimen de Mao Zedong (Mao Tse-Tung)— es una sustancia demasiado volátil para la dictadura china. Los líderes de China defienden su sistema de gobierno como un modelo para otros países. ¿Pero cómo un régimen puede confiar en la sustentabilidad de sus valores y métodos si tiene miedo de su propio pasado?

Muchos de nosotros solíamos pensar que China, al volverse más rica y retomar un papel central en los asuntos mundiales, lenta, pero inevitablemente, abrazaría las mismas aspiraciones que la mayoría de las sociedades: una mayor responsabilidad, libertad para decir lo que uno piensa y un régimen de derecho del que son objeto todos, inclusive los más poderosos.

Sin embargo, el presidente Xi Jinping ha intentado enterrar esa idea al reafirmar el control del partido en cada aspecto de gobierno, encarcelando a abogados y activistas de derechos humanos, persiguiendo a grupos religiosos, poniendo en prisión a cientos de miles de uigures en campos de “reeducación” en la región de Xinjiang en China y profiriendo amenazas cada vez más belicosas contra Taiwán. Hemos visto el mismo retroceso en Hong Kong.

La China comunista firmó un tratado internacional para respetar el alto grado de autonomía, libertad y régimen de derecho de Hong Kong durante 50 años después de recuperar la soberanía de la ciudad en 1997. Durante más de diez años después de este traspaso, las cosas fueron bastante bien, aunque China incumplió algunas de sus promesas sobre un desarrollo democrático.

Hong Kong es diferente del continente. En esta ciudad todavía libre, por lo menos, la masacre de Tiananmén no se ha olvidado. Es de esperar que el gobierno de Hong Kong no intente procesar a los organizadores de la vigilia bajo cargos de conspiración.

Pero con la consolidación del poder absoluto de Xi, las cosas han cambiado. Más recientemente, se han utilizado acusaciones de orden público caducas para perseguir a activistas por la democracia en Hong Kong y silenciar el disenso. El gobierno local cada vez más parece recibir instrucciones del régimen de Pekín y sus activistas comunistas del Frente Unido local. La estrategia torpe del gobierno chino ha alimentado pedidos confusos, que nunca se habían oído cuando la ciudad estaba gobernada por una potencia colonial lejana, a favor de la independencia de Hong Kong.

El último golpe a la libertad e identidad de Hong Kong es la legislación propuesta por el gobierno local para permitir la extradición a China —una posibilidad que yo habría descartado hace apenas unos meses—. El gobierno sostiene, falazmente, que solo quiere cerrar un vacío legal. Pero la reticencia de Hong Kong hasta ahora a extraditar gente a China continental ha sido un muro cortafuegos crucial entre una ciudad sometida a un régimen de derecho y un país que es objeto de un régimen por ley, sin ninguna distinción real entre las Cortes, el liderazgo del partido y los servicios de seguridad.

Esta amenaza de cambio de la ley en materia de extradición ha llevado a protestas por parte de abogados, cámaras de comercio y una cantidad de Gobiernos. Un peligro, que ya se destacó en el Congreso de Estados Unidos, es que si Hong Kong es tratado como Shenzhen o Shanghái en este sentido, entonces también será tratado de la misma manera en términos de economía y comercio. Hong Kong debería hacer todo lo posible para no quedar atrapado en guerras comerciales entre China y Estados Unidos.

Sin embargo, Hong Kong es diferente del continente. En la noche del 4 de junio, como ha sucedido cada año desde 1990, más de 100.000 personas asistirán a una vigilia a la luz de las velas para celebrar el aniversario de la brutal represión de las manifestaciones de 1989 en Pekín. En esta ciudad todavía libre, por lo menos, la masacre de Tiananmén no se ha olvidado. Es de esperar que el gobierno de Hong Kong no intente procesar a los organizadores de la vigilia bajo cargos de conspiración.

Chris Patten: el último gobernador británico de Hong Kong y excomisionado para Asuntos Externos de la UE, es decano de la Universidad de Oxford.

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