Víctor Valembois. 1 octubre, 2019

De lejos venimos, Sancho, con esa palabra —ahora a veces palabrota— de “sindicato”. Remonta al latín medieval (pero inicia con un prefijo griego, aquel sin, que como en simbiosis, síntoma y tantos vocablos más, significa precisamente lo contrario de lo que se suele pensar ahora).

A las claras, una síntesis no es la ausencia de una tesis, sino todo lo contrario, la postulación de una relación. En esa edad no tan oscura había “juntas de síndicos”: era un tipo de defensa de una comunidad, una ciudad, teniendo en cuenta que esa colita de dica también remonta al griego por justicia.

Pero… pare de contar… Vaya, ¡qué cambio! El sindicalismo actual, como lo sentimos la mayoría, ha decaído hacia un parasitismo sin rumbo; qué va, el movimiento está desubicado y, peor, en vez de luchar por una sociedad justa, la idea original, se ha vuelto egoísta.

Por una razón que no viene al caso ahora, he vuelto a leer con fruición Mamita Yunai de Carlos Luis Fallas: manifiesto obrero de inicios de los años cuarenta —hace casi ocho décadas— con un lenguaje fresco y vigoroso, elementos todos que nos deben incitar a no desechar esa linda creación hacia el cajón de lo “viejo”.

Inteligentemente, Calufa no centra su relato en torno a la lucha de un sindicato sin más: no recuerdo siquiera haber leído allí ese vocablo; raras veces figura su filiación política: la lucha va por la limpieza del sufragio, en general y dentro de una connotación de defensa nacional. Para sorpresa del lector contemporáneo, ni los “indios” de entonces ni el presidente Ricardo Jiménez salen bien parados.

Ánimos proletarios universales. Épica, resulta la descripción de los trabajadores, dentro de una connotación incluso transnacional de hermandad.

Van tantos episodios de lograda descripción del obrero, de su hambre tout court, de su sed de justicia, de su lirismo, de su amor: lindo, emotivo, humano, a tal punto que me hizo recordar una especie de equivalente en la literatura neerlandesa, de la mano de Eduard Douwes Dekker; su seudónimo, Multatuli (“sufrí mucho”), también constituye un grito por la dignidad humana universal.

No creo que el escritor de mi tierra estuviera consciente de un tal Carlos Marx, aunque, casi en paralelo, ambos estaban calentándose las manos en cafeterías en Bruselas para poder escribir y enardecer los ánimos proletarios universales.

En el perenne escrito de Calufa —sí, un comunista cuando ello no era una palabrota—, ahora no permea ni tratado filosófico ni reivindicación política: a través de lo literario constituye un lindo manifiesto por la dignidad humana, no solo en Costa Rica, sino también en el plano universal.

Él nació de la batalla sindical que desde los años veinte, entre otros, en Alajuela, logró perfilar un camino de lucha. Por caminos tortuosos, aquella gesta llegó en la década de los cuarenta a ser reconocida como instrumento de presión. Ahora es legal… pero a veces se ha vuelto ilegítima… ¡Y ha de regularse!

Desde Bélgica. Con cierto orgullo, repaso aquí un sendero empezado en Bélgica, en los años veinte y treinta: la lucha progresista cristiana por el trabajador, desde la Rerum novarum papal, reinterpretada por el cardenal Mercier y su Código de Malinas; luego, por su discípulo Joseph Cardijn, de grata memoria, dos veces en Costa Rica; después, con ideología más hacia la izquierda: monsieur Houtart, “el canónigo rojo” que le llamó “mi embajador”.

Lo mismo, visto del lado costarricense, gratamente, también, deja observar otra hilera de contactos bilaterales, siempre por la dignidad obrera, desde el doctor Rafael Ángel Calderón Muñoz, quien estudió en mi Lovaina, hasta, allí mismo, Jorge Volio, discípulos, ambos, de Mercier, y, luego, toda una camada desde Rafael Ángel Calderón Guardia hasta, sí, señor, Marielos Giralt, la “monja sindical”, como dignamente la llamábamos cuando yo entré a la Universidad de Costa Rica (UCR).

Pero… pare de contar… Vaya, ¡qué cambio! El sindicalismo actual, como lo sentimos la mayoría, ha decaído hacia un parasitismo sin rumbo; qué va, el movimiento está desubicado y, peor, en vez de luchar por una sociedad justa, la idea original, se ha vuelto egoísta. Solo busca el bien para un grupito, de por sí ya privilegiado.

Sacuden el bote, en vez de remar para la dignidad del trabajador y el progreso del país. ¿Cómo es posible que un señor, de repente, intimidante e impositivo, determine que hay que paralizar, ¡otra vez!, un país entero que está tratando de, al fin, evitar el barranco financiero?

¡Peor! Se las da de gran nacionalista, a lo Lech Walesa, con su histórico Solidarność. ¡Qué va! Vayan a remar y revolver a otra parte.

El autor es educador.