Guiselly Mora. 3 agosto

El presidente, Carlos Alvarado, se asustó la semana pasada porque la Unión Costarricense de Cámaras y Asociaciones del Sector Empresarial Privado (Uccaep) “advirtió” de que la decisión del gobierno de abrir y cerrar la economía en tres fases podía conducir al colapso a las empresas pequeñas y medianas.

El argumento de los representantes de la Uccaep está basado en la dependencia de las ventas de agosto, especialmente del Día de la Madre, para el ahorro del dinero necesario para el pago de los aguinaldos.

Susto por ignorancia es como debe calificarse la reacción presidencial. Para el mandatario, los empresarios querían atemorizar a la población o al gobierno, pero de ninguna parte del comunicado de prensa se colige esa intención.

Advertir tiene cinco acepciones, una de ellas caída en desuso. La utilizada por la Uccaep es la segunda, como se lee en el Diccionario de la lengua española, a saber, “llamar la atención de alguien sobre algo, hacer notar u observar”.

Eso pretendían los empresarios, sencillamente. Llamar la atención sobre la realidad del país a fin de que el presidente cumpla el mandado constitucional de presentar las medidas para la buena marcha del gobierno y el progreso y bienestar de la nación. Buscar acuerdos, desatar nudos, como acostumbra a llamar Alvarado eufemísticamente los problemas.

La Uccaep buscaba que el presidente fijara su atención, reparara u observara —primera acepción de advertir— el riesgo para las pequeñas y medianas empresas de verse sin dinero a finales de año.

El comunicado de la Uccaep no muestra estridencia ni reclamo ofensivo. Alvarado lo tomó con dramatismo. Pero la crisis originada por la pandemia de la covid-19 no es drama, es una tragedia.

Tragedia es el título del himno cantado por los griegos cuando el chivo era degollado públicamente en las fiestas a Dionisio, como públicamente y con violencia fue detenido por la policía el dueño de una soda por supuestamente vender cerveza.

La preocupación por los aguinaldos es tan válida como la del gobierno por recuperar los ¢1,3 billones dejados de percibir a consecuencia de la caída en la recaudación de impuestos. Tan válida como la premura de quien perdió el empleo y desea recuperarlo.

Si hasta ahora muchos de quienes lanzan las malentendidas “advertencias” mantienen las empresas activas, es porque redujeron la planilla o sostienen a sus empleados a costa del sacrificio de inversiones, capital y gastos.

Aún recordamos el susto monumental experimentado por el país entero en diciembre del 2017 porque la administración no tenía fondos para pagar el aguinaldo a los funcionarios, y están frescas en nuestras mentes las carreras cuando en ese mismo mes tampoco había dinero para los salarios de la primera quincena. Al final a ningún empleado público se le quedó debiendo ni un cinco, a Dios gracias y al endeudamiento.

Sin duda las medidas puestas en práctica para mitigar la diseminación del virus merecen el respaldo de todos, pero un poco de comprensión y empatía, y menos cabriolas con el propósito de demonizar la fuente de los recursos estatales, sería un gesto de humanidad en grado sumo.

Y no olvidemos que, como manifestó Jacques Chirac, “el buen empleo del idioma contribuye a mejorar la calidad de vida”. Si era bueno para Francia, cuna de la Ilustración, más lo será para Costa Rica, donde la educación está por los suelos, y con ella la comprensión de lectura.

gmora@nacion.com

La autora es editora de Opinión de La Nación.