Dorelia Barahona. 1 febrero
Foto: Cortesía de O'S Adventures/ con fines ilustrativos
Foto: Cortesía de O'S Adventures/ con fines ilustrativos

Cuando escribía La ruta de las esferas, tuve la dicha de desplazarme a las regiones del país donde ocurrían los sucesos que narraba gracias al premio Aportes que recibí.

Así, que pude dedicarme a investigar exhaustivamente sobre los caminos en la Costa Rica de la colonia y sus caminantes, ya que mi personaje Buenaventura era un caminador nato. Un hombre que conoció Costa Rica a pie, entre trillos, cuestas, rajonadas, caminos de piedra y senderos.

Mi personaje se inspiró en muchos trabajadores que se movilizaron en busca de trabajo por el territorio nacional y en mi abuelo que fue cantero.

La Costa Rica de hoy se me apareció totalmente con otro mapa. El que solo los historiadores conocen, el de su fundación como país gracias a los caminantes que en su primer recorrido abrieron surcos y fundaron pueblos más allá de los finqueros que ya tenían el tren a mano y las primeras calles por donde sacaban sus productos a los puertos.

Caminantes que también acompañaron a los caminantes extranjeros que se dedicaron a enlistar las especies y registrar lo que veían en crónicas de viajeros, y que se leen gracias a las editoriales del Estado.

Caminaban descalzos, muchos de ellos, con sus instrumentos de trabajo al cinto o en una bolsa que cargaban sobre la espalda. No había más para cargar en esos tiempos de carencias. Pero así fueron extendiendo, como un solo cuerpo, el cuerpo de Costa Rica como país.

Después de estos desconocidos caminantes, sin duda que los caminantes más enérgicos fueron los maestros. Tanto hombres como mujeres se trasladaban a pie o a caballo para dar lecciones y todavía siguen haciéndolo si es necesario.

Maestros a quienes habría que rendir tributo y de quienes varias generaciones aprendieron sobre el mismo territorio donde vivían.

Caminantes que conocieron Costa Rica atravesando montaña, siguiendo pasos de indio, bordeando los volcanes, navegando tramos de ríos y siempre valorando a sus gentes. Las descripciones que se hacían del paisaje son extraordinarias, llenas de detalles antropológicos y botánicos que merecen ser conocidos por los paseantes o caminantes de la Costa Rica moderna para que sepan la historia de los caminos así como la del paisaje.

No solo la de los viajeros extranjeros, sino también la de los costarricenses que la caminaron y de los escritores que describieron en sus narraciones regiones y trayectos específicos.

Carlos Luis Fallas, Fabián Dobles, Luis Barahona, Francisco Amiguetti, Julieta Pinto, entre otros, lo hicieron desde el cuento y el ensayo. Siempre es enriquecedor conocer una Costa Rica del pasado por donde van poniendo los pies en el presente.

Senderear también como resultado de la experiencia y la reflexión, al igual que lo han hecho desde Epicuro tantos filósofos, es parte del pasado que traemos de vuelta en tiempos de pandemia y nos lleva a nuevas relaciones con la naturaleza y el paisaje.

De hecho, caminar fue la primera forma de conocimiento del mundo exterior que tuvo el ser humano a su disposición. Migramos, huimos, volvemos y cuidamos con los pies desde el Neolítico. Seguimos haciéndolo. Pero saber que ya antes lo hacían como necesidad, como fuente de conocimiento y meta, sobre los mismos caminos que hoy sendereamos es crucial para que no se pierda el pedazo de territorio con pasado, sobre el que actualmente los caminantes se desplazan, pasean, turistean y conocen el país, pero solo en el presente.

La autora es filósofa.