Thelmo Vargas. 15 abril

Días atrás, cuando visité el parque, recordé las viejas canchas de fútbol, en una de las cuales, siendo yo miembro de un equipo de rejuntados de Moravia, perdimos contra uno similar de Calle Blancos por un marcador de 6 a 1 (o no sé si fue 7 a 1 ).

El match, como se decía entonces, tuvo lugar en una cancha ubicada en la sección noroeste de La Sabana, pues, aprovechando la enseñanza del teorema de Pitágoras, en la diagonal NE-SO estaba la pista del entonces aeropuerto internacional de San José.

La cancha de fútbol de ingrato recuerdo ya no está. En su lugar, hay altos robles sabana, urucas, guanacastes. Los primeros, bellamente floreados, y los últimos, con nuevas hojas de color verde claro, signo de esperanza, anuncio del inicio de la primavera en el hemisferio norte y que a la Meseta Central de Costa Rica pronto llegarán las lluvias, que aportan agua para beber y alimentan la exuberante flora.

El Parque Metropolitano La Sabana, de más de 70 hectáreas, donado en 1783 por el sacerdote Manuel Antonio Chapuí, es un importante pulmón para la ciudad capital y centro de esparcimiento para los costarricenses. Es visitado por alrededor de 2 millones de personas al año, quienes practican atletismo, fútbol, natación, voleibol de arena, baloncesto, patinaje y otros, como yo, que, con un fresco sombrero tipo Panamá (producidos a mano en Ecuador) solo caminamos por sus senderos acompañados del agua de una pipa o de un granizado.

En La Sabana, la madre naturaleza hace su labor con pulcritud y belleza. Los árboles crecen y dan sombra; los yigüirros, comemaíces, pechos amarillos y jilgueros campanillas adornan el ambiente con sus aerodinámicos vuelos, lindos plumajes y variados cantos. El lago, recuerdo de uno que tiempo atrás existió allí, decora y refresca. También el Estadio Nacional, donación de China por solicitud de Óscar Arias, destaca por sus múltiples usos y moderna arquitectura.

Huella humana. Desafortunadamente, la obra del Homo sapiens deja allí un poco que desear. Demasiados rincones están abandonados. Al lado sur del bello edificio donde estuvo la torre de control del aeropuerto, que alberga hoy el Museo de Arte Costarricense, uno encuentra horribles paredes y restos de instalaciones deportivas, que roban belleza al parque.

Los senderos asfaltados presentan daños y algunos rincones, más de la cuenta, son utilizados como sucios basureros. No pocos vendedores ambulantes utilizan mesas de plywood podrido —quizá porque pueden dejarlas allí de un día para el otro sin temor a que se las roben— y en algunas zonas están tirados los troncos de árboles de eucalipto que fueron o van a ser sustituidos por especies autóctonas.

En La Sabana falta un sabanero. Alguien, ojalá algún descendiente de la familia Chapuí, diligente, que tenga a su cargo velar por la estética del parque.

Una costarricense, amiga de mi familia y que reside en Miami, recién nos manifestó que lo que más añora de Costa Rica son sus montañas. En efecto, las montañas de este pequeño país son una belleza. Desde La Sabana se pueden admirar muchas de ellas. También lo son los volcanes, los parques y las playas. Manuel Antonio, por ejemplo, figura entre las diez mejores playas del mundo. Allí, la flora —almendro, guapinol negro, ceiba, cenízaro, etc.— y la fauna —tucancillos, garrobos, perezosos y monos titís y capuchinos, entre otros— se lucen ante propios y extraños. Son los mejores agentes de ventas turísticos. Sin embargo, también en Manuel Antonio el Homo sapiens ha quedado en deuda, pues las obras man-made son una vergüenza.

Descuido.El sector público cuenta con un Ministerio de Cultura y Juventud, a cuyo cargo están un sinnúmero de dependencias, y un Instituto Costarricense del Deporte y la Recreación (Icoder). Pero la estética no ha logrado calar en el quehacer de esos entes.

Es casi una regla general que en los terrenos y edificaciones que pasan a la esfera pública poco a poco desaparezcan los jardines para transformarse en aparcaderos improvisados para los vehículos de los burócratas, basureros malolientes y desordenadas bodegas de muebles chochos.

Lo que es de todos no es de nadie. No permitamos que la pereza, o la falta de la debida guía, de algunos funcionarios continúe atentando contra la belleza de los parques Manuel Antonio y La Sabana. En La Sabana hace falta un sabanero. Un buen sabanero.

El autor es economista.