Enrique Obregón Valverde. 3 octubre

Después de varias generaciones, los pueblos manifiestan una tendencia a cambiar, a reconstruirse, consecuencia de un impulso natural y del conocimiento que van adquiriendo de sus propias necesidades.

En el desarrollo democrático, ese cambio es fenómeno que se da despaciosamente, casi en silencio, sin apenas darnos cuenta. Pero, de tarde en tarde, de siglo en siglo, se presenta una catástrofe, como guerra, como revolución, precipitando el cambio rápido y violento; algo inesperado por su volumen transformador, lo que no se pudo imaginar que podría suceder.

De repente, una gran conquista social, económica y política destruye una manera de vivir, característica de un pueblo, personalidad de nación.

Por tantos años de vida he tenido oportunidad de apreciar este fenómeno en toda su amplitud: un salto rápido hacia adelante sobre el tiempo impidió el lento y natural avance de nuestra sociedad.

Raíces costarricenses. Esto es lo que sucedió a partir de 1948, en Costa Rica. Era este un país de cierta tradición inclinada hacia la paz, de campos permanentemente cultivados, de hombres de labranza; y así, desde siempre.

Doscientos años como pueblo de agricultores. Todo lo que fuimos como nación, como espíritu batallador por la democracia y por la libertad, esa esencial espiritualidad cívica provenía de la clase campesina, que era gran mayoría en nuestro pueblo.

Lo que llamamos la tradición, la costumbre honrada y decente de vivir, vino del campo, del surco recién roturado, de la ilusión por ser propietarios de una finca, de un rancho, de un potrero, de una vaca y un caballo, y de un río y de un bosque y un horizonte más allá.

La revolución todo lo transformó. De un tajo, aquella clase campesina fue sustituida por la escuela, el colegio, la universidad y el profesional.

La labor en el campo por el servicio en la ciudad. El trabajo sereno y tranquilo por la desesperada competencia.

Sustitución. Desapareció la clase campesina como tal. Se cortó el impulso natural que dio origen a una sociedad rural acostumbrada a mirar la luna, las estrellas y los horizontes.

El progreso y la conquista de derechos también roban ilusiones y alguna apacible y deseada forma de vivir. Todo paso rápido y violento hacia adelante conlleva un determinado atropello.

No soy anciano que reclama como mejor todo tiempo pasado. Pienso que cada época tiene su verdad y su razón de ser, su natural energía para cambios profundos. Pero es que también hay momentos, circunstancias, que me inclinan a pensar... a sentir: si ya no somos capaces de volver a depositar la semilla en nuevos surcos esperanzadores, si cambiamos la unión familiar por el afán de lucro, al ciudadano por el consumidor; si ya no producimos lo que necesitamos para sobrevivir, si nos despojamos de toda estimación a nosotros mismos, si nos olvidamos de los pobres porque cerramos los ojos ante el hambre del pueblo, si perdimos la costumbre de mirar las estrellas y los horizontes, ¿para qué queremos tractores si por el camino dejamos perdidos los violines?

El autor es abogado.