Juan Ignacio Padilla Cuadra. 2 junio

Los efectos psicológicos del confinamiento han sido ampliamente estudiados durante otras epidemias y no deben ser subestimados.

Las personas en cuarentena muestran síntomas de depresión y estrés postraumático, visibles también en quienes se han expuesto a alguien infectado sin que necesariamente hayan enfermado. No solo la mente se verá afectada en esta pandemia, también nuestras costumbres cambiarán permanentemente.

El saludo, aunque variable en diferentes latitudes, tiene el contacto físico como común denominador. El apretón de manos se remonta al siglo V a. C. y, desde su inicio, acarreaba un significado. El acto, ahora en extinción, simbolizaba confianza en que la contraparte no portaba arma alguna.

Los drásticos cambios en el saludo tradicional no son atribuibles únicamente a la covid-19. En el 2010, un sondeo realizado por un fabricante de desinfectantes de manos demostró que 2 de cada 5 estadounidenses evitaban darse la mano por el riesgo de contagiarse de algún germen.

Aún peor, un 55 % de los encuestados preferirían tocar el asiento de un inodoro público antes de darle la mano a una persona que hubiera tosido o estornudado en su mano.

Con la covid-19, pareciera que el apretón de manos es una costumbre ya fallecida. Esperemos no enterremos con ella también la confianza entre los humanos.

Propuestas a prueba. Como prueba de que la necesidad humana de algún contacto se resiste a morir, numerosas alternativas al apretón han sido propuestas. El codazo pareciera ser el sustituto ideal, pero con lógica dudosa.

La norma cortés de estornudar o toser sobre el antebrazo nos hace sospechar que esa zona, por contigüidad con el codo, no es precisamente la más limpia para elegir como punto de saludo.

Sea cual sea la versión actualizada del saludo, no es de humanos perder la amabilidad de “contactarnos” los unos con otros. Y es que una costumbre ahora casi prohibida, superada en aceptación, como vimos antes, por tocar un inodoro, podría haber tenido motivos que van más allá de la socialización.

Un estudio llevado a cabo por el Departamento de Neurobiología del Instituto Weizmann de Ciencias en Israel demostró que, al filmar secretamente a personas después de darse la mano, un alto porcentaje olía las suyas.

Tal vez, esta conducta refleja e inadvertida, común en los animales, implica un intercambio químico de olores que dice mucho del otro. Quimiopercepción la llaman.

No obstante, aunque sea de interés científico, acepten un consejo personal: no practiquen esto en su lugar de trabajo, se verá mal. De todos modos, el intercambio va más allá de olores. Los gérmenes compartidos durante un saludo del tipo tradicional desempeñan un papel primordial en la prevención de enfermedades.

Como indica la científica costarricense Marie Claire Arrieta, coautora del libro Déjalos comer suciedad, la exposición temprana a microbios, más que dañina puede ser preventiva.

Cada uno de nosotros posee millones de bacterias, por dentro y por fuera, muchas de ellas adquiridas a diario desde el entorno, y no son simples pasajeras. La exposición continua a la “inmundicia” nos protege de infecciones reales e incluso de trastornos autoinmunes, abundantes en países con alto nivel de higiene.

Fiel testimonio puede dar un extranjero proveniente de esas zonas cuando sus intestinos se enfrentan a nuestro folclor bacteriano. ¿Será que, de alguna manera, en cada apretón de manos o beso en la mejilla nos vacunábamos los unos a los otros?

Ni modo, debemos aceptar que, si el intercambio incluye ahora un virus que ha matado a millones y contra el cual aún no hay vacuna, habrá que preferir el codazo.

Temerosos y ermitaños. Somos entonces nuevos humanos, la nueva normalidad le dicen, con menos contacto y, quizás, más limpios, pero también más temerosos y hasta ermitaños.

¿Han notado en un supermercado como el acercamiento accidental con otro es respondido, con frecuencia, con un alejamiento inmediato? Esto no siempre se acompaña de un “disculpe”, sino de una mirada penetrante que pareciera decir “¡ni se le ocurra acercarse más!”.

Así, lo relata Charles Rosenberg, de la Universidad de Pensilvania, en su libro Explicando epidemias. Una epidemia, primero, trae miedo y, luego, odio. Odio, principalmente, hacia quien, de manera veraz o falsa, sea señalado como iniciador de la peste o se encuentre infectado.

Tanto así que durante la peste negra la exterminación mediante hoguera fue dirigida hacia el pueblo judío como presunto responsable de la epidemia.

Con la covid-19, se han visto casos, no aislados, de personal de salud violentamente desalojado de sus apartamentos por el temor de los otros inquilinos a ser contaminados. Es decir, de héroes a detestables en un instante. Vemos así como se repite la historia, y una pandemia sigilosa y paralela a la principal, la del estigma y la discriminación, se hace cada vez más evidente y alimenta toda esta deshumanización.

Se agrega a la lista de supresiones a nuestras costumbres humanas una pérdida mayor. La sonrisa es una de las expresiones más básicas y reflejas de un ser humano, reconocible incluso en un bebé. Está demostrado que una sonrisa activa zonas del cerebro relacionadas con fenómenos de estímulo y recompensa.

Esto explicaría por qué una sonrisa puede ser determinante para la obtención de un trabajo o la conquista de pareja. En tiempos de pandemia, todo esto queda oculto tras una mascarilla. Obvio, el instinto de supervivencia hizo prevalecer un filtro de aire sobre todo aspecto estético, pero las consecuencias de cubrirse el rostro en la socialización no se harán esperar.

Los más favorecidos serán aquellos con bellas facciones por arriba de su nariz. Los menos afortunados, cuyo atractivo dependía enteramente de una sonrisa, ahora con la mitad inferior de la cara virtualmente amputada, deberán ser más creativos con los ojos como medio de comunicación y cortejo.

Viendo más allá de lo físico, es costumbre, en algunos hospitales del mundo, que el personal médico y de enfermería que atiende a personas infectadas por el coronavirus SARS-CoV-2, dada la obligatoriedad de la mascarilla, porte un botón con una foto de su rostro sonriente.

El efecto positivo en los pacientes se ha extendido a sus colegas, quienes aceptan que su dura jornada laboral se hace más llevadera entre compañeros que sonríen.

El autor es médico.